Bendición.
Confírmenos en la fe Santísima la gloriosa y piadosísima Madre de Dios. Amén.
Escrito está que de remotas regiones vino la reina del Austro a visitar al rey Salomón, y que al ver la sabiduría de éste, quedóse admirada llena de inmenso estupor; pero que recobrando su serenidad, estuvo encomiando al rey y le hizo magníficos presentes. A esta reina aseméjase en cierto modo la excelentísima reina Virgen María, cuya alma, examinando detenidamente desde el principio hasta su conclusión el orden y marcha de todo el mundo, y viendo perfectamente todas las cosas que en él hay, nada encontró que deseara poseer u oir, sino solamente esa sabiduría de Dios, de que había oído hablar. Buscóla, por consiguiente, con la mayor avidez, y estuvo indagándola con solicitud, hasta que prudentemente encontró la misma sabiduría, a saber, Jesucristo Hijo de Dios, incomparablemente más sabio que Salomón.
Pero viendo la misma Virgen cuán prudentemente por la pasión de su cuerpo rescató el Señor en la cruz, abriéndoles las puertas del cielo a esas almas que el engañador enemigo había ganado para la muerte infernal, hallábase entonces la santísima Virgen más cercana a la muerte que la reina del Austro, cuando parecía estar sin sentido. Consumada después la Pasión de su Hijo y restablecidas sus fuerzas, glorificaba la Virgen a Jesús con dones muy gratos a Dios; porque con su saludable doctrina presentaba al mismo Dios más almas que ninguna otra persona con todas sus obras después de la muerte de Jesús.
Pruébase también en esto que con sus palabras ensalzó honoríficamente al Señor; porque como después de la muerte de su humanidad dudasen mucho acerca del mismo Señor, que fuese verdadero Hijo de Dios eternamente inmortal en la divinidad, la Virgen sola lo afirmó así constantemente.
Mas como al tercer día dudasen los discípulos de la resurreción de Jesús, las mujeres buscasen cuidadosamente su cuerpo en el sepulcro, y los mismos apóstoles estuviesen ocultos con suma ansiedad y pavor; entonces, a pesar de que sobre esto nada dice la Sagrada Escritura, debe, sin embargo creerse indudablemente que la Virgen Madre se certificó de que el Hijo de Dios había resucitado en carne para la gloria eterna, y de que jamás podría vencerle la muerte. Y aun cuando dice la Sagrada Escritura que primeramente vieron la resurrección de Jesús, Magdalena y los apóstoles, debe de positivo creerse que su dignísima Madre vió a Jesús vivo resucitado de entre los muertos, antes que lo supiesen y lo vieran ellos, por lo cual inundado en gozo su corazón estuvo alabando humildemente a su Hijo.
Habiendo éste subido a su reino de la gloria, fué conveniente quedara en este mundo la Virgen María para confortar a los buenos y corregir a los extraviados. Era, pues, maestra de los apóstoles, consoladora de los mártires, doctora de los confesores, clarísimo espejo de las vírgenes, amparadora de las viudas, saludable consejera de los cónyuges, y perfectísima confortadora de todos en la fe católica.
Pues cuando acudían a la Señora los apóstoles les revelaba perfectamente y les manifestaba con razones lo que acerca de su Hijo no sabían; animaba también a los mártires a padecer con alegría las tribulaciones por el nombre de Jesucristo, que por la salvación de todos y por la de ellos mismos había padecido voluntariamente muchas más tribulaciones; y afirmaba que ella misma, antes de morir su Hijo, estuvo durante treinta y tres años sufriendo con la mayor paciencia una continua angustia de corazón; enseñaba, además, los dogmas de la salvación a los confesores, quienes con su doctrina y ejemplo aprendieron a arreglar prudentemente, para alabanza y gloria de Dios, las horas del día y de la noche, y a moderar espiritual y razonablemente el sueño, la comida y los trabajos corporales; con sus honestísimas costumbres aprendían las vírgenes a conducirse honestamente, a conservar firmemente hasta la muerte su decoro virginal, a huir de palabrerías y vanidades, a examinar todas sus obras con diligente premeditación, y a considerarlas imparcialmente con examen espiritual; igualmente a las viudas decíales para su consuelo la gloriosa Virgen, que a pesar de que por su maternal amor le hubiese agradado que su amadísimo Hijo no hubiera tenido deseo de morir, no obstante habia conformado totalmente su voluntad maternal con la divina, escogiendo para el perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios padecer humildemente todas las tribulaciones antes que para cualquier gusto suyo apartarse algo de la voluntad divina: con estas palabras hacía a las viudas sufridas en las tribulaciones y firmes en las tentaciones del cuerpo.
Aconsejaba, por último, a las personas casadas que respecto al cuerpo y al alma se amasen mutuamente con verdadero amor y tuviesen una sola voluntad en todo lo concerniente a la honra de Dios, refiriéndoles de sí misma la Señora cuán sinceramente había entregado su fe a Dios, y cómo por amor de este Señor jamás se había opuesto en nada a la voluntad divina.
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