Bendición.
Hallase siempre dispuesta a socorrernos la reina adornada con la corona de las virtudes. Amén.
Dios es la misma virtud y autor de todas las virtudes, siendo imposible a todas las criaturas creadas tener virtud alguna sin auxilio del Señor, quien desde el principio, después de creado el mundo y todas las criaturas, creó últimamente por su virtud al hombre, dándole el libre arbitrio, a fin de que por medio de él perseverara constantemente en el bien para obtener el premio, y no cayese en el mal para recibir el castigo.
Pues así como entre los hombres se aprecian en poco las obras que rehusan hacer, a no ser metidos en un cepo o con grillos; y por la inversa son dignas de amor y de subido premio las obras de los que no las practican forzados sino voluntariamente y con sincero amor; del mismo modo si no hubiese dado Dios el libre arbitrio a los ángeles y a los hombres, parecerían en cierta manera como forzados para lo que hiciesen, y sus obras serían de escasa remuneración.
Quiso, pues, la virtud, la cual es Dios, darles libertad de hacer lo que quisieran, y les hizo entender terminatemente la retribución que merecerían por la obediencia divina y de que penas sería merecedora la pertinaz desobediencia. Mostró Dios suma virtud cuando formó de tierra al hombre para que por el amor y humildad mereciese ser habitador de las moradas celestiales, de que por su soberbia y envidia fueron miserablemente arrojados los ángeles contrarios a la voluntad divina. Aborrecían éstos las virtudes con que hubieran podido ser eminentemente coronados; pues nadie duda, que así como el rey es honrado y se gloría con la corona real, igualmente, cualquier virtud, no sólo honra entre los hombres a su autor, sino también delante de Dios y de los ángeles lo decora en alto grado como resplandeciente corona, y por tanto, sin impropiedad puede cualquier virtud llamarse corona refulgente.
Por lo cual, ha de creerse incalculable el número de coronas con que de la manera más sublime resplandece el mismo Dios, cuyas virtudes exceden incomparablemente en pluralidad, en magnitud y en dignidad a todas las cosas que fueron, son y serán, pues nunca ha hecho el Señor otra cosa sino virtudes, hallándose El especialmente adornado con mayor gloria con tres virtudes como tres refulgentísimas coronas. La virtud por la cual creó a los ángeles, era la primera corona del Señor, de la cual se privaron infelizmente algunos de ellos, envidiosos de la gloria de Dios.
Esa virtud también por la cual creó al hombre, era la segunda corona del Señor, de la que, consintiendo el hombre con la sugestión del demonio, se privó al punto por su ignorancia, aun cuando por la ruina de esos ángeles o por la del hombre no pudo disminuirse la virtud de Dios ni la gloria de su virtud, a pesar de que privados de la gloria por su iniquidad, fueron arrojados de ella; porque no quisieron pagar con gloria a Dios por haberlos criado para su gloria y la de ellos mismos; por lo cual, la sapientísima sabiduría de Dios trocó la maldad de ellos en gloria de su virtud.
Mas esa virtud que para su eterna gloria os creó, oh amantísima Virgen, glorificó al Señor como tercera corona, por medio de la cual conocián los ángeles que debían restablecerse las roturas de las anteriores coronas. Por tanto, oh Señora, esperanza de nuestra salvación, justamente podréis llamaros corona del honor de Dios, porque así como por medio de Vos terminó el Señor una extremada virtud, igualmente por medio de Vos le provino al mismo Señor honor sumo y mayor que con todas sus criaturas.
Claramente, pues, conocieron los ángeles, cuando a la vista de Dios estabais increada, que con vuestra santísima humildad debiais derrocar al demonio, quien con la soberbia se había condenado, y por su malicia hizo caer al hombre. Luego, aunque los ángeles hubiesen visto al hombre caído en gran miseria, no pudieron afligirse a causa del gozo de la visión divina, principalmente porque muy bien sabían qué cosas y cuán grandes se dignaría Dios hacer con vuestra humildad después de vuestra creación.
En estas tres siguientes lecciones habla el ángel sobre la penitencia de Adán y del consuelo que tuvo con la presencia de la futura creación de la santísima Virgen, y de la grande humildad y dignidad de esta Señora; y cómo por la futura Natividad de la adorable Madre de Dios fueron consolados el patriarca Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas.
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