FERIA QUINTA. - LECCIÓN PRIMERA
CAPÍTULO 13
Bendición.
Interceda por nosotros delante del Señor la Sagrada Virgen de las vírgenes. Amén.

El bendito cuerpo de María puede muy bien compararse con un purísimo vaso; su alma con una clarísima lámpara, y su cerebro con un pozo de agua brotando a lo alto y bajando después a un profundo valle. Pues al llegar la Virgen a la edad en que pudo comprender que Dios estaba en los cielos, y que para su perpetuo honor había este Señor creado todas las cosas y particularmente al hombre, y que era justísimo juez de todos; entonces, al modo que las aguas salen en abundancia de un manantial, así desde el cerebro de la Virgen lanzábanse a la cumbre del cielo sus sentidos y entendimiento, y después corrían por el valle, esto es, por todo su humildísimo cuerpo.

Pues así como dice la Iglesia que el Hijo de Dios salió del Padre y que su vuelta fué al Padre, aunque ninguno de ellos se apartó jamás del otro; igualmente los sentidos y entendimiento de la Virgen, elevándose con frecuencía a lo más alto de los cielos, veían constantemente a Dios por medio de la fe, con cuyo dulcísimo amor suavemente abrazada volvía a sí misma.

Mantuvo con la mayor firmeza este amor con esperanza racional y temor divino, inflamando por medio del mismo amor su propia alma, de suerte, que comenzó a arder en amor de Dios como vehementísimo fuego. Los sentidos y entendimiento de la Virgen sometieron también de tal manera el cuerpo al alma para obedecer a Dios, que desde entonces le estuvo el cuerpo obediente con la mayor humildad.

¡Con cuánta rapidez los sentidos y entendimiento de la Virgen comprendieron el amor de Dios! ¡Con cuánta prudencia se enriqueció a sí misma la Señora! Por consiguiente, como si hubiera sido trasplantado algún lirio, sujeto en la tierra por tres raices, con que estuviese más firme, y abriese arriba tres preciosas flores para deleitar la vista, del mismo modo el amor divino traspasado a esta gloriosa tierra, a nuestra santísima Virgen por virtud divina, se unió a su cuerpo con tres virtudes muy sólidas, como con tres raices por las cuales fortaleció también el mismo cuerpo de la Virgen, y con tres joyas, como con tres preciosísimas flores adornó honoríficamente a la Virgen respecto al alma, para alegría de Dios, de los ángeles y de cuantos la mirasen.

La primera fortaleza de la discreta abstinencia del cuerpo de la Virgen moderaba en la Señora la comida y bebida, de suerte, que por ninguna superfluidad la apartó nunca del servicio de Dios la menor pereza, ni por la inmoderada parsimonia resultaba jamás sin fuerzas para obrar.
La segunda fortaleza de la templanza de las vigilias gobernaba su cuerpo de tal manera, que por lo escaso del sueño en ningún tiempo en que debía estar en vela, se hallaba entorpecida con ninguna pesadez, ni por el mucho adormecimiento acortaba en lo más leve los períodos marcados de la vigilia.

La tercera fortaleza de la robusta complexión del cuerpo de la Virgen hizo tan constante la misma virginidad, que con igual ánimo sobrellevaba el trabajo, la adversidad corporal y la felicidad pasajera del cuerpo, sin quejarse por la adversidad de éste y sin alegrarse por su dicha. Esta era también la primera joya con que el amor divino ataviaba a la Virgen respecto al alma, a saber, que prefería en su alma los premios que Dios había de conceder a sus amigos, a la hermosura de todas las cosas, y por consiguiente parecíanle vilísmo lodo todas las riquezas del mundo. Adornaba su alma como segunda joya el discernir perfectamente en su entendimiento cuán incomparable con la gloria del cielo es el honor del mundo, por lo que apartábase de oir la gloria mundana, como de aire corrompido, que con su hedor destruye en breve la vida de muchos.

Como tercera joya, en fin, glorificaba el alma de la Virgen el considerar dulcísimas en su corazón todas las cosas gratas a Dios, y más amargas que la hiel las cosas odiosas y contrarias al Señor, y por tanto, la misma voluntad de la Virgen impelía su alma para desear la verdadera dulzura tan eficazmente, que después no debió sentir en esta vida amargura espiritual. Con estas joyas sobre todas las cosas creadas apareció la Virgen tan hermosamente adornada en su alma, que plugo al Creador cumplir todas sus promesas por mediación de la misma Señora.

Hallábase esta tan fortalecida por la virtud del amor, que no se resfriaba en ninguna obra buena ni en el menor ápice prevalecía jamás sobre ella el enemigo. Debe, en efecto, creerse que, así como su alma era hermosísima delante de Dios y de los ángeles, igualmente su cuerpo fué gratísimo a los ojos de cuantos la miraban; y así como Dios y los ángeles se congratulaban en los cielos por la hermosura de su alma, igualmente la gratísima hermosura de su cuerpo fué provechosa y consoladora en la tierra a cuantos deseaban verla.

Viendo, pues, las personas piadosas el gran fervor con que la Virgen servía a Dios, se hacían más celosas por la honra de Dios, y las personas propensas a pecar, cuando consideraban a la Virgen, resfriábanse al punto en el ardor del pecado con la honestidad de sus palabras y comportamiento.