Bendición.
Alumbre las tinieblas de nuestra ignorancia la Virgen Madre de la sabiduría. Amén.
Antes de la ley dada a Moisés hallábanse los hombres ignorando largo tiempo cómo en esta vida se habían de regir a sí mismos y a sus acciones. Por lo cual, los que estaban inflamados con el amor divino disponían cuidadosamente sus obras y manera de vivir, según le agradaba a Dios. Mas otros que no tenían amor de Dios, despreciando el temor del Señor, obraban según su capricho.
Contemporizando, pues, misericordiosamente con la ignorancia de estos la bondad divina, dió por medio de su siervo Moisés una ley, por lo cual se gobernasen enteramente con arreglo a la voluntad de Dios. Enseñaba esta ley el amor de Dios y del prójimo, y cómo se había de establecer según derecho divino el consorcio entre el hombre y la mujer, para que de semejante consorcio nacieran los que Dios quería llamar su pueblo. Y efectivamente, amaba Dios tanto ese consorcio, que de él determinó tomar la honestísima Madre de su humildad.
Por consiguiente, así como el águila que elevada a lo mas alto del aire, después de recorrer muchos bosques, viese a lo lejos un árbol tan sólidamente arraigado, que no pudiera ser abatido a impulso del viento, con tronco tan alto, que por él no pudiese subir nadie, y situado en paraje que pareciese imposible le cayese nada desde arriba, y viendo el águila con mayor atención este árbol, formasé en él su nido para descansar, igualmente Dios, que se compara con esa águila, ante cuya vista todo el futuro es tan claro y manifiesto como el presente, al ver todos los consorcios justos y honestos habidos desde la creación del primer hombre hasta el último día, no vió consorcio alguno semejante al de Joaquín y Ana en honestidad y en amor divino.
Agradóle, por consiguiente, al Señor que de ese santo consorcio proviniera el cuerpo de su castísima Madre, el cual se entiende por el nido donde con sumo placer se dignara descansar el mismo Señor. Compáranse muy bien los matrimonios honestos con los hermosos árboles, cuya raiz es la unión de dos corazones, de manera que solamente se junten, porque de ahí dimane honor y gloria al mismo Dios. Muy opurtunamente se compara también con las ramas fructíferas la voluntad de ambos cónyuges, cuando guardan el temor de Dios, de suerte que solo a causa de la prole engendrada para alabar a Dios, se amen con honestidad mutuamente, según el precepto del mismo Señor.
A la sublimidad de tales matrimonios no puede tocar el enemigo común con su poder y asechanzas, cuando la satisfacción de los cónyuges solamente consiste en tributar a Dios honor y gloria, y cuando no les molesta la tribulación sino las ofensas y falta de respeto al Señor. Hállanse, pues, en paraje seguro, cuando la abundancia de los bienes temporales o riquezas no puede atraer sus corazones al amor propio ni a la soberbia. Por lo cual, por haber previsto Dios que de esa suerte debía ser el consorcio de Joaquín y Ana, determinó formar de él su domicilio, a saber, el cuerpo de su santísima Madre. ¡Oh reverenda Madre Ana! ¡qué precioso tesoro llevásteis en vuestro vientre, cuando en él descansó María, que debía ser Madre de Dios! Sin ningún linaje de duda debe creerse que al punto de ser puesta y reunida en el vientre de Ana la materia de que debía ser formada María, la amaba el mismo Dios más que a todos los cuerpos humanos engendrados por varón y mujer, y que hubieran de ser engendrados en todo el mundo.
Así pues, muy bien puede apellidarse la venerable Ana gazofilacio de Dios ominpotente, porque ocultaba en su vientre el tesoro predilecto del Señor. ¡Cuán inmediato a este tesoro se hallaba el corazón de Dios! ¡Cuán piadosa y alegremente fijó en ese tesoro los ojos de su majestad quien después dijo en su evangelio: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón!
Es muy de creer, por lo tanto, que con ese tesoro se alegraran mucho los ángeles al ver que ese mismo tesoro era amado por su Criador, a que ellos amaban más que a sí propios. Por lo cual sería digno y decoroso que todos tuviesen suma reverencia a aquel día en que fué puesta y reunida en el vientre de Ana la materia de que debía formarse el bendito cuerpo de la Madre de Dios, a quien el mismo Dios y todos sus ángeles amaban con tan extremado.
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