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A cierta persona que se hallaba en vela y orando, acontecióle que como estuviese suspensa en éxtasis de contemplación, vióse arrebatada en espíritu a un palacio de incomprensible grandeza y de inexplicable hermosura. Parecióle también estar allí nuestro Señor Jesucristo sentado entre sus santos en un sillón de imperial majestad, y abriendo su bendita boca, dijo lo que sigue: Yo soy el mismo supremo amor, pues todo lo que desde la eternidad tengo hecho, lo hice por amor, e igualmente todo lo que hago y he de hacer, todo dimana de mi amor.
Porque el amor es ahora en mí tan incomprensible e intenso como lo era en tiempo de mi Pasión, cuando con mi muerte por excesivo amor liberté del infierno a todos los escogidos que eran dignos de este amor y libertad; y si aun fuera posible, que muriera yo tantas veces cuantas son las almas que hay en el infierno, de modo que por cada una de ellas sufriese una muerte igual a la que entonces padecí por todos, todavía mi cuerpo estaría preparado a sufrir todo esto con alegre voluntad y con perfectísimo amor. Pero ya es imposible que mi cuerpo pueda volver a morir, ni a padecer pena o tribulación alguna.
Igualmente es imposible que ninguna alma que estuviese condenada en el infierno salga de allí jamás, ni goce el celestial júbilo que con la vista de mi Cuerpo glorioso gozan mis santos y escogidos; sino que sufrirán con muerte eterna las penas del infierno, por no haber querido disfrutar del beneficio de mi muerte y Pasión, ni tampoco quisieron seguir mi voluntad, mientras vivían en el mundo. Además, puesto que de las ofensas hechas a mí nadie es juez sino yo mismo, y por esta misma razón el amor que siempre tuve a los hombres clama ante mi justicia, así, pues, corresponde a esta misma justicia decidir el asunto según mi voluntad.
Quéjome ahora de los habitantes del reino de Chipre, como si fueran un solo hombre. Pero no me quejo de mis amigos que allí moran,, los cuales me aman de todo corazón, y siguen en todo mi voluntad; sino en tono de queja hablo como a una sola persona a todos aquellos que me desprecian, que se oponen siempre a mi voluntad y que son muy enemigos míos; y por tanto, principio ahora a hablar a todos ellos, como si fueran uno solo.
Pueblo de Chipre, enemigo mío, escucha y atiende con cuidado lo que te digo. Te he amado como el padre a su único hijo, a quien desea ensalzar a la mayor honra. Te proporcioné una tierra en la que tenías abundantemente todo lo necesario para el sustento de tu cuerpo. Te envié el calor y la luz del Espíritu Santo, para que entendieses la recta fe cristiana a que te obligaste fielmente, así como te sometiste humildemente a las sagradas constituciones y a la obediencia de la santa Iglesia.
Te coloqué también en un paraje muy adecuado para el buen servidor, como es entre mis enemigos, a fin de que por tus trabajos en la tierra y por la lucha corporal de las batallas alcanzases más preciosa corona en mi celestial reino. Te llevé, igualmente, por mucho tiempo en mi Corazón, esto es, en el amor de mi divinidad, y como a la pupila del ojo te guardé en todas tus afliciones y adversidades. Y mientras observaste mis preceptos, y guardaste fielmente la obediencia y constituciones de la santa Iglesia, positivamente fueron a mi reino celestial infinitas almas del reino de Chipre, para gozar perennemente conmigo eterna gloria.
Mas porque ahora haces tu propia voluntad y todo lo que deleita tu corazón, sin temerme a mí que soy tu Juez, ni amarme que soy tu Creador, quien también te redimí con durísima muerte, y me arrojaste de tu boca como cosa insípida y fétida, y porque también pusiste al demonio junto a tu alma en el aposento de tu corazón, y me expulsaste a mí de allí como a un ladrón y salteador y ni te avergüenzas de pecar a mi vista, obrando como los animales irracionales al seguir su instinto; por esto es digna justicia y justa sentencia que seas expulsado de entre mis amigos y colocado perpetuamente en el infierno en medio de mis enemigos.
Y has de saber positivamente, que mi Padre que está en mí, y yo en El, y el Espíritu Santo en los dos, da testimonio de que nunca salió de mis labios sino la verdad; por lo cual has de saber verdaderamente, que todo el que se hallare dispuesto como tú lo estás ahora, y no quisiere enmendarse, irá su alma por el mismo camino por donde fueron Lucifer por su soberbia, y Judas que me vendió por codicia, y Zambri a quien Fines mató por su lujuria, pues pecó con una mujer contra mi precepto, y por tanto, después de su muerte fué su alma condenada al infierno.
Te anuncio, pues, pueblo de Chipre, que si no quisieres corregirte y enmendarte, destruiré en todo el reino tu raza y descendencia de tal suerte, que no perdonaré pobre ni rico, y acabaré con tu linaje de tal modo, que en breve tiempo se borrará de los corazones de los hombres tu memoria, como si nunca hubiérais existido en este mundo. Después será mi voluntad poner en este reino de Chipre nuevas plantas que cumplan mis preceptos y me amen de todo corazón.
Pero has de tener por cierto, que a cualquiera de vosotros que quisiere corregirse y enmendarse, y volverse humildemente a mí, le saldré con alegría al encuentro, llevándolo en mis hombros como buen pastor y volviéndolo a poner en mi aprisco. Por mis hombros entiendo que el que se enmendare será participante del beneficio de mi Pasión y muerte, que sufrí en mi cuerpo y en mis hombros, y compartirá conmigo el consuelo eterno en el reino de los cielos.
Habéis de saber también que vosotros, enemigos míos que habitáis en ese reino, no érais dignos de que se os enviase esta visión o revelación mía Divina. Pero hay en el mismo reino varios amigos míos, los cuales me sirven fielmente y me aman de todo corazón, y me han movido con sus penitencias, lágrimas y oraciones, a fin de que por esta revelación mía os hiciera entender el grave peligro de vuestras almas; porque a algunos de esos amigos míos les manifesté de un modo Divino las innumerables almas de dicho reino de Chipre que son excluidas de la gloria celestial y condenadas eternamente a la muerte del infierno.
Todas las palabras dichas las dirijo a esos cristianos latinos sujetos a la obedicencia de la Iglesia de Roma, los cuales me prometieron en el bautismo la recta fe católica romana, y se han apartado de mí con obras contrarias a mis mandatos. Mas los griegos que saben que conviene que todos los cristianos tengan solamente una fe cristiana católica y obedecer únicamente a una Iglesia, que es la de Roma, y tener por superior como pastor espiritual un solo Vicario mío general en el mundo, cual es el Sumo Pontífice romano, y a pesar de todo no quieren someterse espiritualmente, ni sujetarse con humildad a la Iglesia de Roma y a mi Vicario, a causa de su pertinaz soberbia, de su ambición, de su lujuria, o por cualquier otro motivo mundano, indignos son de alcanzar después de su muerte mi perdón y misericordia.
Pero otros griegos que lo desearían mucho más, no pueden tener conocimiento de la fe católica romana, y no obstante, si la conociesen y pudieran, la abrazarían con fervor y buena voluntad, y se someterían humildemente a la Iglesia de Roma, y además, según sus conciencias en el estado y fe en que se hallan, se abstienen de pecar y viven piadosamente; a estos tales se les debe mi misericordia, cuando fueren llamados a mi juicio.
Tengan también entendido los griegos, que su imperio y reinos o dominios, nunca estarán seguros ni en tranquila paz, sino que siempre vivirán sometidos a sus enemigos, de quienes continuamente recibirián gravísimos daños y miserias muy prolongadas, hasta que con verdadera humildad y amor de Dios se sometan fervorosamente a la Iglesia y fe de Roma, conformándose en un todo con los sagradas constituciones y ritos de la misma Iglesia.
Después de vistas y oídas en espíritu estas cosas de la manera que se ha referido, desapareció la visión, y quedó orando la mencionada persona, suspensa con sumo pavor y admíración.
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