FERIA TERCERA. - PRIMERA LECCIÓN
CAPÍTULO 7
Bendición.
Defiéndanos del enemigo maligno la piadosísima Virgen. Amén.

Afirman las sagradas letras, que hallándose Adán feliz en el paraíso, faltó al mandato de Dios. Mas así que llegó a la miseria, no hacen mención de que fuese desobediente a la voluntad divina. Por lo cual, se ve claramente que Adán amó a Dios de toda corazón, pues después de cometer su hijo el fratricido, evitaba la unión carnal con su mujer; pero en virtud de expreso mandato de Dios, volvió otra vez a unirse con ella conyugalmente. Apesadumbróle más haber ofendido a su criador, que haberse precipitado a sí mismo para sufrir gravísimas penas.

Se ve, por consiguiente, que no sería injusto, que a la manera que recayó sobre él la ira de Dios por la soberbia con que durante su felicidad había ofendido al Señor, igualmente, hallándose ya en la miseria recibiese sumo consuelo, porque lloró muchísimo y con verdadera humildad el haber provocado la ira de tan benigno Creador. No hubiese podido Adán recibir mayor consuelo, que cerciorándose que de su generación se dignaría nacer Dios para redimir con humildad y amor esas almas, que el mismo Adán corrompido por la envidia y soberbia del demonio, había apartado de la vida eterna.

Mas como a todos los sabios parecería imposible, como en realidad lo es, que Dios, a quien no correspondió sino un nacimiento honestísimo, tomara para sí cuerpo humano por la concupiscencia de la carne, como los demás niños, mucho más creyó eso imposible Adán, quien fué creado sin deleite de la carne. Supo, pues, Adán que no era voluntad del Creador de todas las cosas, crear su cuerpo humano del mismo modo que había creado el suyo propio o el de Eva.

Creía, pues, Adán, que de una persona semejante a Eva en el cuerpo, pero que resplandecería en la perfección de todas las virtudes, sobre todos los engendrados de varón y de mujer, y que hayan de engendrarse, querría Dios tomar carne humana, y después nacer honestísimamente, con la divinidad y la humanidad, de esa misma persona, quedando intacta su virginidad. Vese, por tanto, que sin la menor duda ha de creerse, que al modo que Adán, al ver a Dios casi aplacado con él, experimentó sumo dolor por las palabras habidas entre Eva y el demonio, igualmente, cuando sintió el pesar y la miseria, tuvo suma alegría y consuelo por las palabras que habiais de responder al ángel Vos, María, esperanza de todos nosotros.

Afligíase también Adán, de que el cuerpo de Eva, creado de su propio cuerpo, había impelido a éste con engaño a la muerte perpetua del infierno; pero alegrábase, porque conocía que de vuestro cuerpo, oh amabilísima Virgen, nacería esa venerable cuerpo que poderosamente debía conducir a la vida celestial a él y a toda su descendencia. Contristábase también Adán, porque su querida esposa Eva, por grandísima soberbia, había comenzado a ser inobediente a su Creador; pero alegrábase porque preveía que Vos, oh María, su amadísima hija, queriais obedecer a Dios con suma humildad en todas las cosas.

Entristecíase Adán, porque por soberbia había dicho en su mente como que quería igualarse a Dios, por lo cual había incurrido en gran escándalo ante la presencia de Dios y de los ángeles, pero alegrábasem porque en la presencia de los mismos lucían esplendentemente para vuestra gran gloria las palabras en que humildemente debiais confesaros esclava de Dios.

Entristecíase Adán, porque las palabras de Eva habían provocado la ira de Dios y su condenación y la de su descendencia; pero alegrábase, porque, para abundante consuelo, vuestras palabras debían atraer el amor de Dios hacia Vos y hacia todos los condenados por las palabras de Eva; pues estas palabras la apartaron muy dolorosamente de la gloria, juntamente con su esposo, y cerraron las puertas del cielo para ella y su descendencia.
Pero vuestras benditas palabras, oh Madre de la sabiduría, os dieron extremado gozo y abrieron las puertas del cielo para todos los que en él quisiesen entrar. Por tanto, así como se alegraban los ángeles en el cielo antes de la creación del mundo, porque preveían que habiais Vos de nacer, igualmente Adán, por presciencia, tenía sumo gozo y alegría por vuestro nacimiento.