Habla Dios del cuidado que tiene de los suyos; hace el Señor un grande elogio de san Andrés apóstol, y anima a santa Brígida a que no desconfíe en sus necesidades ni aun temporales.
Capítulo 69

Desde lo alto, dice el Señor a la Santa, ve el águila quién quiere hacer daño a sus polluelos, y anticípase con su vuelo para defenderlos. Igualmente yo os dispongo lo que os es más saludable, y unas veces digo esperad, y otras id, porque ya es tiempo. Id, pues, a la ciudad de Amalfi a visitar las reliquias de mi apóstol san Andrés, cuyo cuerpo fué templo mío, adornado con todas las virtudes, y por esto está allí el depositó de las obras de los fieles y el alivio de los pecados; porque los que con pureza de corazón acuden a él, no sólo se libran de los pecados, sino que reciben también abundante consuelo eterno. Y no es de extrañar, pues este Apóstol no se avergonzó de mi cruz, sino que la llevó con alegría; y así tampoco me avergüenzo yo de oir ni de admitir a aquellos por quienes él ora, porque su voluntad es la mía. Luego que lo hayáis visitado, volved al punto a Nápoles a la fiesta de mi Natividad.

Y respondío santa Brígida: Señor, ya pasó nuestro tiempo, y vienen la enfermedad y los años, y van faltando los recursos temporales. Y dijo el Señor: Yo soy el Creador, el Señor y el Reformador de la naturaleza. Soy también la ayuda, defensa y socorro en las necesidades. Y así como el que tiene un caballo que estima, no excusa mandarlo a un prado hermoso para que allí se apaciente, del mismo modo yo, que todo lo tengo y de nada necesito, y veo las conciencias de todos, inspiraré en los corazones de los que me aman, que hagan beneficios a los que en mí esperan; pues aun a los que no me aman les amonesto, para que hagan beneficios a mis amigos, a fin de que con las oraciones de los justos se hagan aquellos mejores.