FERIA TERCERA. - LECCIÓN SEGUNDA
CAPÍTULO 8
Bendición.
Ayudadnos, Virgen amable, en los horribles peligros de este mundo. Amén.

Espulsado, pues, del paraíoso Adán, experimentó en sí mismo la justicia y misericordia de Dios, temiendo al Señor por la justicia y amándole cordialmente por la misericordia todos los días de su vida. Marchaba bien el mundo mientras la posteridad de Adán obraba de ese modo. Pero dejando los hombres de considerar la justicia y misericordia de Dios, olvidáronse de su Creador muchos, creyendo lo que les halagaba, e invertían su tiempo en los placeres carnales, lo cual aborrecía el Señor en sumo grado, y así acabó por medio del diluvio con todos los moradores de la tierra, excepto los reservados en el arca de Noé para restaurar el mundo.

Propagado, pues, nuevamente el linaje humano, a instigación del espíritu maligno, apostató del culto del verdadero Dios por medio de la idolatría, imponiéndose una ley contraria a la voluntad divina. Pero movido Dios por su misericordiosísima piedad paternal, visitó a Abraham, verdadero guardador de su fe, formó alianza con él y con su descendencia, y satisfazo el deseo de Abraham, dándole su hijo Isaac, de cuya descendencia prometió que nacería su hijo Jesucristo. Por donde se ve sería también muy creíble hubiera sido mostrado de un modo divino a Abraham, que una inmaculada Virgen de su estirpe daría a luz al Hijo de Dios.

Créese también que por esta futura hija se alegró Abraham más que por su hijo Isaac, y que la amó más que a éste. Ha de entenderse igualmente que el amigo de Dios, Abraham, no hubo adquirido bienes temporales por soberbia o codicia, ni deseó tener el hijo por su satisfacción corporal; pues procedió a la manera del buen hortelano, que, sirviendo fielmente a su señor, plantó en el terreno de éste una cepa, conociendo que de ella podían formarse infinitas vides y hacerse un hermoso viñedo, por lo cual reunió estiércol, para que nutridas con él las vides, se robusteciesen y dieran más fecundos frutos. Alegrábase, pues, ese hortelano, previendo que entre sus plantas había de crecer un árbol tan elevado y tan hermoso, que agradase sobremanera a su señor, quien a causa de la hermosura del árbol, se pasearía por el viñedo, gustaría la dulzura de su fruto y tranquilamente se sentaría a descansar bajo su sombra.

Por este hortelano se entiende Abraham: por la cepa su hijo Isaac: por las muchas vides toda su descendencia: por el estiércol se entienden, igualmente, las riquezas mundanas que el amado siervo de Dios, Abraham, no quería sino para sustento de su pueblo: por aquel hermosísimo árbol está designada la Virgen María: por el Señor el Dios omnipotente, quien no determinó venir a la viña, esto es, a la descendencia de Abraham, antes que estuviese crecido el árbol, esto es, antes que su amadísima Madre llegara a la edad debida. La inocentísima vida de esta Señora aseméjase a la hermosura con que se deleitaba Dios, y sus obras, agradando extremadamente al Señor, se designan por la suavidad de los frutos. Por la sombra se entiende el virginal vientre de la Virgen, que cubría con su sombra la virtud del Altísimo.

Sabedor, pues, Abraham de que esta santísima Virgen que diese a luz a Dios debía provenir de su generación, complacióse más con ella sola que con todos los hijos e hijas de su estirpe. Esta misma fe y santa esperanza, esto es, la del futuro nacimiento del Hijo de Dios de la descendencia del mismo Abraham, la dejó por herencia con gran fe el santo Patriarca a su hijo Isaac, lo que se prueba bien, porque al enviar al criado en busca de esposa para su hijo, le hizo jurar por sus riñones, esto es, por el que más adelante saldría de sus riñones, indicando así que de su descendencia nacería el Hijo de Dios.

Vése también haber conservado Isaac la misma fe y esperanza por la bendición que dió a su Jacob; y bendiciendo éste separadamente a cada uno de sus doce hijos, consoló con la misma herencia a su hijo Judá. Por donde positivamente se prueba que desde el principio amo Dios a su Madre, a fin de que así como antes de ser nada creado se complacía extremadamente con esta Señora, del mismo modo comunicó a sus amigos gran consuelo por el nacimiento de la santísima Virgen; y de esta suerte, a la manera que primeramente regocijó a los ángeles y después al primer hombre, así también más adelante a los Patriarcas causaba suma alegría el futuro nacimiento de la gloriosa Madre de Dios.