FERIA SEXTA. - LECCIÓN PRIMERA
CAPÍTULO 16
Bendición.
Reconcílienos con Jesucristo nuestro Redentor la Virgen que lo engendró. Amén.

Dice la Escritura que al oir las palabras del ángel se turbó la Santísima Virgen María, quien aun cuando no tuvo entonces miedo alguno por peligro de su cuerpo, temió fuese engaño del enemigo del linaje humano para perjuicio de su alma. Por donde ha de entenderse que cuando la Virgen llegó a edad en que sus sentidos y entendimiento pudieron alcanzar el conocimiento de Dios y de su voluntad, así como al punto comenzó a amar a Dios racionalmente, de la misma manera comenzó a temerle racionalmente.

Con justicia puede llamarse rosa florida esta Virgen, porque así como la rosa suele crecer entre espinas, igualmente la santísima Virgen creció en este mundo entre tribulaciones; y a la manera que cuanto más se extiende en crecer la rosa, tanto más fuerte y aguda se pone la espina, igualmente, cuanto más crecía en edad esta escogidísima rosa María, tanto más agudamente era punzada con espinas de más fuertes tribulaciones.

Transcurridos los años juveniles, el temor de Dios fué su primera tribulación, porque no sólo le afligía un sumo temor al disponserse para huir del pecado, sino además extremecíase al considerar cómo ejecutaría racionalmente las buenas obras; y aunque con suma vigilancia disponía para honra de Dios sus pensamientos, palabras y obras, temía, no obstante, hubiese en ellas algún defecto. Consideren, pues, los infelices pecadores, que con osadía y voluntariamente están siempre cometiendo diversas maldades, cuántos tormentos y cuántas miserias acumulan para sus almas, al ver que esta gloriosa Virgen, pura de todo pecado, ejecutó con temor sus obras gratas a Dios sobre todas las cosas.

Conociendo, además, la Virgen por los escritos de los profetas que Dios quería encarnar, y que en la carne que tomase debía ser atormentado con muy diversas penas, sufrió al punto en su corazón una tribulación cruel a causa del ardiente amor que a Dios tenía, aun cuando todavía no supiera que debía ser ella la Madre. Mas luego que llegó a la edad en que el Hijo de Dios se hizo Hijo suyo y sintió haber él tomado aquel cuerpo en su vientre, lo cual debía poner cumplimiento a las Escrituras de los profetas, parecía entonces extenderse más en su hermosura y crecer aquellas suavísima rosa, y hacíanse cada día más fuertes y agudas las espinas de las tribulaciones que amargamente le punzaban.

Pues así como recibía sumo e inefable gozo en la concepción del Hijo de Dios, igualmente, al recordar su cruelísima pasión futura, de muchos modos afligía a su alma la tribulación. Alegrábase, por tanto, la Virgen de que su Hijo con verdadera humildad había de encaminar a la gloria del reino de los cielos a sus amigos, a quienes por su soberbia había merecido el primer hombre las penas del infierno; pero afligíase, porque así como con todos sus miembros había pecado el hombre en el paraíso por la mala concupiscencia, igualmente conocía que su Hijo satisfaría en el mundo la culpa del primer hombre con la amarguísima muerte de su propio cuerpo. Alegrábase la Virgen por haber concebido sin pecado y sin deleite carnal a su Hijo, a quien también había dado a luz sin dolor; pero entristecíase porque sabía que tan amado Hijo nacería para sufrir afrentosísima muerte, y que con la mayor ansiedad de su alma había ella de presenciar los padecimientos del Salvador.

Alegrábase también la Virgen por saber que su Hijo resucitaría de la muerte, y que por su Pasión había de ser eternamente sublimado al más alto honor; pero afligíase por saber que había de ser inhumanamente atormentado con afrentosos oprobios y crueles tormentos anteriores a aquel honor. Debe, en efecto, creerse que, así como la rosa constantemente se ve que está en su sitio, aun cuando las espinas de su alrededor se hayan puesto más fuertes y más agudas, igualmente, la bendita rosa María conservaba un ánimo tan constante que, a pesar de lastimar su corazón las espinas de las tribulaciones, de ninguna manera variaban su voluntad, sino mostrábase muy dispuesta para sufrir y para hacer lo que agradase a Dios.

Compárase, pues, con una hermosísima rosa florida, y rosa de Jericó; porque así como dicen que esta rosa aventaja en hermosura a las demás flores, igualmente María aventajaba en la hermosura de honestidad y de costumbres a todos los vivientes del mundo, excepto sólo su bendito Hijo. Por lo cual, al modo que por su virtuosa constancia alegrábanse en los cielos Dios y los ángeles, de la misma manera alegrábanse por ella muchísimo en el mundo los hombres al considerar con cuánta paciencia se conducía en las tribulaciones, y con cuánta prudencia en los consuelos.