Visitación de nuestra Señora a santa Isabel. Vida admirable y virtuosísima de la Virgen María y de san José en Nazaret, con grandes elogios que de este santo Patriarca hace la Virgen.
Capítulo 44

Cuando me anunció el ángel, dice la Virgen a la Santa, que nacería de mí el Hijo de Dios, al punto que hube consentido, sentí en mí una cosa sobrenatural y admirable, y en seguida fuí a ver a mi parienta Isabel, para aliviarla porque estaba encinta, y para hablarle de lo que me había anunciado el ángel. Y como esta me saliese al encuentro junto a la fuente, y nos diésemos mutuos abrazos, llenóse de regocijo el niño en su vientre y daba saltos de una manera admirable y visible. Yo también sentí en mi corazón muy extraña alegría, de modo que mi lengua habló impensadas palabras acerca de Dios, y mi alma apenas podía comprender de júbilo.

Como se admirase Isabel del fervor del Espíritu que en mí hablaba, y no me admirara yo menos de la gracia de Dios que veía en ella, permanecimos en pie por algún tiempo bendiciendo al Señor. En seguida comencé a pensar cómo y con cuánta devoción debería yo conducirme después de una gracia tan grande como el Señor me había hecho; qué habría de responder, si me preguntaran cómo había concebido; quién fuese el padre del niño que había de nacer; o si acaso José, por instigaciones del demonio sospechara mal de mí.

Estaba yo pensando de esa manera, cuando se me presentó un ángel muy parecido al que antes había visto, y me dijo: Dios nuestro Señor, que es Eterno, está contigo y en ti. No temas, pues El te dirá lo que has de hablar, dirigirá tus pasos adondequiera que vayas, y con poder y sabiduría acabará contigo su obra. Mas José, a quien estaba yo encomendada, después que supo que estaba yo encinta, llenóse de admiración, y considerándose indigno de vivir conmigo, estaba angustiado sin saber qué hacer, pero el ángel le dijo mientras dormía: No te apartes de la Virgen que se te ha encomendado, pues es muy cierto de que concibió por el Espíritu de Dios, y parirá un Hijo que será el Salvador del mundo. Sírvele, pues, con fidelidad, y sé el custodio y testigo de su pudor. Desde aquel día me sirvió José, como a su señora, y yo también me humillaba a hacer por él hasta lo más pequeño.

Estaba yo después, en continua oración, pocas veces quería ver ni ser vista, y en rarísima ocasión salía, a no ser en las principales fiestas, y también asistía a las vigilias y lecciones que leían nuestros sacerdotes; tenía distribuido el tiempo para las labores de mano, y fuí moderada en los ayunos, según lo podía llevar mi naturaleza, en el servicio del Señor. Todo lo que nos quedaba, además de los comestibles, lo dimos a los pobres, y estábamos contentos con lo que teníamos.

José me sirvió de tal suerte, que jamás se oyó en sus labios una palabra frívola ni una murmuración, ni el menor arranque de ira; pues fué pacientísimo en la pobreza, solícito en el trabajo cuando era menester, mansísimo con los que le reconvenían, obedientísimo en obsequio mío, prontísimo defensor contra los que dudaban de mi virginidad y fidelísimo testigo de las maravillas de Dios. Hallábase también tan muerto para el mundo y la carne, que nada deseaba sino las cosas del cielo, y creía tanto las promesas de Dios, que continuamente decía: ¡Ojalá viva yo y vea cumplirse la voluntad de Dios! Rarísima vez se presentó en las juntas y reuniones de los hombres, porque todo su empeño lo cifró en obedecer la voluntad de Dios, y por esto ahora es grande su gloria.