Bendición.
Muéstrenos el camino recto para la patria la Virgen escogida para Madre de Dios. Amén.
Tratando, pues, Dios de crear el mundo con las demás criaturas que en él hay, dijo: Hágase. Y al punto fué perfectamente hecho lo que el mismo Señor trataba de crear. Formado el mundo y todas las criaturas, excepto el hombre, y presentándose reverentemente con hermosura ante la presencia divina, estaba todavía delante de Dios un mundo menor increado, lleno de toda hermosura, del cual debía de provenir mayor gloria a Dios y mayor alegría a los ángeles, y a todo hombre que quisiera disfrutar de su bondad, mayor provecho que el de este otro mundo mayor.
Oh dulcísima Virgen María, amable y provechosa para todos, por este mundo menor entendemos a Vos misma. Resulta también de la Escritura, que Dios quiso apartar la luz de las tinieblas en aquel mundo mayor; pero a la verdad, ese apartamiento de la luz y de las que en Vos debía verificarse después de vuestra creación, agradóle mucho más al Señor, cuando debía apartarse completamente de Vos la ignorancia de la infancia, la cual se compara con las tinieblas, y con vehementísimo amor debía permanecer del todo en vos el conocimiento de Dios con voluntad e inteligencia de vivir según su beneplácito, el cual conocimiento se asemeja a la luz.
Con razón, pues, compárase con las tinieblas esa tierna infancia, en la cual no es conocido Dios, y de ningún modo se ve lo que deba hacerse. Mas esta tierna infancia la pasasteis Vos inocentísimamente, oh Virgen, libre de todo pecado. Adémas, así como Dios creó juntamente con las estrellas dos luminares necesarios para este mundo, uno que presídiese el día y otro la noche, igualmente dispuso hubiese en Vos otros dos luminares más claros: el primero era vuestra obediencia divina, la que a manera de sol brillara clarísimamente delante de los ángeles en el cielo, y en la tierra delante de los hombres probos, para quienes el sempiterno Dios es el día verdadero: el segundo luminar era vuestra constantísima fe, por lo cual muchos en el tiempo nocturno, esto es, desde aquella hora en que el Criador encarnado debía padecer por la criatura hasta su resurrección, caminando ellos incierta y tristemente por las tinieblas de la desesperación y perfidia, como con la claridad de la luna debían ser llevados al conocimiento de la verdad.
Los pensamientos de vuestro corazón parecían también semejantes a las estrellas, en que desde aquel tiempo, cuando primeramente tuvisteis conocomiento de Dios, permanecisteis hasta la muerte tan fervorosa en el amor divino, que a la presencia de Dios y de los ángeles aparecían todos vuestros pensamientos más relucientes que las mismas estrellas alta vista humana. Además, el elevado vuelo de varias clases de aves y la sonora cadencia de sus armoniosos trinos, representaban todas las palabras de vuestros labios, que de vuestro cuerpo terrenal debían subir con la mayor suavidad, para suma alegría de los ángeles, hasta los oídos del que está sentado en el trono de la majestad.
Fuisteis también semejante a toda la tierra, en que así como en este mundo mayor todas las cosas que tienen cuerpo terreno, debían alimentarse con los frutos de la tierra, igualmente todas esas cosas debían obtener de vuestro fruto, no solamente el alimento, sino también la misma vida. Con razón, pues, podrían compararse vuestras obras con los árboles floríferos y fructíferos, porque las habiais de hacer con tanto amor, que con la hermosura de todas ellas y con la suavidad de sus frutos debían deleitar más a Dios y a los ángeles, principalmente debiendo creerse sin ninguna duda que antes de vuestra creación vió Dios en Vos más virtudes que en todo género de hierbas, flores, árboles, frutos, piedras, margaritas y metales, que pudieran encontrarse en todo el ámbito del mundo.
Por tanto, en Vos, oh mundo menor, todavía increado, complacíase Dios más que con este mundo mayor; porque a pesar de haber sido el mundo creado antes de Vos, había de perecer sin embargo con cuanto contuviese; peroVos debiais permanecer en vuestra inmarcesible hermosura, según eterna disposición de Dios, en el cordialísimo e inseparable amor del mismo Señor. En ninguna cosa, pues, mereció ese mundo mayor, ni pudo merecer ser eterno; pero Vos, oh dichosa María, llena de todas las virtudes, después de vuestra creación, y con el auxilio de la divina gracia, merecisteis dignísimamente con toda perfección de virtudes todas las cosas que en Vos se dignó Dios hacer.
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