SÁBADO. - LECCIÓN TERCERA
CAPÍTULO 21
Bendición.
Llévenos la Reina de los ángeles a la gloria del Reino de los cielos. Amén.

Como la misma verdad, que es el Hijo de Dios y de la Virgen, aconsejó a todos devolver el bien por el mal, ¿con cuántos bienes ha de creerse que Dios remunere por sí mismo a los que hagan obras? Y como en su Evangelio por cada obra buena prometió pagar el céntuplo, ¿quién podrá imaginarse con cuántos dones de sublimes premios no habrá enriquecido a su santísima Madre, quien jamás cometió el más leve pecado y cuyas obras gratísimas a Dios no tienen número? Pues así como la voluntad del alma de la Virgen fué cooperadora de todas las obras buenas, así también su honestísimo cuerpo fué instrumento aptísimo y contínuamente aplicable para la perfección de las obras.

Por lo cual, al modo que verdaderamente creemos que según justicia de Dios todos los cuerpos humanos deben resucitar en el último día para recibir juntamente con las almas la retribución proporcionada al mérito de sus obras; porque así como el alma de cada cual fué cooperadora de todas sus obras por la connivencia de la voluntad, así el cuerpo unido a ella, hizo por sí corporalmente todas las cosas; igualmente debe creerse que a la manera que resucitó de entre los muertos y fué juntamente glorificado con la divinidad, el cuerpo del Hijo de Dios que jamás había pecado, así también el cuerpo de su dignísima Madre, que jamás había cometido pecado alguno, a los pocos días de sepultado fué llevado al cielo por virtud y poder de Dios, con el alma de la misma Virgen y glorificado a la par de esta con sumo honor.

Y como en este mundo no puede el entendimiento humano comprender la hermosura y gloria de esa corona con que por su Pasión debe estar ensalzado y venerado Jesús, Hijo de Dios; así tampoco nadie puede imaginar el esplendor de esa corona con que por su obediencia divina es venerada en cuerpo y alma la Virgen María. Y como todas las virtudes del alma de la Virgen ensalzaban a Dios su Hacedor, cuyo sacratísimo cuerpo hallábase después adornado con las prerrogativas de todas las virtudes; así también las obras de su cuerpo enaltecían a la dignísima Virgen, Madre de Dios, porque no omitió practicar en este mundo una sola virtud, por la que supiese que recibiría premio del cielo en el cuerpo y en el alma.

Por lo que ha de advertirse que así como solamente la sacratísima alma de Jesús y la de su Madre, han sido dignísimas de los más altos premios por sus virtudes y méritos, por no haber tenido defecto alguno en sus buenas obras, así igualmente, exceptuando sólo el cuerpo de Jesús, fué durante más tiempo el cuerpo de su Madre más digno que los de los demás para recibir con su alma los premios de los méritos, porque siempre hizo con ella todas sus mejores obras, y jamás consintió en pecado alguno.

¡Oh cuán poderosamente manifestó Dios su justicia, cuando echó del paraíso a Adán, por haber comido contra la obediencia en el mismo paraiso el fruto prohibido del árbol de la ciencia! ¡Oh cuán humildemente mostró Dios su misericordia en este mundo, por la santísima Virgen María, que oportunamente puede llamarse árbol de la vida! Pensad, pues, que pronto la justicia redujo a la miseria a los que desobedeciendo habían comido el fruto del árbol de la ciencia. Considerad también con cuánta dulzura llama la misericordia y atrae a la gloria a los que desean restablecerse con el fruto del árbol de la vida.

Mirad también, que cuando crecía en este mundo el cuerpo de esa honestísima Virgen, el cual se compara con el árbol de la vida, no menos deseaban ese fruto todos los coros de los ángeles y alegrábanse por lo que había de nacer de él, no menos que por la gracia a ellos concedida, conviene a saber, por haber conocido que ellos mismos, siendo inmorales, tendrían alegría celestial, y principalmente para que reluciera el mucho amor de Dios al linaje humano y se aumentara así la compañía de ellos.

Por esta razón se encaminó de prisa y con alegría el arcángel san Gabriel a la santísima Virgen y la saludó caritativamente con muy dignas palabras. Por lo cual, como esta Virgen, maestra de la verdadera humildad y de todas las virtudes, respondía muy humildemente al ángel anunciador; alegróse éste, conociendo que de ese modo debía satisfacerse el deseo de su voluntad y de los demás ángeles. Mas como verdaderamente sabemos que ese bendito cuerpo de la Virgen fué llevado al cielo con el alma, se ha dispuesto convenientemente para los hombres mortales, ofensores de Dios, que por el verdadero arrepentimiento de sus culpas, suban enseguida al cielo los que constantemente afligidos con diversas tribulaciones en esta valle de miseria, no dudan que esta penosa vida debe terminar por la muerte de sus culpas.

Y si con el fruto de ese árbol, que es Jesucristo, desean los hombres restablecerse, procuren antes con todas sus fuerzas inclinar las ramitas de ese mismo árbol, conviene a saber, saludar a su misma Madre, como el ángel anunciador, para evitar todo pecado, confirmando sus voluntades y disponiendo razonablemente para honor de Dios todas sus palabras y acciones.
Pues entonces fácilmente se inclinará a ello la misma Virgen, manifestándoles el deseo de su auditorio para recibir el fruto del árbol de la vida, que es el dignísimo cuerpo de Jesús, el cual por manos de los hombres se consagra para vosotros los pecadores y en este mundo, así como para los ángeles en el cielo, es vuestra vida y alimento.

Y como Jesús, para complemento de su amabilísima compañia, desea con ardiente amor las almas redimidas con su sangre; procurad, pues, amadísimos hermanos, satisfacer también vosotros su deseo con todo fervor y amor, recibiendo ese mismo cuerpo que por las dignísimas súplicas de la Virgen María se digna concederos su Hijo Jesucristo, quien con el Padre y con el Espíritu Santo vive y reina por infinitos siglos de los siglos. Amén.