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Dice la santísima Virgen: Gloria y alabanza sea dada a Dios omnipotente, de quien dimanan todas las cosas, muy especialmente por lo que contigo ha hecho en tu edad juvenil, y a cuya gracia debe pedirse que el amor que al Señor tienes vaya cada día en aumento hasta tu muerte.
Hubo un rey poderoso y grande que edificó una casa, en la cual puso a su querida hija, encomendándola a la custodia de cierto hombre, a quien le dijo: Mi hija tiene mortales enemigos, y por consiguiente, debes guardarla con el mayor desvelo. Cuatro son las cosas a que con sumo empeño y continua solicitud estás obligado a observar para este objeto. Es lo primero, que nadie socave los cimientos de la casa; lo segundo, que nadie traspase la altura de los muros; lo tercero, que nadie derribe las paredes de la casa, y lo cuarto, que ningún enemigo entre por las puertas.
Espiritualmente debe entenderse, señor mío, esta parábola que os escribo por amor de Dios, y pongo por testigo al mismo Señor que ve los corazones de todos. Por la casa entiendo tu cuerpo, que el Rey de los cielos formó de la tierra. Por la hija del rey entiendo tu alma, criada por virtud del Altísimo y puesta en tu cuerpo; por el custodio, la razón humana, la cual guardará a tu alma según voluntad del Rey eterno; por los cimientos, la buena, firme y estable voluntad, pues sobre ella deben edificarse todas las buenas obras, para que el alma se defienda perfectamente.
Cuando tu voluntad se halle dispuesta de este modo, para nada querrás vivir sino para seguir la voluntad de Dios y darle toda la honra que te sea posible, así de palabra como de obra, complaciéndole también durante tu vida con tu cuerpo, con tus bienes y con todas tus fuerzas a fin de que puedas devolver a su Criador tu alma, libre de toda impureza de la carne. ¡Con cuánta vigilancia conviene que guardes este cimiento, que es tu voluntad, por medio de su custodio, que es la razón, a fin de que nadie pueda socavarlo con sus maquinaciones en daño del alma!
Por los que se empeñan en socavar ese cimiento, entiendo a los que te dicen: Señor mío, quédate seglar, cásate con una mujer de prendas, noble y rica, para gozar con tus hijos y con tu patrimonio, y no padecer la aflicción de la carne. Otros te dicen tal vez: Si quieres ser clérigo, dedícate a las bellas letras para ser llamado instruido.
Si alguien te quisiere imbuir semejantes ideas, haz que al punto tu costodio, que es la razón, le responda, que más bien quieres sufrir toda la tribulación de la carne, que perder la castidad; y que para honra de Dios, defensa de la fe católica, para fortalecer a los buenos, corregir a los que yerran y ayudar a todos los que necesiten tu consejo y doctrina, quieres dedicarte al estudio de las ciencias; pero que no aspiras sino a tener para el mero sustento de tu cuerpo y los criados indispensables, ni deseas por vanagloria tener nada superfluo en esta vida. Has de decir también, que si la Divina Providencia te colocare en alguna dignidad, deseas disponerlo todo prudentemente en provecho de los prójimos y para honra de Dios. Y de esta suerte el custodio, que es la razón, podrá expeler a los que intentaren socavar el cimiento, el cual es la buena voluntad.
Debe también la razón estar observando constante y cuidadosamente, no sea que alguien traspase la altura de los muros, por la que entiendo el amor de Dios, que es la más sublime de todas las virtudes. Pues has de saber muy de positivo, que nada desea tanto el demonio como saltar sobre ese muro; por lo que continuamente se esfuerza cuanto puede, para que el amor del mundo y de la carne se sobreponga al amor de Dios.
Así, pues, señor mío, siempre que el amor del mundo intentare anteponerse en tu corazón al amor de Dios, ponle al punto al frente tu custodio, que es la razón, la cual le diga, que más bien quieres padecer la aflicción en el alma y la muerte en el cuerpo, que vivir para provocar a ira con palabras u obras a tan benigno Dios; antes al contrario, que en nada estimas tu propia vida, ni tus bienes o riquezas, ni la protección de los parientes o amigos, con tal que puedas complacer enteramente a Dios y honrarlo en todas las cosas; y que prefieres someterte voluntariamente a todas las tribulaciones, más bien que ocasionar a ningún prójimo tuyo, grande o pequeño, cualquier perjuicio, escándalo o aflicción, sino que quieres amar fraternalmente a todos tus prójimos según el precepto del Señor. Si así lo hicieres, demuestras amar a Dios más que a todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo. Entonces el custodio, que es la razón, puede descansar seguramente, porque ningún émulo de tu alma podrá traspasar la altura de los muros.
Por las paredes entiendo cuatro gozos de la corte celestial, los cuales debe todo hombre desear interiormente con atenta meditación. El primero es, desear fervorosamente y de todo corazón ver al mismo Dios en su eterna gloria y aquellas indefectibles riquezas, que nunca se apartan de quien las ha conseguido: el segundo es, querer incesantemente oir las armoniosas voces de los ángeles, que sin término ni cansancio, de continuo alaban y adoran a Dios: el tercero es, desear alabar a Dios eternamente de toda corazón y con fervoroso anhelo, como lo hacen los mismos ángeles: el cuarto es, disfrutar en el cielo los consuelos sempiternos de los ángeles y de las almas santas.
Y aquí debe advertirse, que así como al hombre que está en su casa, siempre le rodean las paredes adondequiera que se vuelva, igualmente todo el que de día y de noche deseare con sumo empeño esos cuatro gozos, que son: ver a Dios en su gloria, ver a los ángeles que alaban a Dios, alabar al Señor juntamente con ellos, y gozar de sus consuelos; adondequiera que se vuelve, y a cualquier trabajo que se dedique, se conservará siempre ileso entre firmes paredes, de modo, que viviendo en este mundo entre los mismos ángeles, puede decirse que disfruta el trato de Dios. ¡Oh, cuánto desea tu enemigo traspasar esas paredes, arrancar de tu corazón esos consuelos interiores, e inspirarle y enredarlo en otros goces contrarios a tu deseo, los cuales pudieran dañar gravemente a tu alma!
Conviene, pues, que el custodio, que es la razón, observe muy cautelosamente las dos sendas por donde suele venir el enemigo. La primera es el oído, la segunda la vista. Viene por el oído, infundiendo en el corazón los deleites de las canciones profanas y de varios instrumentos que suenan suavemente y los de de las conversaciones inútiles y en elogio de su propia persona, con lo cual, cuanto el hombre se ensalza a sí mismo por la soberbia, otro tanto se aleja más de él Jesucristo. A semejante deleite debe oponerse el custodio, que es la razón, y decir: Así como el demonio aborrece toda humildad que el Espíritu Santo inspira en los corazones de los hombres, igualmente, con el auxilio de Dios, aborrezco yo toda la pompa y soberbia del mundo, que con su pestífera inspiración infunde en los corazones el espíritu maligno, y me será tan odioso ese placer, como el hedor de cadáveres corrompidos, que al sentirlo, se cubre uno las narices sin poderlo resistir.
También por la vista, como por la segunda senda, suele acometer el enemigo para traspasar las referidas paredes, llevando consigo muchísimos instrumentos, como son toda clase de metales ricos dispuestos en diversas joyas y formas, piedras preciosas, magníficos vestidos, suntuosos palacios, quintas, lagos, bosques, viñedos; y toda clase de posesiones de gran lucro. Si todas estas cosas se desean con anhelo, desaparecen las mencionadas paredes, esto es, los gozos celestiales. Conviene, por tanto, que el custodio, que es la razón, antes que semejantes ideas deleiten ni aficionen al corazón, les salga con solicitud al encuentro y les diga: Si llegare a mi poder riqueza alguna de esa especie, la pondré en aquella arca, donde no hay que temer los ladrones ni la polilla, y mediante la gracia del Señor, no ofenderé a mi Dios por desear bienes ajenos, ni de ningún modo por ambicionar las cosas ajenas me apartaré de la compañia de los servidores de Cristo.
Por las puertas de la referida casa entiendo todo lo necesario al cuerpo, lo cual no lo puede rehusar el mismo cuerpo, como es comer, beber, dormir y velar, y aun a veces alegrarse y afligirse. Conviene, pues, que el custodio, el cual es la razón, cuide con solicitud estas puertas, a saber, lo necesario al cuerpo, y que con temor de Dios se oponga a los enemigos siempre y prudentemente, a fin de que no entren en el alma.
Pero de la misma manera que al tomar la comida y la bebida se ha de precaver que no entre el enemigo a causa del exceso, el cual hace perezoso al cuerpo para servir a Dios, igualmente se ha de cuidar, no sea porque por la demasiada abstinencia, que impide al cuerpo hacer nada bien, tenga entrada el enemigo. Advierta también el custodio, que es la razón, no sea que por honra mundana y valimiento de los hombres, ya estando solo con tu familia, ya cuando tuvieres convidados, haya muchos manjares suculentos, sino que atiendas a cada cual por amor de Dios, excluyendo los muchos platos y excesivamente delicados.
Debe también el custodio, esto es, la razón, considerar con atención y vigilancia, que así como han de tomarse moderadamente la comida y la bebida, del mismo modo ha de moderarse el sueño, de tal suerte, que el cuerpo esté bien dispuesto y ligero para emplearse en honra de Dios, y todo el tiempo de la vela se invierta útilmente en los oficios divinos y en trabajos honestos, sin sentir pesadez alguna por causa del sueño.
Mas si acometiere alguna turbación o rencor, el custodio, esto es, la razón, unido con su compañero, que es el temor de Dios, debe acudir al instante, no sea que por ira o impaciencia vengas a carecer de la divina gracia y a provocar gravemente contra ti a Dios. Y si tu corazón se llenase de algún consuelo o alegría, el mismo custodio, que es la razón, debe imprimir en tu corazón más fuertemente el temor de Dios, con el cual, auxiliando la gracia de Jesucristo, moderará aquel consuelo o alegría, según te fuere más conveniente.
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