FERIA TERCERA. - LECCIÓN TERCERA
CAPÍTULO 9
Bendición.
Rompa los vínculos de nuestra maldad la Madre del verdadero amor. Amén.

Dios es amante de la verdadera caridad, y Dios es la misma caridad; la cual manifestó también a los suyos, cuando con su poder sacó de la servidumbre de Egipto a los israelitas, dándoles un país feracísimo, donde felizmente vivieron con toda libertad. Pero muy envidioso de la dicha de éstos el astuto enemigo, con sus cavilaciones les indujo a pecar muchísimas veces. No tratando los israelitas de oponerse a las maquinaciones del demonio, miserablemente fueron llevados a adorar los ídolos, no estimando en nada la ley de Moisés, olvidándose de ella y despreciando neciamente la alianza que hizo Dios con Abraham.

Pero viendo después Dios misericordioso a sus amigos que devotamente le servían con santa fe, verdadero amor y observancia de la ley, los visitó con clemencia; y a fin de que estuviesen más fervorosos en su divino servicio, envió en medio de ellos profetas, para que si quisiesen, aun los enemigos de Dios volvieran a su amor y recta fe. Por lo cual, así como el torrente cayendo de la cima del monte a un profundo valle, arrastra consigo hacía éste modo lo que encuentra a su paso, lo cual aparecería cubierto después de sosegadas las aguas, igualmente el Espíritu Santo dignábase entrar en los corazones de los profetas, saliendo de sus labios aquellos discursos, que deseaba divulgar para corregir a este extraviado mundo.

Mas entre todas las cosas que les fueron comunicadas por ese melífluo torrente, inspiró el Espíritu Santo con la mayor dulzura en sus corazones y salió con más gusto de sus labios el anunciar que Dios, el creador de todas las cosas, se dignaría nacer de una inmaculada Virgen, y que con la suavidad y santificación de ésta, redimiría para la gloria eterna las almas que por el pecado de Adán precipitó Satanás en la miseria. Conocieron también los profetas, que por influencia de ese torrente estaba Dios Padre tan benévolo para libertar al hombre, que no perdonaría a su unigénito Hijo, y el Hijo además era tan obediente al Padre, que no se negaría a tomar carne mortal, y el Espíritu Santo, tan deseoso de ser enviado como estaba de serlo el Hijo, el cual, no obstante, jamás se apartó del Padre.

Pero comprendían muy bien los Profetas que no vendría al mundo ese sol de justicia, el Hijo de Dios, antes de salir de Israel la estrella, que con su ardor pudiera acercarse al calor del sol. Entiéndese por esta estrella la Virgen que debía dar a luz a Dios: por el calor se entiende su ardentísimo amor, con el cual debía acercarse tanto a Dios y el Señor a ella, que hiciese Dios con la misma Virgen toda su voluntad. Y en efecto, así como los Profetas en sus palabras y obras recibieron consuelo de ese sol, increado y creador de todas las cosas, igualmente Dios, por esa presciencia con que sabían que debía ser creada esa estrella representada por María, concedióles bastante consuelo en sus tribulaciones.

Afligíanse, pues, mucho los Profetas viendo a los hijos de Israel abandonar la ley de Moisés por soberbia y lascivia de la carne, y apartados del amor divino, caer sobre ellos la ira de Dios. Pero alegrábanse conociendo que por vuestra humildad y por la pureza de vuestra vida, oh María, refulgentísima estrella, se aplacaría el mismo legislador y Señor, y que recibiría en su gracia a los que le habían provocado a ira, y miserablemente incurrieran en su indignación. Afligíanse además los Profetas por haber sido destruído el templo donde debían ofrecerse las oblaciones de Dios: pero alegrábanse previendo debía ser creado el templo de vuestro divino cuerpo, que con sumo consuelo había de contener en sí al mismo Dios.

Afligíanse también, porque destruidas las murallas y puertas de Jerusalén, habían entrado los enemigos de Dios, atacándola corporalmente y Satanás espiritualmente; pero alegrábanse por Vos, oh María, puerta dignísima, porque sabían que en Vos el mismo Dios, poderosísimo gigante, tomaría las armas con que debía vencer al demonio y a todos los enemigos: y de este modo: tanto los Profetas como los Patriarcas, fueron muy bien consolados con Vos, oh dignísima Madre.

En estas tres lecciones siguientes habla el ángel sobre la concepción de la Virgen y su nacimiento, y de cómo la amó Dios aun mientras estaba en el vientre de su madre.