FERIA SEXTA. - LECCIÓN SEGUNDA
CAPÍTULO 17
Bendición.
Defiéndenos con las súplicas de su Madre la Virgen el que nos salvó al precio de su sangre. Amén.

Entre otras cosas que sobre el Hijo de Dios dijeron los profetas, anunciaban la muy cruel muerte que en este mundo quería sufrir en su inocentísimo cuerpo, a fin de que los hombres disfrutaran juntamente con él en los cielos la vida eterna. Anunciaban los profetas y escribían cómo el Hijo de Dios había de ser atado y azotado por libertar al linaje humano; cómo había de ser conducido a la cruz, y con cuánto vituperio tratado y crucificado.

Por consiguiente, como creemos que esos profetas sabían bien por qué causa el Dios inmortal quiso tomar para sí carne mortal, y en esta carne ser afligido de tan diferente modo; la fe cristiana no debe dudar que la Virgen nuestra Señora, a quien antes de todos los siglos predispuso Dios para Madre suya, sabía aquello con mayor claridad, y es justo creer que a la santísima Virgen no se ocultó la razón por la que el mismo Dios se dignaba tomar carne humana en su vientre. Y debe creerse que por inspiración del Espíritu Santo entendió la Virgen más perfectamente que los mismos profetas, todo lo que figuraban las palabras de éstos, quienes las profirieron por boca del mismo Espíritu.

Débese, pues, creer, que cuando la Virgen, después de haber dado a luz al Hijo de Dios, comenzó a tenerlo en sus manos, ocurriósele al punto la idea de que debía cumplir las escrituras de los profetas. Cuando lo envolvía en los pañales, consideraba entonces en su corazón con qué agudos látigos había de ser atormentado aquel cuerpo, de suerte que debía aparecer como leproso; fajando suavemente la Virgen las manos y pies de su parvulito Hijo, recordaba cúan crulmente debían ser traspasados en la cruz con clavos de hierro; al mirar la Virgen el rostro de su Hijo, más hermoso que todos los hijos de los hombres, pensaba con cuánta irreverancia habían de escupirle los labios de los impíos; meditaba muchas veces la Virgen con cuántas bofetadas serían lastimadas las mejillas de su Hijo, y con cuántos oprobios y afrentas serían afligidos sus benditos oídos.

Ya consideraba cómo los ojos de su Hijo se obscurecerían con la fuerza del tormento, y cómo su boca gustaría hiel y vinagre; y pensaba cómo habían de ser atados con cordeles los brazos de su Hijo, y con cuánta inhumanidad habían de extenderse en la cruz los nervios, las venas y todas las coyunturas, contraerse su pecho al morir, y tanto interior como exteriormente, padecer toda clase de amargura y angustia hasta la muerte; sabía la Virgen que después de muerto su Hijo, una aguda lanza heriría su costado y pasaría por enmedio de su corazón. Por tanto, así como fué la más dichosa de las madres cuando veía ya nacido de sí misma al Hijo de Dios, que conocía era verdadero Dios y hombre mortal en la humanidad, pero eternamente inmortal en la divinidad; igualmente era la más triste de todas las madres por tener noticia de la amarguísima Pasión de su Hijo.

De esta suerte, a su inmensa alegría acompañaba una gravísima tristeza, como si a una recien parida se le dijese: Has parido un hijo vivo y sano en todos sus miembros, mas esa molestia que en el parto tuviste te durará hasta tu muerte. La tristeza de tal madre dimanada del recuerdo de aquella molestia y de la muerte de su propio cuerpo, no sería nunca mayor que el dolor de la Virgen María cuando recordaba la futura muerte de su amadísimo Hijo. Sabía la Virgen que los vaticinios de los Profetas habían anunciado que convenía padeciese su amadísimo Hijo muchos y graves tormentos, y hasta el justo Simeón, no lejanamente como los Profetas, sino delante de la misma Señora, predijo que una espada atravesaría su alma.

Por consiguiente, ha de advertirse que así como las fuerzas del alma, para sentir el bien o el mal, son más fuertes y más sensibles que las del cuerpo, igualmente la bendita alma de la Virgen que debia ser traspasada con una espada, antes de padecer su Hijo, era afligida con mayores tormentos de los que pudiera sufrir el cuerpo de ninguna otra madre, antes de dar a luz un hijo; porque esa espada de dolor acercábase tanto más a todas horas al corazón de la Virgen, cuanto más se acercaba su amado Hijo al tiempo de su Pasión.

Por lo cual indudablemente debe creerse que compadeciéndose filialmente de su Madre ese piadosísimo e inocentísimo Hijo de Dios, moderaba con frecuentes consuelos los dolores de la Señora, porque de otra manera no hubiese podido sufrirlos su vida hasta la muerte del Hijo.