Jesucristo encomia la religión de los franciscanos.
REVELACIÓN 11

Infinita acción de gracias y rendido homenaje, honra y alabanza sean dadas a Dios en su poder y majestad eterna, el cual es un solo Dios en tres personas, a cuya inmensa bondad agradó que su dignísima humanidad hablara a una persona que estaba en oración, y le dijese así: Oye tú, a quien es dado oir y ver espiritualmente, conserva con cuidado en tu memoria estas palabras mías.

Hubo un hombre llamdo Francisco, que cuando se apartó de la soberbia y ambición del mundo y del vicioso deleite de la carne para emprender la vida espiritual de perfección y penitencia, obtuvo verdadera contrición de todos sus pecados y perfecto deseo de enmendarse, diciendo: Nada hay en el mundo que no quiera yo dejar de buena gana por amor y honra de mi Señor Jesucristo; ni nada tampoco hay tan duro en esta vida, que no quiera yo sufrir de buena voluntad por amor suyo, trabajando por su honra todo lo que pudiere según mis fuerzas de cuerpo y alma, y a todos cuantos yo pueda, quiero también estimularlos a lo mismo, y darles ánimo, para que de todo corazón amen a Dios sobre todas las cosas.

La regla que comenzó a observar este amigo mío Francisco, no fué dictada ni compuesta por su humano entendimiento y prudencia, sino por mí, según mi voluntad, de modo que cada palabra escrita en ella le fué inspirada por mi espíritu, y después él mismo presentó y comunicó a otros aquella regla. Igualmente acontece con las demás reglas que establecieron otros amigos míos, y las guardaron y observaron ellos mismos, y las enseñaron con esmero y las propagaron a otros, las cuales no fueron dictadas ni compuestas por el entendimiento y humana sabiduría de ellos, sino por inspiración del mismo Espíritu Santo.