Manda Dios a santa Brígida que no tema manifestar al mundo estas revelaciones, y que ni se ensalze por las alabanzas ni se abata por los desprecios que puedan ocasionarle.
Capítulo 10

Tú que ves las cosas espirituales, le dice a la Santa el Hijo de Dios, no debes callar porque te vituperen, ni tampoco hablar porque te alaben los hombres, ni debes temer porque sean menospreciadas mis palabras que de un modo divino te he revelado, y no se cumplan al punto. Pues al que me desprecia, lo juzga la justicia, y al que me obedece, lo remunera la misericordia de dos modos: primero, porque se borra del libro de la justicia la pena del pecado, y segundo, porque se aumenta la recompensa según la satisfacción de los pecados. Y así, todas mis palabras van enviadas con la condición de que, si aquellos a quienes se envían las oyeren y creyeren, y además las pusieren por obra, entonces se cumplirán mis promesas.

Por tanto, como Israel no quiso seguir mis preceptos, dejó el camino derecho y breve y se fué por otro malo y escabroso, granjeóse el odio de todos, y muchos fueron al infierno, y varios están en el cielo. Igualmente acontece ahora; porque el pueblo de este reino, al cual he castigado, no se ha hecho más humilde ni más obediente por el castigo; sino a la inversa, más audaz contra mí y más contrario mío.

Después de esto, oí una voz del Eterno Padre, que decía: Oh Hijo mío, que con tu muerte libraste del infierno al linaje humano, levántate y defiéndete, porque muchos hombres y mujeres te han excluído de su corazón. Entra en tu reino con la sabiduría como Salomón; arranca de sus quicios las altas puertas con la fortaleza como Sansón; pon lazos ante los pies de los soldados; aparta con las armas a las mujeres, y arrojas a los poderosos delante de los pueblos, de suerte que no se escape ningún enemigo tuyo, hasta que, con verdadera humildad, vengan a pedir misericordia los que están obstinados contra ti.