FERIA CUARTA. - LECCIÓN SEGUNDA
CAPÍTIULO 11
Bendición.
Acuda piadosísima a nosotros María, estrella del mar. Amén.

Por último, después que aquella bendita materia tuvo formado el cuerpo en el vientre de la madre a su debido tiempo, y según convenía, entonces acrecentó su tesoro el Rey de toda gloria, infundiéndole el alma viviente.

Y al modo de la abeja que, dando vueltas por los floridos prados, busca con la mayor solicitud todas las plantas melíferas, por instinto natural conoce donde nace la más rica flor, la que si casualmente no la ha visto salir todavía del folículo, espera, no obstante, con placer a que nazca, a fin de disfrutar a su satisfacción de aquella dulzura; igualmente Dios de los cielos, que con los ojos de su majestad ve clarísimamente todas las cosas, cuando veía ocultarse en lo recóndito del vientre materno a María, a quien en su eterna sabiduría conocía el Señor que no debería existir criatura alguna del mundo semejante a ella en virtudes, esperaba su nacimiento con sumo placer y consuelo, a fin de que por medio de la dulzura del amor de la misma Virgen se desplegase su superabundante bondad divina.

¡Ah! ¡con cuánta claridad resplandeció en el vientre de Ana el crepúsculo de la aurora, cuando por la venida del alma existió en él vivificado el cuerpocito de María, cuyo nacimiento tanto deseaban ver los ángeles y los hombres!

Ha de observarse, sin embargo, que así como los moradores de esas tierras, donde el sol los alumbra con sus rayos, tanto en el período nocturno como en el diurno, no desean la salida de la aurora por causa de la luz, siendo mucho más esplendente la luz del sol que la de la aurora, sino porque al aparecer la aurora comprenden que el sol debe subir más alto, y que a beneficio de su calor deben madurar mejor y más pronto los frutos que esperan encerrar en los graneros; y los habitadores de esos países que se obscurecen con las tinieblas de la noche, no solamente se congratulan porque después de nacer la aurora conocen que debe salir el sol, sino también se alegran mucho porque conocen que venida la aurora, pueden ver bien lo que hacen; igualmente los santos ángeles, moradores del reino de los cielos, no deseaban la venida de la aurora, esto es, el nacimiento de María, por causa de la luz, porque jamás se apartaba de la presencia de ellos el verdadero sol, que es el mismo Dios, sino porque deseaban naciese en este mundo la Virgen, porque conocían que Dios, el cual se asemeja al sol, quería manifestar más ostensiblemente por medio de esa aurora su inmenso amor, que se entiende por el calor, y que los hombres amantes de Dios debían dar más copiosos frutos por medio de las buenas obras, y por la constante perseverancia en el bien disponerse para que los pudiesen reunir los ángeles en aquellos eternos graneros que se comparan con el gozo celestial.

Mas al saber el nacimiento de la Madre de Dios los hombres de este tenebroso mundo, no solamente se alegraron por comprender que de esa Señora debía nacer el libertador de ellos, sino alegrábanse también por ver las honestísimas costumbres de esa gloriosa Virgen, y por aprender mejor de ella lo que debe hacerse o evitarse. Fué también la Santísima Virgen aquella vara que dijo Isaías había de salir de la raíz de Jesé, y profetizó que de ella debía salir la flor sobre la cual descansara el espíritu del Señor. ¡Oh vara inefable, que al crecer en el vientre de Ana, permanecía su médula más gloriosamente en el cielo!

Era tan delicada esa vara, que fácilmente estaba en el vientre de la madre, pero su médula era tan inmensa y espaciosa, que ningún entendimiento podía imaginar su magnitud. No pudo esa vara dar flor, antes de que entrado la médula le comunicase la virtud de germinar, y tampoco claramente la virtud de la médula, antes de haberle la vara añadido su jugo a la médula. Esta médula era la persona del Hijo de Dios, que a pesar de haber sido engendrado por el Padre antes que existiera el lucero de la mañana, no se presentó en flor, esto es, en cuerpo humano, hasta que por consentimiento de la Virgen, la cual se designa por la vara, recibió de su purísima sangre la materia de esa flor en su virginal vientre.

Y aun cuando esa bendita vara, esto es, la gloriosa Virgen María, separábase del cuerpo materno en su nacimiento, no obstante, el Hijo de Dios no se apartó del Padre, cuando la Santísima Virgen lo dió a luz en el tiempo corporalmente, más que cuando el Padre lo engendró sin cuerpo desde la eternidad. También el Espíritu Santo estaba inseparablemente desde la eternidad en el Padre y en el Hijo, porque son tres personas y una divinidad.