FERIA QUINTA. - LECCIÓN TERCERA
CAPÍTULO 15
Bendición.
Bendíganos con la piadosa descendencia la santísima Virgen María

Oh, hermosísimo consorcio, muy digno de toda aceptación! El Hijo de Dios tenía por morada en el mundo el cuerpo de la Virgen, y en el cielo tenía la morada de la Santísima Trinidad, aunque potencialmente reside en todas partes. Estaba la Santísima Virgen en cuerpo y en alma llena del Espíritu Santo, y el Espíritu Santo estaba en el Padre, y estaba también en el Hijo humanado, el cual Hijo de Dios, no solamente residía en el mundo en las entrañas de la Virgen, sino que también tenía su morada en los cielos en el Padre y en el Espíritu Santo.

También el Padre, juntamente con el Espíritu Santo, tenían en el Hijo humanado su morada en el mundo, aunque sólo el Hijo, verdadero Dios, tomó para sí carne, el cual, a pesar de ocultarse a la vista humana, según la esencia de la divinidad, sin embargo, siempre aparecía el mismo y manifiesto delante de los ángeles en su eterna morada.

Así, pues, todos los que tienen fe, alegrábanse por esa inefable unión verificada en la Virgen, según la cual, el Hijo de Dios, de la carne y sangre de la Virgen tomó para sí cuerpo humano, unióse la humanidad a la divinidad, y a la divinidad la verdadera humanidad. En esta gratísima unión, ni se disminuyó la divinidad en el Hijo ni el la Madre la integridad de la virginidad. Ruborícense y llénense de espanto los que no creen que la omnipotencia del Criador pueda hacer esas maravillas, o piensen que aun cuando pudiese, no querría su bondad hacerlas por salvar a su criatura; mas si se cree que efectivamente las hizo por su poder y bondad, ¿por qué los que no dudan que el Señor hizo por ellos esas maravillas, no le aman de un modo perfecto?

Adviertan vuestros corazones y entiendan, que así como sería digno del mayor amor un señor de la tierra que disfrutando distinguidísimos honores y colmadas riquezas, oyese que su amigo estaba lleno de afrentas y oprobios, y por su bondad tomara sobre sí todo aquel escándolo para mirar por el honor de aquel amigo; o viendo aquel señor en extrema pobreza al amigo, se sometiese a la miseria, para que el amigo estuviese abundante; o si viese al mismo amigo conducido infelizmente a la muerte, que no pudiese evitar, a no ser que alguien muriese voluntariamente por él, entonces él se entregara a sí mismo a la muerte, para que pudiera vivir felizmente aquel condenado.

Y como en estos tres casos se demuestra sumo amor, igualmente para que nadie pudiera decir que hombre alguno de la tierra había mostrado a su amigo mayor amor que el mismo Creador que ésta en los cielos, por esa misma razón el mismo Dios inclinó su majestad bajando del cielo al vientre de la Virgen, entrando, no en una sole parte de su cuerpo, sino infundiéndose por todo su cuerpo en las entrañas de esta Virgen, formando para sí honestísimamente un cuerpo humano de la sola carne y sangre de esta Señora.

Por lo cual aseméjase mucho esa escogidísima Madre a la zarza ardiente y sin quemarse que vió Moisés; pues el mismo que se mantuvo en la zarza hasta hacer a Moisés crédulo y obediente en las cosas que le refirió, y que al preguntarle aquel su nombre, dijo: Yo soy el que soy, esto es, llevo este nombre desde la eternidad; este mismo habitaba en la Virgen tanto tiempo como los demás niños necesitan estar antes de nacer en las entrañas de su madre. Y así como cuando era concebido el Hijo de Dios, entró con su divinidad por todo el cuerpo de la Virgen, igualmente cuando nacía con humanidad y divinidad, como la suavidad de olor de una rosa intacta, de la misma manera difundióse por todo el cuerpo de la Virgen, permaneciendo íntegra en la Madre la gloria virginal.

Por consiguiente, así como Dios y los ángeles, y además el primer hombre y después de él los Patriarcas y los Profetas, alegrábanse juntamente con otros innumerables amigos de Dios, de que aquella zarza representase el cuerpo de María, así el amor ardiente había de hacer que se dignara el Hijo de Dios entrar en él con tanta humildad, habitar en él tanto tiempo, y nacer de él con tanta honestidad.

Es, por tanto, muy justo que se alegren también de todo corazón los hombres de los tiempos presentes, porque así como el Hijo de Dios, Dios verdadero e inmortal, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, entró en esa zarza, tomando en ella por los hombres carne mortal, igualmente deberían estos apresurarse a acudir a la Virgen, para que diciéndoles esta Señora para que fin son mortales, se les devuelva la vida eterna a los que por sus culpas merecieron muerte sempiterna.

Y al modo que habitó Dios en la Virgen, para que su cuerpo, ni en edad ni en los miembros tuviese defecto alguno y fuese como el de los otros niños, a fin de vencer poderosamente al demonio, quien con engaños había sometido a todos al demonio de su crueldad; igualmente rueguen con humildad a la Señora los hombres, para que los haga estar bajo su amparo, a fin de que no caigan en las redes del demonio. Y como Dios salió a luz al mundo de la misma Virgen para abrir a los hombres la puerta de la patria celestial, así también le supliquen estos encarecidamente que al salir de este siglo prevaricador, se digne la Señor estar presente con su auxilio, proporcionándoles la entrada en el eterno reino de su bendito Hijo.

En estas tres lecciones siguientes trata el ángel de las amarguísimas tribulaciones de la santísima Virgen en la dolorosa muerte de su bendito Hijo, y de la firmeza de alma que en todos sus dolores tuvo la misma Señora.