Bendición.
Defiéndanos con sus dignísimas súplicas la Virgen gratísima a la santísima trinidad. Amén.
El Verbo de que hace mención san Juan en su Evangelio, era desde la eternidad un solo Dios con el Padre y con el Espíritu Santo; pues hay tres personas y en ellas una sola divinidad perfecta. Estas tres personas eran coiguales en todas las cosas. Tenían, por tanto, todas ellas una sola voluntad, una sola sabiduría, un solo poder, una sola hermosura, una sola virtud, una sola caridad y un mismo gozo. Resultaría, pues, que este Verbo fuere Dios, si fuese separable del Padre y del Espíritu Santo, como puede tomarse el ejemplo de la palabra así, la cual indica la verdad y consta de tres letras.
Así como si se quitara de junto a las otras alguna de esas tres letras, no darían entonces el mismo resultado que antes daban, porque no formarían la misma dicción; de la misma manera ha de entenderse respecto a las tres personas en una sola divinidad, porque si alguna de ellas fuese separable de otra, como desigual a otra, o careciendo de algo que otra tuviese, entonces parecería existir en ellas la divinidad, pues ésta es en sí indivisible.
Tampoco ha de creerse que por haberse revestido de la humanidad el Verbo o Hijo de Dios, se apartó del Padre ni del Espíritu Santo. Pues al modo que la palabra que hemos mencionado, aunque se conserve en el pensamiento y se profiera con la boca, no puede tocarse ni verse, a no ser que se atribuya o se fije en alguna cosa material, igualmente este Verbo, a saber, el Hijo de Dios y Salvador del linaje humano, serían imposible se tocarse ni se viese a no haber estado unido con la carne humana. Al modo también de cuando se ve escrita en un Código cualquiera palabra, se puede además pensar en ella y pronunciarla con los labios, igualmente de ninguna manera ha de dudarse que en la carne tomada existiese visible el Hijo de Dios con el Padre y con el Espíritu Santo.
Son, pues, verdaderamente tres personas inseparables, inconmutable, eternamente coiguales en todas las cosas y un solo Dios. En este Dios eran conocidas desde la eternidad todas las cosas, presentándose todas ellas reverentemente a su vista con hermosura para su alegría y honor, las cuales, según le plugo después, las pasó sapientísimamente al ser por medio de la creación; pues por ninguna necesidad, ni por ninguna carencia de goce ni de comodidad suya fué obligado Dios a crear ninguna cosa, porque era imposible que este Señor tuviese falta de nada. Luego solamente su ardentísimo amor le movió a crear, para que de su inefable gozo eternamente disfrutaran con él muchos. Por lo cual todas esas cosas que debían ser creadas, las creó después tan bellas, como desde la eternidad se presentaban increadas a su vista. Mas entre todas las cosas entonces increadas había en la presencia de Dios una que excedía en gran manera a las demás y con la cual alegrábase principalmente el Señor.
En esta cosa increada los cuatro elementos, a saber: el fuego, el aire, el agua y la tierra, aunque entonces también increados, aparecían eternamente a la vista de Dios, de modo que el aire debía ser en ella tan suave, que jamás soplara contra el Espíritu; la tierra también en esa cosa increada debía crearse tan buena y tan fructífera, que nada pudiese crecer en ella que no fuera provechoso para todo lo necesario; el agua igualmente tan tranquila, que por ninguna parte soplaran los torbellinos de los vientos, ni jamás se moviese en ella una ola; y el fuego, en fin, tan alto, que su llama y calor se acercasen a las moradas donde el mismo Dios estaba.
¡Oh María, Virgen purísima y fecundísima Madre! Tú eres esta criatura, porque desde la eternidad estuviste así increada ante los ojos de Dios, y después, de esos tan puros y claros elementos recibiste la materia de tu bendito cuerpo. Antes de tu creación estabas increada ante la presencia de Dios, como después mereciste ser hecha, y por tanto, desde el principio aventajabas muchísimo en presencia de Dios, para su mayor gozo, a todo lo que había de ser creado.
Alegrábase, pues, Dios Padre por las provechosas obras que con su auxilio habías de hacer; alegrábase el Hijo por tu virtuosa constancia, y el Espíritu Santo por tu humilde obediencia. Participaba el Padre del gozo del Hijo y del Espíritu Santo; el Hijo igualmente del gozo del Padre y del Espíritu Santo, y el Espíritu Santo del gozo del Padre y del Hijo: por lo cual, así como todos ellos tenían por tu causa un mismo gozo, igualmente tenían contigo el mismo amor.
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