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Como la bienaventurada santa Brígida, princesa de Nericia en el reino de Suecia, ocupase en Roma la casa de los Cardenales, contigua a la iglesia de san Lorenzo in Damaso, e ignorase las lecciones que debieran leer las monjas del monasterio mandado erigir en Suecia por nuestro Señor Jesucristo en honor de su santísima Madre, y cuya regla había dictado el mismo Señor; puesta en oración santa Brígida sin haber qué hacer, apareciósele nuestro Señor Jesucristo y le dijo: Te enviaré mi ángel, el cual te revelará y te dictará la lectura que por la mañana hayan de hacer las monjas en tu monasterio en honor de la Virgen mi Madre; y tú escríbela según el ángel te vaya diciendo.
Tenía la Santa en su aposento una ventana que daba al altan mayor, por donde podía diariamente ver el cuerpo de Jesucristo, y en ese aposento de disponía todos los días para escribir, colocado el papel en el pupitre y con la pluma en la mano, después de leidas las horas y oraciones; y dispuesta de esta manera esperaba al ángel del Señor, el cual al llegar, se ponía junto a ella de pie y con mucho decoro, con el rostro vuelto siempre muy respetuosamente hacia el altar, donde estaba oculto el cuerpo de Jesucristo. Puesto así el ángel, dictaba clara y ordenadamente a santa Brígida en su idioma patrio la mencionada lectura, esto es, las siguientes lecciones que por la mañana habían de tener las religiosas de dicho monasterio, lecciones que tratan de la eminentísima excelencia concedida desde toda la eternidad a la santísima Virgen María.
Diariamente escribía la Santa con suma devoción lo que oía de los labios del ángel, y con mucha humildad lo enseñaba aquel mismo día a su confesor. Solía, sin embargo, no venir el ángel algunas veces para dictar; y preguntada entonces la Santa por su confesor sobre la escritura de aquel día, le contestaba: Padre, hoy no he escrito nada, porque he estado esperando mucho tiempo al ángel del Señor, para que dictase y yo escribir, pero no ha venido. Y de esta suerte fué compuesto y dictado por boca del ángel el siguiente sermón angélico en honor de la santísima Virgen María. Dividiólo también el ángel en lecciones que debían tener por la mañana durante la semana las mismas religiosas, por todo el discurso del año, según más adelante se verá.
Mas así hubo concluido el ángel de dictar este sermón, dijo a la Santa que lo escribía: Ya he hilvanado la túnica de la Reina del cielo, la Madre de Dios; vosotras, pues, cosedla como podáis.
Por tanto, oh dichosísimas monjas de la religión de la santísima regla del Salvador, que el mismo Salvador y creador de todos dió con sus propios labios por medio de su esposa, tan benigna y humildemente a vosotras y al mundo, preparaos a obrar santamente para recibir con suma reverencia y devoción este sermón sagrado, de orden de Dios dictado por el ángel del Señor a vuestra madre santa Brígida.
Aplicad vuestros oídos para oir tan sublime e inaudita alabanza nueva de la santísima Virgen María, y meditad con humilde corazón su excelencia desde la eternidad en él manifestada, a fin de que considerándola detenidamente, vayais percibiendo su dulzura con el placer de la contemplación. Alzad después a Dios, con todo vuestro afecto, vuestras manos y vuestros corazones, para darle humildísimas y devotas acciones de gracias por el extraordinario favor que os ha dispensado: lo cual dígnese concedéroslo su santísimo Hijo el Rey de los ángeles, quien con la misma Señora vive y reina siempre por los siglos de los siglos. Amén.
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