La santísima Virgen dice a santa Brígida cuánto la Señora y su divino Hijo eran humildes mientras vivían sobre la tierra, y se digna añadirle que no son menos humildes y apacibles ahora que están en el cíelo. Es revelación que llena el alma de consuelo y confianza.
Capítulo 16

La misma humildad, dice la Virgen a la Santa, tiene ahora mi Hijo, sentado a la diestra de su divino Padre, que tuvo cuando se hallaba reclinado en el pesebre y estaba entre dos animales; y aunque todo lo sabía según la divinidad, nada hablaba sin embargo según la humanidad. Igualmente ahora que está sentado a la diestra del Padre, oye a todos los que con amor le hablan, y les responde por medio de las inspiraciones del Espíritu Santo, a unos con palabras y pensamientos, a otros les habla como de boca a boca, según la place.

De la misma manera yo, su Madre, soy ahora tan humilde en mi cuerpo, que está sublimado sobre todas las cosas criadas, como lo fuí entonces cuando me desposé con José. No obstante, has de saber por muy cierto, que José antes de desposarse conmigo comprendió por el Espíritu Santo, que yo había ofrecido a Dios mi virginidad y ser inmaculada en pensamientos, palabras y obras, y se desposó conmigo con intención de servirme, teniéndome por señora más que por esposa.

Yo también supe de positivo por el Espíritu Santo, que había de permanecer ilesa mi perpetua virginidad, aunque por oculta disposición de Dios me desposaba con un varón. Mas después que di mi consentimiento al mensajero de Dios, viéndome José encinta por virtud del Espíritu Santo, se asustó mucho, no porque sospechara de mí nada malo, sino que acordándose de los dichos de los Profetas, que anunciaban que el Hijo de Dios nacería de una Virgen, se consideraba él indigno de servir a semejante Madre, hasta que el ángel le mandó en sueños que no temiese, sino que con amor me sirviera.

En cuanto a las riquezas, José y yo no nos reservamos nada, sino lo necesario para la vida, en honra de Dios, y lo demás lo dimos por amor del Señor. Al acercarse la hora del nacimiento de mi Hijo, del cual tuve perfecto conocimiento, fuí a Belén, según lo tenía Dios dispuesto, llevando conmigo una envoltura muy limpia de paños para mi Hijo, los que nunca había nadie usado antes, y en los cuales lo envolví, cuando nació de mí con tanta pureza. Y aunque desde la eternidad me hallaba predestinada para colocarme en sublimísimo asiento y dignidad sobre todas las criaturas y sobre todos los hombres, sin embargo, por mi humildad no me desdeñaba de preparar y servir lo que era necesario para José y para mí misma.

También mi Hijo se hallaba igualmente sometido a José y a mí. Y como yo en el mundo fuí humilde y conocida solamente de Dios y de José, de la misma manera soy ahora humilde sentada en sublimísimo trono, y dispuesta a presentar a Dios las oraciones razonables de todos los fieles. Pero a unos les respondo por medio de inspiraciones divinas, y a otros les hablo de un modo más secreto, según es voluntad de Dios.