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Yo soy, dice Jesucristo, Rey coronado en mi divinidad, sin principio ni fin, como tampoco tiene principio ni fin la corona, la cual significa mi poder, que no tuvo principio, ni tendrá fin. Pero tuve guardada en mí otra corona, que soy yo, el mismo Dios. Esta corona fué preparada para el que me tuviese grandísimo amor, y tú, dulcísima Madre mía, adquiriste y ganaste para ti esta corona con justicia y amor. Pues así los ángeles como los demás santos dan testimonio de que tu amor a mí fué más ardiente que el de todos, y tu castidad más pura, la cual me agradó sobre la de todos.
Tu cabeza sobrepujó en belleza al resplandeciente oro, y tus cabellos brillaban como los rayos del sol; porque tu purísima virginidad, que es en ti como la primera de todas las virtudes, y la continencia de todas tus acciones, me agradaron y relucieron en mi presencia con toda humildad; con razón, pues, te llaman Reina coronada sobre todo lo criado: Reina, por tu pureza, y coronada por tu excelente dignidad. Tu frente fué de incomparable blancura, la cual significa el recato de tu conciencia, en la que existe la plenitud del saber humano, y donde brilla sobre todo la dulzura de la sabiduría de Dios.
En la presencia de mi Padre fueron tan relucientes tus ojos, que se miraba en ellos, y en tu visión espiritual y en la mente de tu alma veía el Padre toda tu voluntad, que nada querías sino a él, ni nada deseabas sino según su querer. Tus oídos fueron limpísimos y abiertos como hermosísimas ventanas, cuando Gabriel te manifestó mi voluntad, y cuando ya, Dios, encarnó en ti. Tus mejillas fueron de excelente color, blanco y sonrosado; porque la fama de tus loables acciones y la hermosura de las costumbres con que diariamente estabas inflamada, fueron de mi mayor agrado. Con la hermosura de tus costumbres gozaba verdaderamente Dios Padre y nunca apartó de ti sus ojos, y por tu amor todos obtuvieron también amor.
Tu boca fué a semejanza de la lámpara que arde por dentro y luce por fuera, porque las palabras y afectos de tu alma fueron ardorosos interiormente con la divina inteligencia, y relucían en el exterior por la loable disposición de tus movimientos corporales, y por la hermosísima concordia de tus virtudes. En verdad, amadísima Madre, la palabra de tu boca atrajo en cierto modo a ti mi divinidad, y el fervor de tu divina dulzura nunca me separaba de ti, porque tus palabras son más dulces que el panal de miel. Tu cuello es noblemente erguido y levantado de una manera muy hermosa, porque la justicia de tu alma se halla plenamente enderezada a mí y movible según mi querer, pues nunca estuvo inclinada a ningún mal de soberbia; porque como el cuello se dobla en la cabeza, igualmente se doblaban según mi voluntad todas tus intenciones y obras.
Tu pecho estuvo lleno de la suavidad de todas las virtudes, de tal modo, que no hay bien en mí, que no reluzca en ti, porque con la dulzura de tus costumbres atragiste a ti todo bien, cuando agradó a mi divinidad ir a ti, y a mi Humanidad habitar en ti y beber la leche en tus pechos. Tus brazos fueron hermosos por la verdadera obediencia y tolerancia de los trabajos, y por esta razón tus manos corporales tocaron mi Humanidad, y estuve quieto en tus brazos con mi divinidad.
Tu seno fué limpísimo como el marfil, y como un lugar muy esplendente adornado con preciosas piedras, porque nunca se enfrió la constancia de tu conciencia y de tu fe, y ni aun en la tribulación pudo dañarse. Las formas de tu cuerpo, es decir, de tu fe, fueron como brillantísimo oro, en las cuales se ven la fortaleza de tus virtudes, tu prudencia, justicia y templanza con perfecta perseverancia, porque todas tus virtudes fueron perfectas con el amor de Dios. Tus purísimos y limpios pies estaban como llenos de olorosas hierbas, porque tu esperanza y afectos eran derechos a mí, tu Dios, y olorosos para ejemplo e imitación de los demás. Tu purísimo seno, así espiritual como corporal me era tan apetecido, y tu alma me agradó tanto, que no recelé bajar desde lo alto del cielo para morar en ti, antes al contrario, me deleité en ello de una manera muy grata.
De consiguiente, amadísima Madre, esa corona guardada en mí, la cual soy yo Dios, que debía encarnar, a nadie debió ponérsela sino a ti, por lo que eres en verdad Madre, Virgen y Emperatriz de todas las reinas.
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