FERIA CUARTA- LECCIÓN TERCERA
CAPÍTULO 12
Bendición.
Sea nuestra perpetua alegría el glorioso nacimiento de la Madre de Jesucristo. Amén.

Luego así como eternamente tenían una sola divinidad el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, del mismo modo nunca tuvieron voluntad diversa. Por tanto, al modo que de una hoguera encendida subiesen tres llamas, así de la bondad de la voluntad divina, salieron igualmente tres llamas de amor para perfeccionar una sola obra. La llama de amor, derivada del Padre, lucía refulgentemente delante de los ángeles, cuando supieron era voluntad del mismo Padre entregar benignamente su amado Hijo para libertar al siervo cautivo; la llama de amor derivada del Hijo, se manifestó cuando, según la voluntad del Padre, se abatió a sí mismo hasta tomar la forma de siervo; y la llama de amor dimanada del Espíritu Santo, no era menos vehemente, cuando apareció dispuesto a mostrar por obras manifiestas la voluntad del Padre, la del Hijo y la suya propia.

Y aunque por todos los cielos extendíase el ardentísimo amor de esa voluntad divina, dando con su claridad consuelo inefable a los ángeles, sin embargo, según eterna disposición de Dios, no podía proceder de ahí la redención del linaje humano, antes de ser engenrada María, en quien debía arder tan vehemente fuego de amor, que, subiendo más alto su perfumado humo, se infundiese en él el fuego que en Dios había, se comunicase por él a este languidecido mundo.

Después de su nacimiento asemejábase la santísima Virgen a una nueva lámpara todavía no encendida, la que convino se encendiese para que, así como resplandecía en los cielos el amor de Dios, el cual se asemeja a tres llamas, igualmente resplandeciese en este tenebroso mundo con otras tres llamas de amor esa escogida lámpara, María. La primera llama de María resplandeció con muchísima brillantez delante de Dios, cuando para honrar al Señor prometió la santísima Virgen guardar firmemente hasta la muerte su inmaculada virginidad, cuya honestísima virginidad la apreció tanto Dios Padre, que se dignó enviarle su amado Hijo con su divinidad, la de su Hijo y la del Espíritu Santo.

La segunda llama de amor de María, consistió en abatirse siempre en todo con inefable humildad, lo cual agradó tanto al bendito Hijo de Dios, que del humildísimo cuerpo de la Virgen se dignó tomar ese venerable cuerpo que eternamente debía estar ensalzado sobre todas las cosas en el cielo y en la tierra. La tercera llama, fué su eminente obediencia en todo, la cual le atrajo al Espíritu Santo, de suerte, que la llenó con los dones de todas las gracias.

Y aunque enseguida de haber nacido no estuvo ardiendo esta bendita nueva lámpara con esas llamas de amor, porque igualmente que los demás parvulitos, tenía un cuerpo pequeño y una inteligencia tierna, alegrábase, sin embargo, con ella Dios, aunque todavía no hubiese merecido nada, mas que por los favores de todos los hombres anteriormente engendrados en todo el mundo; pues a manera que el buen citarista amaría la cítara no concluída, que, no obstante, conociese había de resonar con mucha dulzura, del mismo modo el Creador de todas las cosas amaba mucho el cuerpo y alma de María en su infancia, porque sabía de antemano que las palabras y obras de la santísima Virgen le causarían placer sobre toda melodía.

También es de creer que, así como el Hijo de María tuvo los sentidos perfectos desde el instante de existir humanado en su vientre, igualmente, después de nacer María alcanzó el desarrollo de los sentidos y del entendimiento en edad más tierna que los otros niños. Habiéndose, pues, alegrado en el cielo por su nacimiento Dios y los ángeles, también en el mundo recuerden los hombres con gozo su nacimiento, dando por él, de lo íntimo del corazón, gloria y alabanzas al Creador de todas las cosas, que la prefirió entre todo lo creado, y dispuso naciera entre los mismos pecadores, la que santísimamente engendró al libertador de los pecadores.

En estas tres lecciones siguientes nuestra el ángel cómo se portaba la Virgen María después de tener los sentidos y el conocimiento de Dios, y trata también de su alma y de la hermosura de su cuerpo, y cómo su voluntad sujetó todos sus sentidos, y de la concepción del Hijo de Dios en el vientre de la Virgen y del glorioso nacimiento de este Señor en el mundo.