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Ya te he dicho, hija mía, le dice la Madre de Dios a santa Brígida, que aquella sería la última carta que había yo de enviarle a ese rey tu amigo, lo cual debe entenderse respecto a las cartas referentes a su persona particular y la mía. Pues si alguno que estuviera sentado oyese algo útil relativo a un amigo y que debiera referírsele a éste, ya fuese una noticia alegre, ya una carta de saludable reprensión, ambos serían dignos de recompensa, así el que lo decía, como el que venía a referirlo. Igualmente, la justicia de Dios, justa en la equidad y justa en la misericordia, quiere publicar la justicia y la misericordia: por tanto, todo el que quisiere oir, oiga, pues no es carta de reprensión, sino doctrina de justicia y de amor de Dios.
Cuando en otro tiempo se enviaba a cualquiera una carta, contenía reprensión y aviso, reconvenía por la ingratitud habida con los beneficios, y amonestaba sobre la enmienda de costumbres. Mas ahora la justicia de Dios enseña una hermosa doctrina que pertenece a todos, y el que la oyere y con fe la pusiere en práctica, encontrará el fruto de salvación y de la vida eterna.
Pero podrás preguntar ¿por qué las palabras de Dios se profieren tan obscuramente, que se pueden interpretar de diversos modos, y a veces las entiende Dios de una manera y los hombres de otra? A lo cual te respondo, que Dios puede aquí compararse al cosechero que fabrica el aguardiente, el cual se hace del vino: tiene este cosechero muchos tubos, unos ascendentes y otros descendentes, por los cuales en virtud del calor del fuego, ya sube el vino ya baja. Igualmente hace Dios con sus palabras, porque unas veces sube por medio de la justicia, y otras baja por la misericordia, según se vió en aquel rey, a quien el Profeta dijo que moriría, y sin embargo, después la misericordia le concedió muchos años de vida.
Otras veces baja Dios también por medio de la sencilla expresión de palabras y de la acción corporal; pero vuelve a subir por la inteligencia espiritual, como acaeció con David, a quien se dijeron muchas cosas en nombre de Salomón, y se cumplieron y fueron entendidas en el Hijo de Dios. En otras veces también habla Dios de cosas futuras como si fueran pasadas, y une lo presente con lo futuro; porque como un solo punto, reside todo en Dios, lo presente, lo pasado y lo futuro.
Ni tampoco debes extrañar que hable Dios de una manera tan obscura, pues esto se hace por cuatro razones. La primera es, para manifestar Dios su gran misericordia, no sea que oyendo alguien la justicia de Dios, desespere de su misericordia; porque cuando el hombre muda su propósito de pecar, Dios también muda entonces el rigor de su sentencia. La segunda razón es, para que Dios recompense más a causa de la fe y de la esperanza a los que creen en su justicia y en sus promesas. La tercera es, porque si en detereminado tiempo se supiera el juicio de Dios, algunos se afligirían mucho a causa de los sucesos contrarios ya previstos; otros por hastío desistirían de su deseo y fervor; y así por esto, cuando a alguien escribo algunas palabras, no expreso si él las creerá y pondrá en práctica o no, y ni aun a ti te declaro si él las creerá y pondrá en práctica o no, porque no te es lícito saberlo, ni el hombre debe atreverse descaradamente a discutir las palabras de Dios; porque el Señor es quien del orgulloso hace el humilde, y del enemigo un amigo. La cuarta razón es, para que el que busca ocasión de aprender la encuentre, y los que pecan sean castigados, y los buenos se hagan más patentes y conocidos.
El Hijo de Dios, añadió la Santa, me estuvo hablando y dijo: Si alguien hablase por un tubo que tuviera tres conductos y dijese al que lo oía: Nunca oirás mi voz por este conducto; no debería ser reconvenido, si después hablara por los dos conductos restantes. Igualmente acontece ahora con nuestras palabras; pues aunque la Virgen, mi Madre, haya dicho que aquella era la última carta que había de enviar al rey, esto debe entenderse de su propia persona. Pero ahora yo, Dios, que estoy en mi Madre y mi Madre en mí, le envió mi mensajero al rey, tanto por los que en el día viven, como por los que todavía no han nacido.
Desde la eternidad existen en Dios la justicia y la misericordia, porque desde la eternidad fué justicia en Dios, que estando Dios lleno de sabiduría, de bondad y de poder antes de todas las cosas, quiso que muchos participaran de su bondad, y por esto creó a los ángeles, de los que algunos considerando su hermosura, deseaban ser más que Dios. Arruináronse, por tanto, y bajo los pies de Dios se hicieron perversos demonios. Pero aun con estos tiene Dios misericordia en cierta manera; porque cuando por justicia y permisión de Dios el demonio obra el mal que desea, se desahoga en cierto modo con la prosperidad de su malicia, no porque con esto se disminuya la pena del demonio, sino que viene a sucederle como al enfermo que tiene un poderosísimo enemigo, que se consuela con saber la muerte de este, aunque por ello no se disminuya el dolor de su enfermedad: igualmente el demonio, a causa de la envidia de que está devorado, parece como que se aplaca y mitiga la sed de su malicia, cuando castiga a los hombres.
Pero viendo Dios la diminución de su ejército a causa de la caida de los demonios, creó al hombre, para que obedeciera sus mandamientos, y diese fruto, hasta que subieran al cielo tantos hombres cuantos fueron los ángeles caidos del mismo cielo. El hombre, pues, fué creado perfecto, y habiendo recibido el mandamiento de la vida, no atendió a Dios ni a su honra, sino que prevaleció consintiendo con la sugestión del demonio, y dijo: Comamos del árbol de la vida, y lo sabremos todo como Dios. Estos que pensaron así, a saber, Adán y Eva, no desearon a Dios el mal como el demonio, ni aun quisieron ser sobre Dios, sino quisieron ser sabios como Dios; por tanto, cayeron, mas no como el demonio, porque éste tenía envidia de Dios, y así no tendrá fin su miseria.
Mas el hombre, porque quiso otra cosa distinta de la que Dios quería que quisiese, mereció y obtuvo justicia con misericordia. Entonces sintieron la justicia aquellos primeros padres del linaje humano, cuando tuvieron la desnudez en lugar de la vestidura de la gloria, el hambre en vez de la abundancia, el ardor de la carne en vez de la tranquilidad, y el trabajo en lugar del descanso. Mas al punto también alcanzaron misericordia, y contra la desnudez tuvieron vestido, contra el hambre comida, y seguridad de la mutua unión para aumentar su prole; aunque Adán fué de honestísima vida, nunca tuvo otra esposa sino Eva, ni ninguna otra mujer sino ella sola.
Dios también tiene justicia y misericordia con las almas. Hizo Dios tres cosas sobresalientes. En primer lugar los ángeles, que tienen espíritu, pero no carne: en segundo lugar el hombre, que tiene alma cuerpo, y lo tercero los animales, que tienen cuerpo pero no alma racional como la del hombre. El ángel, pues, por ser espíritu, está continuamente unido a Dios, y así no necesita auxilio humano; pero el hombre, porque es de carne, no puede estar continuamente unido a Dios, hasta que lo mortal se aparte del espíritu. Y por consiguiente, para que subsista, le creó Dios los animales irracionales, como ayuda y para que le obedezcan y sirvan en cuanto puedan de ellos usar. Y aun con estos animales irracionales tiene Dios misericordia; porque no se ruborizan de sus miembros, ni tienen dolor cuando se acerca su muerte antes que llegue ésta, y se contentan con una sencilla comida.
Después, cuando permitió Dios el diluvio, hizo también justicia con misericordia. Pues bien hubiera podido el Señor en más corto tiempo haber llevado el pueblo de Israel a la tierra de promisión; pero fué justicia que los vasos que debían contener exquisita bebida, se probaran y limpiasen primeramente, y después fuesen santificados; pero también tuvo Dios con ellos gran misericordia, porque con la oración de un solo hombre, que fué Moisés, borró los pecados de todos, y les concedió su divina gracia. Igualmente, después de mi Encarnación nunca hay justicia sin misericordia, ni misericordia sin justicia.
Entonces resonó por lo alto una voz que decía: Oh Madre de misericordia, Madre del eterno Rey, alcanzadnos misericordia. A vos llegaron los ruegos y lágrimas de vuestro siervo el rey. Sabemos que es justicia se castiguen sus pecados; pero alcanzadle misericordia, para que se convierta, haga penitencia y dé honra a Dios. Y respondió el espíritu: Cuatro diferencias de justicia hay en Dios. La primera es, que el que es increado y eternamente existe, sea honrado sobre todas las cosas, porque de él dimanan todas, en él viven y subsisten todas las cosas criadas. La segunda justicia es, que el que siempre fué y es, y en la época designada nació temporalmente, sea servido por todos y lo amen con toda pureza. La tercera justicia es, que el que por sí es impasible y por su Humanidad se hizo pasible, y después de tomar para sí la mortalidad, alcanzó la inmortalidad para el hombre, sea deseado sobre todas las cosas que pueden desearse y que son dignas de ser deseadas. La cuarta justicia es, que los que son inconstantes busquen la verdadera estabilidad, y los que están en las tinieblas, deseen la luz, que es el Espíritu Santo, y pidan su auxilio con contrición y verdadera humildad.
Pero en cuanto a ese rey, siervo de la Madre de Dios, y por el cual ahora se pide misericordia, dice la justicia que no tiene ya bastante tiempo para purgar dignamente, según lo que la misma jusiticia exige, los pecados que tiene cometidos contra la misericordia de Dios, ni su cuerpo podría sufrir la pena merecida por esos pecados. Con todo, la misericordia de la Madre de Dios le ha valido y ha alcanzado para ese siervo suyo la misericordia, de que oiga él lo que tiene hecho y cómo podrá enmendarse, si quisiere tener compunción y convertirse.
Y en aquel instante, dice santa Brígida, vi en el cielo una casa de admirable hermosura y magnitud, y en la casa había un púlpito, y en el púlpito un libro, y vi dos que estaban de pie delante del púlpito, que eran el ángel y el demonio, y uno de ellos, el cual fué el demonio, decía: Mi nombre es un ¡ay! eterno y formidable. Así pues, este ángel y yo andamos tras una cosa que deseamos mucho, porque vemos que el poderosísimo Señor se propone edificar una cosa sublime, y por esto trabajamos, el ángel para la perfección de la cosa, y yo para su destrucción. Pero acontece que cuando esa cosa apetecible, que es cierta alma, viene casualmente a mis manos, tiene tanto fervor y ardimiento, que no puedo tenerla; y cuando alguna vez llega a las manos del ángel, está tan fría y resbaladiza, que al momento se escurre de sus manos.
Y como yo mirase atentamente el mismo púlpito con toda mi consideración mental, mi entendimiento no bastaba para comprender cómo era, ni mi alma podía comprender su hermosura, ni mi lengua expresarla. El aspecto del púlpito era como un rayo del sol, el cual tiene color rojo y blanco, y de resplandeciente oro. El color de oro era como el sol refulgente, el blanco era tan puro como la nieve, el rojo era como una rosa encarnada; y cada color se veía en el otro; pues cuando miraba yo el color de oro, veía en él el rojo y el blanco; y cuando miraba el blanco, veía en él los otros dos colores, e igualmente acaecía, cuando miraba el color rojo; de manera, que cada color se veía en el otro, y no obstante cada cual era distinto del otro y por sí existía, pero en un todo y por todas partes parecián iguales.
Y como yo mirase hacia arriba, no pude comprender la longitud ni la latitud del púlpito; y mirando hacia abajo, no pude ver ni comprender lo inmenso de su profundidad, porque todas estas cosan eran incomprensibles para ser consideradas. Vi después en el mismo púlpito una cosa resplandeciente como brillantísimo oro, que tenía forma de libro, el cual estaba abierto, y su escritura no estaba hecha con tinta, sino que cada palabra del libro estaba viva, y hablaba por sí misma, como si cualquiera dijese: Haz esto o aquello, y al punto estuviese hecho con sólo proferir la palabra. Nadie leía la escritura de aquel libro, pero todo lo que esta escritura contenía, veíase en el púlpito y en aquellos colores.
Delante de ese púlpito vi a un rey que todavía vive en el mundo: al lado izquierdo del púlpito vi a otro rey muerto, que estaba en el infierno, y a la derecha del mismo púlpito vi a otro rey muerto que estaba en el purgatorio. El referido rey vivo estaba sentado y con corona en un globo de cristal, y sobre el globo colgaba una horrorosa espada de tres puntas, que a cada instante se iba aproximando al globo, como el minutero de un reloj se acerca a su señal. A la derecha de este rey vivo estaba un ángel, el cual tenía un vaso de oro y un frasco; y a la izquierda estaba el demonio con unas tenazas y un martillo; y ambos contendían sobre quién hubiese de tener la mano más próxima al globo de cristal, cuando la espada tocase a éste y lo rompiera.
Oí entonces la horrorosa voz de aquel demonio, que decía: ¿Hasta cuándo ha de ser esto? Nosotros dos vamos tras una misma presa, pero ignoramos de quién será la victoria. Y al punto me dijo la justicia divina: Las cosas que aquí se te muestran no son corporales, sino espirituales; ni el ángel ni el demonio son corporales, pero se hace así, porque tú no puedes entender las cosas espirituales sino por semejanzas corporales. El rey vivo se te representa en un globo cristal, porque su vida es como un cristal quebradizo y va al punto a concluir. La espada de tres puntas es la muerte, la cual, cuando llega, hace tres cosas: debilita el cuerpo, altera la conciencia y mortifica todas las fuerzas, dividiendo de la carne el alma como una espada.
El ángel y el demonio que contienden acerca del globo de cristal, significa que ambos desean poseer el alma del rey, la cual se adjudicará a aquel, a cuyos consejos más obedeciere. El ángel con un vaso y un frasco significa, que como el niño descansa en el seno de la madre, así el ángel procura que el alma sea presentada a Dios en un vaso, y descanse en el seno del consuelo eterno. El diablo con las tenazas y el martillo significa, que el demonio atrae a sí al alma con las tenazas del deleite ilícito, y la deshace con el martillo, esto es, con el concurso y perpetración de los deleites.
El globo de cristal, unas veces demasiado ardiente, y otras muy resbaladizo y frío, significa la inconstancia del rey, porque puesto en la tentación, piensa dentro de sí del siguiente modo: Aunque sé que ofendo a Dios si ejecuto lo que he pensado, con todo, por esta vez llevaré a cabo mi idea, pues por ahora no puedo retraerme de ella. Y de este modo peca a sabiendas contra su Dios; y pecando a sabiendas, viene a parar a las manos del demonio. Vuelve después el rey a confesarse, y por segunda vez se escapa de las manos del demonio, y viene a poder del ángel bueno. Por tanto, si este rey no abondona su inconstancia, se halla en gran peligro, porque tiene débil cimiento.
Al lado izquierdo del púlpito vi después a otro rey muerto, que había sido condenado al infierno. Tenía puestas las vestiduras reales, y se hallaba sentado en un trono; pero estaba muerto, pálido y muy horroroso. Delante de él había una rueda con cuatro rayas en su extremo, la cual se movía según el estado del rey; y cada raya subía o bajaba, según quería el mismo rey, porque el movimiento de la rueda estaba a su albedrío: tres de aquellas rayas contenían algo escrito, pero en el cuarto no había nada. A la derecha de este rey vi un ángel en forma de un hombre hermosísimo, y tenía vacías las manos, pero servía al púlpito. Y al lado izquierdo del mismo rey, había un demonio con cabeza como de perro; tenía un vientre insaciable y el ombligo abierto, bullendo con veneno de todos los colores ponzoñosos, y en cada pie llevaba tres uñas grandes, agudas y fuertes.
Entonces, una persona hermosísima como el sol, y admirable a la vista a causa de su resplandor, me dijo: Ese rey que ves, es infeliz, y ahora se te manifestará su conciencia, cual la tuvo en el reino, y en su intención cuando falleció, pero qué conciencia tuvo antes del reino, no te es lícito saberlo. Sin embargo, has de tener entendido, que ante tus ojos no se halla su alma, sino su conciencia; y puesto que ni el alma ni el demonio son corporales sino espirituales, por medio de semejanzas corporales se te manifiestan a ti las tentaciones y suplicios del demonio.
Y al punto, aquel rey muerto comenzó a hablar, no con la boca, sino con el cerebro, y dijo así: Oh consejeros míos, esta es mi intención: quiero poseer y guardar todo lo que está sujeto a la corona de mi reino, y también quiero trabajar, para que lo obtenido se aumente y no se disminuya. ¿Qué me importa indagar el medio cómo se haya obtenido? Bástame, si pudiere defender lo alcanzado y aumentado. Entonces dijo en alta voz el demonio: Ya esta taladrado de parte a parte, ¿qué ha de hacer ahora mi garfio? Respondió la justicia desde el libro que estaba en el púlpito, y dijo al demonio: Ponle en el agujero el garfio, y atraételo a ti. Y al profetir la justicia estas palabras, se le puso el garfio; pero en aquel momento acudió delante del rey el martillo de la misericordia, con el cual hubiera el rey podido romper el garfio, si en todo hubiese inquirido la verdad y mudado provechosamente su propósito.
Por segunda vez habló el rey y dijo.: Oh consejeros y favoritos míos, vosotros me tomasteis por señor, y yo a vosotros por consejeros; y así, os digo que hay en el reino un hombre, el cual es traidor de mi honra y de mi vida, maquinador contra el bien del país, y perseguidor de la paz y del provecho común de los pueblos del reino. Si este hombre se permite y se tolera, sufrirá perjuicio la república, prevalecerá la discordia, y se aumentarán en el reino las calamidades intestinas. Así los doctos como los indoctos, así los poderosos como el vulgo me creían lo que yo les decía, de suerte que aquel hombre a quien infamé suponiéndolo traidor, sufrió gran perjuicio y vergüenza, y fué condenado a destierro.
Pero bien sabía mi conciencia la verdad del asunto, y que contra ese dije mucho por ambición del reino y por temor de perderlo, para extender mi honra, y para que el reino quedase más seguro para mí y para mis descendientes. Y aunque sabía yo la verdad de cómo fué adquirido el reino y cómo ese hombre quedó injuriado, dije para mí: Si otra vez lo recibo en mi amistad y descubro la verdad, recaerá en mí todo el daño y oprobio; y por esta razón me resolví a morir, antes que decir la verdad y desvirtuar mis injustas palabras y obras. Entonces respondió el demonio: Oh Juez, he aquí cómo este rey me da la lengua. Y dijo la justicia divina: Echale el lazo. Y habiéndolo hecho así el demonio, al punto que echó el lazo, colgaba delante del rey un agudísimo hierro, con el que, si hubiese querido, hubiera podido cortar el lazo y destrozarlo.
Hablaba otra vez el rey, y decía: Oh consejeros míos, yo consulté acerca del estado del reino a eclesiásticos y personas sabias, quienes me dijeron, que si confiaba yo el reino a otras manos, ocasionaría perjuicio a muchos y sería traidor de vida y honra y violador de la justicia y de las leyes; y, sin embargo, para sostenerme en el reino y defenderlo de las acometidas, creí, según mi ambición, ser conveniente arbitrar nuevos recursos, porque las antiguas rentas fiscales no bastaban para gobernar y defender el reino según mis ideas. Pensé, pues, imponer varias contribuciones nuevas y recursos fraudulentos en perjuicio de muchos moradores del reino, y aun de inocentes viajeros y traficantes, y en estas arbitrariedades me propuse perseverar hasta la muerte, aunque me decía mi conciencia que todo esto era contra Dios, contra toda justicia y contra la moral pública. Entonces dijo en voz alta el demonio: Oh Juez, sus dos manos tiene este rey inclinadas debajo de mi vaso de agua. ¿Qué ha de hacer? Y respondió desde el libro la Justicia: Vierte sobre ellas tu veneno. Y al punto que el demonio vertió el veneno, se presentó delante del rey un vaso de bálsamo, con el que bien hubiera podido el rey calmar aquel veneno.
Entonces gritó con fuerza el demonio, y dijo: Estoy viendo una cosa admirable y que no puedo comprender. Puse mi garfio en el corazón de este rey, y al punto se le proporcionó un martillo; le eché mi lazo a su boca, y se le da un agudísimo hierro, y vertí mi veneno en sus manos, y se le presenta un vaso de bálsamo. Y respondió la Justicia desde el libro que en el púlpito estaba, y dijo: Todo tiene su tiempo, y tanto la misericordia como la justicia se saldrán al encuentro.
Después de esto me dijo la Madre de Dios: Ven, hija; mira y oye qué es lo que sugiere al alma el espíritu bueno y qué al malo. Pues todo hombre recibe inspiraciones y visitas, unas veces del espíritu bueno y otras del malo, y nadie hay que mientras vive no haya sido visitado por Dios. Y al instante volvió a aparecer el mismo rey muerto, a cuya alma, mientras él vivía, el buen espíritu le inspiraba así: Amigo, con todas fuerzas éstas obligado a servir a Dios, porque te ha dado vida, conciencia, entendimiento, salud y honra, y además te sufre en tus pecados. Respondió la conciencia del rey, hablando por medio de una semejanza: Cierto es que estoy obligado a servir a Dios, por cuyo poder he sido creado y redimido, y por cuya misericordia vivo y subsisto.
Pero el espíritu malo le sugería al rey por la inversa, y decía: Hermano, te voy a dar un buen consejo: haz como el que limpia fruta, que tira los desperdicios o corteza, y guarda para sí el meollo y lo más útil. Haz tú lo mismo, Dios es humilde y misericordioso, paciente y de nadie necesita: dale, pues, aquellos bienes de que fácilmente puedas carecer, pero resérvate para ti lo más útil y apetecible. Haz también cuanto te deleita respecto a la carne, porque fácilmente puede enmendarse; y lo que no te agrada el hacerlo, déjalo, y en su lugar da limosnas, pues con ellas pueden consolarse muchos. Y respondió la mala conciencia del rey: Este consejo es útil. Podré dar algo, de que no se me siga el menor perjuicio, y no obstante, Dios lo considerará como gran cosa; pero lo demás lo reservaré para mis propios usos y para granjearme la amistad de muchos.
Hablaba después el ángel designado para custodia del rey, y por medio de inspiraciones, le decía: Amigo, piensa que eres mortal, y que pronto has de morir. Piensa también que esta vida es breve, y Dios, juez justo y paciente, que examina todos tus pensamientos, palabras y obras desde que tuviste uso de razón hasta el final de tu vida, y que juzga también todos tus afectos e intenciones y nada deja sin discutir: aprovecha, pues, discretamente tu tiempo y tus fuerzas. Dirige tus miembros para provecho de tu alma, y vive modesto sin seguir los deseos y apetitos de la carne; porque los que viven según la carne y según su voluntad, no van a la patria de Dios.
Mas al punto el espíritu diabólico persuadió al rey a la inversa con sus inspiraciones, y le decía: Hermano, si de todas tus horas y momentos has de dar cuenta a Dios, ¿cuándo has de gozar? Oye mi consejo: Dios es misericordioso, y fácilmente se aplaca. No te hubiese redimido, si quisieria perderte; y así dice la Escritura, que por la contrición se perdonan todos los pecados. Haz como hizo un hombre astuto, que debía pagar a un acreedor suyo veinte libras de oro, y no teniendo medios para ello, consultó con un amigo suyo, el cual le aconsejó tomar veinte libras de cobre y dorarlas con una libra de oro, y pagar así al acreedor; y obrando según este consejo, dió al acreedor aquellas veinte libras de cobre bañadas en oro, y se ahorró diez y nueve libras de oro.
Haz tú lo mismo; invierte diez y nueve horas de tu tiempo en tus deleites, placeres y goces, y con una sola hora te basta para contristarte y moverte a compunción. Antes y después de la confesión haz con valor lo que te deleita, porque al modo que el cobre bañado en oro aparece ser todo oro, así las obras pecaminosas, las cuales se designan por el cobre, se borrarán si están doradas por la contrición, y todas tus obras resplandecerán como el oro. Respondió la mala conciencia del rey: Este consejo me parece agradable, porque obrando así, puedo disponer de todo mi tiempo para mis goces.
El ángel bueno hablaba también con sus inspiraciones al rey y le decía: Amigo, piensa primeramente con qué bondad te sacó Dios del estrecho vientre de tu madre: piensa, en segundo lugar, con cuánta paciencia te deja Dios vivir; y piensa, por último, con cuánta amargura te redimió de la muerte eterna.
Mas el demonio le inspiraba por el contrario al rey, y le decía: Hermano, si Dios te sacó del estrecho vientre de tu madre a la anchura del mundo, piensa también que otra vez te sacará del mundo por medio de una dura muerte. Y si Dios sufre que vivas mucho, piensa también que en esta vida tienes muchas incomodidades y tribulaciones contra tu voluntad. Y si Dios te redimió con su dura muerte, ¿quién le obligó a ello? Pues tú no se lo rogaste.
Entonces el rey, como hablando en su conciencia, respondió interiormente: Verdad es lo que sugieres; pues más me aflijo porque he de morir, que porque nací del vientre de mi madre, más penoso me es también sufrir las adversidades del mundo y las contradicciones de mi genio, que cualquiera otra cosa. Si se me diese a escoger, preferiría vivir en el mundo sin tribulación y tener consuelo, más bien que separarme del mundo; y también preferiría vivir perpetuamente en el mundo con felicidad mundana, más bien que Jesucristo me hubiese redimido con su propia sangre; ni tendría yo empeño en ir al cielo, si según mi voluntad pudiera disponer del mundo en la tierra.
Entonces oí salir una voz del púlpito, que decía: Quita al instante del rey el vaso del bálsamo, porque ha pecado contra Dios Padre. Dios Padre, que eternamente existe en el Hijo y en el Espíritu Santo, dío por medio de Moisés una ley verdadera y recta; y este rey ha establecido una ley contraria y perversa. Mas porque este mismo rey ha hecho algo bueno aunque no con buena intención, se le permite poseer el reino mientras viva, para que de esta suerte sea recompensado en el mundo.
Habló por segunda velz la voz del púlpito, y decía: Quita de los ojos del rey el hierro afiladísimo, porque ha pecado contra el Hijo de Dios; pues este dice en el Evangelio, que será juzgado sin misericordia el que no tuvo misericordia. Este rey no quiso tener misericordia con el injustamente afligido, ni corregir su error, ni aun mudar su perversa voluntad. No obstante, a causa de algunas obras buenas que ha hecho, se le dará por recompensa que diga palabras de sabiduría y por muchos sea reputado sabio.
Habló por tercera vez la palabra de la Justicia y dijo: Quítesele a ese rey el martillo, porque ha pecado contra el Espíritu Santo. El Espíritu Santo perdona los pecados a todos los que se arrepienten; mas este rey se ha propuesto perseverar hasta el fin en su pecado. No obstante, porque ha hecho algo bueno, concédasele lo que con más ahinco desea en este mundo, que es su misma esposa, la cual le agrada sobremanera, y de esta suerte puede tener un tranquilo y dichoso fin según el mundo.
Al acercarse el tiempo del fallecimiento del rey, dijo en alta voz el demonio: Se ha quitado el vaso del bálsamo; por consiguiente, le sujetaré las manos para que no haga obras buenas. Y al punto quedó el rey privado de fortaleza y de salud. Enseguida dijo el demonio: Se ha quitado el afiladísimo hierro; y por consiguiente, le echaré mi lazo. Y al punto quedó el rey privado del habla. En el mismo momento dijo la Justicia al ángel que había sido designado para custodio del rey: Indaga en la rueda, mira qué raya esté hacia arriba, y lee lo que tenga escrito. Estaba hacia arriba la cuarta raya, y en ella nada había escrito, sino que estaba limpia. Entonces dijo la Justicia: Puesto que esta alma amó lo que está vacío, vaya ahora a recibir la recompensa con su amante. Y al punto fué separada del cuerpo el alma del rey. Así que salió el alma, gritó el demonio: Ahora destrozaré el corazón de este rey, pues poseo su alma.
Vi entonces cuán inmutado se hallaba el rey desde los pies hasta la extremidad de los cabellos, y aparecía tan horrible, como un animal enteramente despellajado y corrupto. Habiánsele saltado los ojos, la carne toda estaba como a pelotones, y oíasele decir: ¡Ay de mí! que he quedado como el cachorro que nace sin vista y busca los pechos de la madre porque a causa de mi ingratitud no veo los pechos de mi madre. ¡Ay de mí! porque en mi ceguera veo que jamás he de ver a Dios; pues mi conciencia comprende ahora por qué caí, y qué hubiera debido y no lo hice. ¡Ay de mí! que por providencia de Dios nací en el mundo y renací en el bautismo; pero me olvidé de Dios y lo abandoné; y puesto que no quise beber la leche de la dulzura divina, soy ya más semejante a un perro ciego, que a un niño que ve y vive.
Mas ahora contra mi voluntad, aunque haya sido rey, estoy obligado a decir la verdad. Como con tres cuerdas estaba yo atado y tenía precisión de servir a Dios; y era: por el bautismo, por el casamiento y por la corona del reino. Mas el primero lo menosprecié, cuando volví mi afecto a las vanidades del mundo: del segundo no cuidé, cuando deseaba la mujer ajena; y la tercera la desdeñé, cuando me ensoberbecía con el poder terreno, y no pensaba en el poder celestial. Por tanto, aunque ahora estoy ciego, veo no obstante en mi conciencia, que por haber despreciado el bautismo, debo estar atado al odio del demonio; por el desordenado apetito de mi carne, debo sufrir el veneno del demonio; y por la soberbia, debo estar amarrado a los pies del demonio.
Entonces respondió el demonio: Hermano, ya es tiempo de que yo hable y de que hable con obras. Ven a mí, no con amor sino con odio. Yo fuí el mas hermoso ángel, y tú un hombre mortal. El poderosísimo Dios me concedió el libre albedrío; pero porque hice de él mal uso, y quise más aborrecer a Dios para aventajarle, que amarlo, caí como quien tiene la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba. Tú, como todos los hombres, fuiste creado después de mi caída, y alcanzaste sobre mí el especial privilegio de ser redimido con la sangre del Hijo de Dios, y yo no. Luego porque despreciaste el amor de Dios, vuelve tu cabeza a mis pies, y yo recibiré en mi boca tus pies, y así estamos unidos mutuamente, como cuando hay dos, y el uno tiene metida una espada en el corazón de su compañero, y este tiene clavado un cuchillo en las entrañas de aquel.
Púnzame, pues, con tu ira, que yo te punzaré con mi malicia. Y puesto que tuve cabeza, esto es, inteligencia para honrar a Dios si hubiese querido, y tú tuviste fortaleza para ir a Dios, y no quisiste, mi terrible cabeza consumirá tus fríos pies. Serás continuamente devorado, pero no te consumirás, sino que te renovarás para seguir padeciendo lo mismo. Unámonos también con tres cuerdas. La primera cuerda debe unir tu ombligo con el mío, para que cuando yo respire, atraigas a ti mi veneno, y cuando tú respires, atraiga yo a mí tu interior. Y así es justo, porque te amastes a ti mismo más que a tu Redentor, así como yo me amé más a mí mismo que a mi Creador. Con la segunda cuerda unamos tu cabeza y mis pies, y con la tercera mi cabeza y tus pies.
Después vi al mismo demonio, que tenía tres agudas uñas en cada pie, y le dijo al rey: Hermano, porque tuviste ojos para ver el camino de la vida, y conciencia para discernir el bien del mal, mis dos uñas entrarán y taladrarán tus ojos, y la tercera uña entrará en tu cerebro, y con esto estarás tan fatigado, que quedarás completamente debajo de mis pies; porque fuiste creado para ser mi señor, y yo la pena de tus pies. También tuviste dos oídos para oir el camino de la vida, y boca para hablar lo provechoso al alma; mas porque menospreciaste oir y hablar de la salvación de tu alma, dos uñas de un pie mío entrarán en tus oídos, y la tercera entrará en tu boca, y serás tan atormentado, que todo te será amarguísimo, porque antes, cuando ofendiste a Dios, todo te parecía dulce.
Dicho esto uniéronse al punto en la forma indicaba la cabeza, los pies y el ombligo del rey con la cabeza, pies y ombligo del demonio, y unidos ambos de esta suerte, en un punto bajaron al abismo. Entonces oí una voz que decía: Qué tiene ahora el rey de todas sus riquezas? Positivamente nada, sino el daño que le han hecho. ¿Qué tiene de su honra? Nada, sino la vergüenza. ¿Qué tiene de la codicia con que ambicionaba el reino? Nada, sino la pena, pues fué ungido con el óleo santo, y consagrado con palabras santas, y coronado con corona real, para que honrase las palabras y hechos de Dios, defendiese al pueblo del Señor, y supiera también que él estaba siempre bajo los pies de Dios, y que este Señor era su remunerador. Mas porque menospreció estar bajo los pies de Dios, ahora está bajo los pies del demonio; y porque cuando pudo no quiso redimir con buenas obras su tiempo mal empleado, ahora no será ya tiempo oportuno.
Después de esto hablaba la Justicia desde el libro que estaba en el púlpito, y me decía: Todas estas cosas que se te han manifestado con tanto detalle, acaecen delante de Dios en un solo punto. Mas porque tú eres corporal, es menester que las inteligencias espirituales se te muestren por medio de semejanzas corporales. Así, pues, que el rey, el ángel y el demonio te hayan parecido hablarse mutuamente, no es otra cosa más que las inspiraciones e infusiones del espíritu bueno y del malo hechas al alma del rey, o por sí misma, o por sus consejeros y amigos. El clamar el demonio y decir: Ya esta taladrado, cuando decía el rey que quería poseer todo lo que estaba sujeto a la corona de cualquiera manera que hubiese sido adquirido, sin cuidarse de la justicia, debe entenderse que entonces la conciencia del rey era taladrada con el hierro del demonio, esto es, con la obstinación del pecado, cuando el mismo rey no quiso examinar ni discutir qué era lo que justamente pertenecía al reino, y qué no, y cuando no se cuidó indagar la justicia que para poseer el reino tenía.
Se le echó el garfio al alma del rey, cuando prevaleció tanto en su alma la tentación del demonio, que hasta la muerte quiso permanecer en su malicia. El martillo que vino a disposición del rey después del garfio, significa el tiempo para contrición que se le dió al mismo rey; pues si este hubiera dicho: He pecado; no quiero retener a sabiendas por más tiempo lo mal adquirido, y me enmendaré para en adelante; al punto el garfio de la justicia habría sido destrozado con el martillo de la contrición, y el rey habría venido a buen camino y buena vida.
El clamor del demonio diciendo: Ya el rey me da la lengua, y al instante se le puso un lazo al rey, que no quería repararar el honor de la persona a quien había difamado; debe entenderse, que todo el que a sabiendas vitupera e infama a su prójimo para extender su propia fama, es regido por espíritu diabólico y debe ser aprisionado con un lazo como un ladrón. El agudo hierro que se presentó delante del rey después del lazo, significa el tiempo que se le dió para enmendar y corregir su mala voluntad y para hacer obras virtuosas. Pues cuando con buena voluntad corrige el hombre y enmienda su pecado, semejante voluntad es como afiladísimo hierro, con el cual se corta el lazo del demonio y se alcanza el perdón de los pecados. Si el rey hubiese mudado su voluntad y hecho justicia a aquel hombre injuriado y disfamado, al punto se habría roto el lazo del demonio; pero por haber afirmado su voluntad en el mal propósito, justicia de Dios fué que se obstinase más.
Viste, en tercer lugar, que pensando el rey echar en su reino nuevas contribuciones, se le vertió en las manos un veneno, lo cual significa que las obras del rey eran dirigadas por el espíritu diabólico y por perversas sugestiones. Porque así como el veneno produce inquietud y enfriamiento en el cuerpo, igualmente el rey andaba agitado e inquieto con malignas sugestiones y desasosiegos, indagando los medios de obtener las posesiones y bienes ajenos y el dinero de los pasajeros; pues cuando dormidos éstos creían tenerlo en su bolsa, al despertar lo veían en poder del rey. El vaso que vino después del veneno, significa la sangre de Jesucristo, con la cual se vivifica todo enfermo.
Si el rey hubiese bañado sus obras en la consideración de la sangre de Jesucristo y hubiera pedido el auxilio de Dios y dicho: Señor Dios que me creasteis y me redimisteis, sé que por permisión vuestra subí al reino y a la corona. Derribad a los enemigos que me atacan y pagad mis deudas, porque no son suficientes los recursos del reino: yo le hubiera hecho fáciles de llevar sus cargas y trabajos. Mas por haber deseado lo ajeno, queriendo parecer justo, cuando sabía que era injusto, le dirigió el demonio su corazón y le persuadió a obrar contra las constituciones de la Iglesia, a promover guerras y a defraudar a los inocentes, hasta que desde el púlpito de la Majestad Divina la justicia pidió contra él juicio y equidad.
La rueda que se movía según el estado del rey, significa la conciencia de éste, la cual, a estilo de una rueda se movía unas veces hacia la alegría, otras hacia la tristeza. Las cuatro rayas que en la rueda había, significan las cuatro diferencias de voluntad, que está obligado a tener todo hombre, a saber: perfecta, fuerte, recta y racional. Voluntad perfecta es amar a Dios y quererlo tener sobre todas las cosas, y ésta debe estar en la primera y principal raya. La segunda voluntad es desear el bien para el prójimo y obrar con él como con uno mismo por amor de Dios; y esta voluntad debe ser fuerte, para que no se quebrante por odio o por avaricia. La tercera voluntad es querer abstenerse de los deseos carnales y desear las cosas eternas: esta voluntad debe ser recta, para que no procure agradar a los hombres, sino a Dios; y ha de estar escrita en la tercera raya.
La cuarta voluntad es no querer poseer el mundo, sino de un modo racional y solamente para lo necesario. Dando vuelta a la rueda, apareció en la raya que estaba hacia arriba, que el rey había amado los deleites del mundo y menospreciado el amor de Dios. En la segunda raya estaba escrito, que amó los honores y la gente del mundo. En la tercera raya hallábase escrito el amor que desordenadamente tuvo a los bienes y riquezas del mundo. En la cuarta no había nada escrito, sino que toda estaba en claro, y en ella hubiera debido haber estado escrito el amor de Dios sobre todas las cosas. Por consiguiente, el hallarse vacía esta cuarta raya significa la falta de amor y de temor de Dios, pues por el temor es atraído Dios al alma, y por el amor se fija Dios en el alma buena. Pues aunque el hombre en toda su vida no hubiera jamás amado a Dios, y cuando estuviese para expirar, dijera de toda corazón: Dios mío, pésame de todo corazón de haber pecado contra vos, dadme vuestro amor, y me enmendaré para lo sucesivo, este hombre con semejante amor no iría al infierno. Luego porque el rey no amó a quien debió, tiene ya la recompensa de su mal amor.
Al lado derecho de la justicia vi después a aquel otro rey que estaba en el purgatorio, el cual se asemejaba a un niño recién nacido, que no puede moverse y sólo levanta los ojos. Al lado izquierdo del rey vi que estaba el demonio, y tenía la cabeza como un fuelle con un cañón largo, los brazos como dos serpientes, las rodillas como una prensa, y los pies como un garfio largo. A la derecha del rey había un hermosísimo ángel dispuesto para prestar auxilio. Oí entonces una voz que decía: Este rey aparece ahora como su alma estuvo dispuesta cuando se comparó del cuerpo. Enseguida dijo en alta voz el demonio al libro que estaba en el púlpito: Aquí se ve algo maravilloso. El ángel y yo esperábamos el nacimiento de este niño, él con su pureza, y yo con toda mi impureza. Después de nacer el niño, no para la carne, sino de la carne a la eternidad, apareció en él una inmundicia, la cual detestándola el ángel, no pudo tocar al niño; pero yo, porque cayó en mis manos, le toco; mas no sé adónde lo he de llevar, porque mis tenebrosos ojos no lo ven a causa del resplandor de cierta claridad que sale de su pecho. Mas el ángel lo ve, y sabe adónde ha de llevarlo, pero no le puede tocar. Por consiguiente, tú que eres justo Juez, dirime nuestra contienda.
Respondió la palabra del libro que estaba en el púlpito, y dijo: Tú que estás hablando, di por qué cayó en tus manos el alma de ese rey. Y respondió el demonio: Tú que eres la misma Justicia, dijiste que nadie entra en el cielo, sin que antes haya restituído lo que injustamente ha quitado; y esta alma se halla toda manchada con lo injustamente adquirido, de tal modo, que todas sus venas, huesos, carne y sangre se sustentaron y crecieron con manjares injustamente adquiridos. Dijiste en segundo lugar, que no debían acumularse tesoros que la polilla y el orín destruyen, sino los que permanecen por toda la eternidad. Pero en esta alma estaba vacío aquel sitio, donde debía hallarse escondido el tesoro celestial, y estaba lleno aquel sitio donde se alimentaban las sabandijas y los gusanos. Dijiste, en tercer lugar, que el prójimo debe ser amado por amor de Dios. Pero esta alma amó su cuerpo más que a Dios, y nada se cuidó del amor del prójimo; porque mientras vivió en la carne, se complacía en apoderarse de los bienes ajenos, y lastimaba los corazones de sus súbditos, sin atender a los perjuicios de los demás, con tal que tuviera abundancia de todo. Hizo también cuanto le agradó, mandó lo que quiso y en nada guardó equidad. Estas son las principales causas, porque hay otras innumerables.
Entonces respondió la palabra del libro de la Justicia, y dijo al ángel: Oh tú, ángel custodio del alma, que estás en la luz y ves la luz, ¿qué derecho o poder tienes para ayudar esta alma? Y contestó el ángel: Tuvo esta una fe santa, y creyó y esperó que todo pecado se borraría por la contrición y confesión; y también os temió a vos, que sois su Dios, aunque menos de lo que hubiera debido. Habló otra vez la Justicia desde el libro y dijo: Oh tú, ángel mío, ya te es permitido llegarte al alma, y a ti, oh demonio, te es permitido ver ahora la luz del alma. Indagad ambos qué es lo que amó esa alma, mientras vivía en el cuerpo y tuvo sanos todos sus miembros. Y respondieron ambos, esto es, el ángel y el demonio: Amó el mundo y las riquezas.
Entonces dijo desde el libro la Justicia: ¿Qué amó, cuando estaba angustiada con la fatiga de la muerte? Respondieron ambos: Se amó a sí mismo, porque se angustiaba con la flaqueza de la carne y con la aflicción del corazón, más que con la Pasión de su Redentor.
Y volvió a decirles la Justicia: Indagad todavía qué fué lo que amó y pensó en el último instante, cuando todavía era dueña de su conciencia y entendimiento. Y respondió el ángel solo: Esa alma pensó de este modo: ¡Ay de mí! dijo, que siempre he sido muy audaz contra mi Redentor. ¡Ojalá tuviese yo algún tiempo para poder dar gracias a Dios por sus beneficios! Más que el dolor de mi carne, me pesa el haber pecado contra Dios, y aunque no alcanzara el cielo, querría sin embargo servir a mi Dios.
Y respondió desde el libro la Justicia: Puesto que tú, demonio, no puedes ver el alma a causa de la claridad de su resplandor; ni tú, ángel, puedes tocarla en razón a su inmundicia; justo es que tú, demonio, la purifiques. Y tú, ángel, consuélala, hasta que sea introducida en la claridad de la gloria. Y a ti, alma, te es permitido ver al ángel, y recibir de él consuelo, y serás también participante de la sangre de Jesucristo, y de las oraciones de su Madre y de la Iglesia.
Acto continuo dijo el demonio al alma: Puesto que has venido a mis manos llena de manjares y de bienes mal adquiridos, ahora te vaciaré con mi prensa. Entonces puso el demonio el cerebro del rey entre sus rodillas, semejantes a una prensa, y apretó fuertemente a lo largo y a lo ancho, hasta que los sesos se le quedaron tan delgados como las hojas de los árboles. En seguida le dijo otra vez el demonio al alma: Puesto que está vacío el sitio donde debía haber virtudes, yo lo llenaré. Puso entonces en la boca del rey un cañón de fuelle, sopló con fuerza y lo llenó todo de horroroso viento, de modo que todas las venas y nervios del rey se rompían miserablemente. Por tercera vez dijo el demonio al alma del rey: Porque no tuviste piedad ni misericordia con tus vasallos, que hubieran debido ser como hijos tuyos, mis brazos te atormentarán mordiéndote; porque como tú mortificaste a tus súbditos, del mismo modo mis brazos, semejantes a serpientes, te despedazarán con grandísima aflicción y horror.
Después de estas tres penas, la de la prensa, la del fuelle y la de las serpientes, como el demonio quisiese agravar estas mismas penas y principiar desde la primera, vi entonces que el ángel de Dios extendía sus manos sobre las del demonio para que no la oprimiese tanto como la vez primera; y así, cada vez el ángel del Señor iba mitigando aquellas penas. Después de cada pena albaza el alma los ojos hacia el ángel, sin hablar nada, aunque indicando en su gesto que por aquel ángel era consolado y pronto se libraría.
Me habló después la palabra del púlpito, y me dijo: Todo esto que tan minuciosamente se te ha manifestado, pasa delante de Dios en un solo momento; mas, por ser tú corporal, se te muestran todas estas cosas por medio de semejanzas. Y aunque este rey ambicionó las honras del mundo y tomar lo que no le pertenecía, sin embargo, porque temío a Dios, y por temerlo dejó de hacer algo que le agradaba, este mismo temor lo atrajo al amor de Dios. Por consiguiente, has de saber que hombres complicados en muchas maldades alcanzan contrición antes de la muerte, y esta contrición puede ser tan perfecta, que no sólo se les perdone el pecado, sino hasta la pena del purgatorio, si mueren en esa misma contrición.
Mas ese rey no alcanzó el amor de Dios hasta el último trance de su vida, cuando desfalleciendo las fuerzas y el conocimiento, obtuvo por mi gracia una inspiración Divina, por la que se dolió más de no haber honrado a Dios que de sus aflicciones y penas. Y este dolor significaba aquella luz, con la que deslumbrado el demonio, no sabía adónde debería llevar el alma del rey; mas no dijo que estaba a obscuras porque no tenía inteligencias espirituales, sino que admirábase de ver en aquella alma tanta claridad de luz y tanta inmundicia. Pero el ángel bien sabía adónde hubiera llevado el alma, pero no podía tocarla antes que estuviese purificada, según está escrito: Nadie verá el rostro de Dios si antes no estuviere limpio.
Seguíame hablando la palabra del púlpito, y me decía: Lo que viste que el ángel extendía sus manos sobre las del demonio para que no agravase las penas, significa el poder del ángel sobre el del demonio, con cuyo poder refrena su malicia, porque este no guardaría moderación ni límite alguno en castigar, si no estuviera refrenado por el poder de Dios. Y así, hasta en el infierno usa Dios de misericordia; porque aunque los condenados no tendrán redención, ni perdón, ni consuelo, con todo, porque no son castigados sino según sus merecimientos y como es justicia, resalta aquí la gran misericordia de Dios, porque de otra manera no tendría el demonio templanza ni moderación en hacer daño.
El parecerte ese rey un niño recién nacido, significa que quien quisiere nacer de las vanidades del mundo a la vida celestial, debe ser inocente, y con la gracia de Dios ir creciendo en virtudes hasta llegar a la perfección. Y el levantar el rey los ojos hacía el ángel, significa que por medio de su ángel custodio recibía consuelo y gozo con la esperanza, porque esperaba que había de llegar a la vida eterna. De esta suerte se entienden las cosas espirituales por medio de semejanzas corporales; pues ni los ángeles ni los demonios, siendo espíritus, tienes tales miembros, ni esa manera de hablar; pero con esas semejanzas se declará a los ojos corporales su malignidad o su bondad.
Me hablaba después la palabra del púlpito, y me decía: El púlpito que has visto significa la misma divinidad, a saber: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El no haber podido tú comprender la longitud, ni la latitud del púlpito, su profundidad ni su altura, significa que en Dios no se puede encontrar principio ni fin; porque Dios es sin principio, y era y será sin fin. Y el que cada color de los referidos tres colores se veía en el otro, y sin embargo, cada color se distinguía del otro, significa que Dios Padre existe eternamente en el Hijo y en el Espíritu Santo, el Hijo en el Padre y en el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo en ambos, con una sola naturaleza verdadera, y distintos en la propiedad de las personas. El color que se veía sanguíneo y rojo significa el Hijo, el cual, dejando ilesa la divinidad, tomó en su persona la naturaleza humana.
El color blanco significa el Espiritu Santo, por quien se hace la absolución de los pecados. El color de oro significa el Padre, el cual es principio y perfección de todas las cosas; no porque haya alguna más perfección en el Padre que en el Hijo, ni porque el Padre sea antes que el Hijo, sino para que entiendas que no es el mismo Padre el que es Hijo, sino una persona es el Padre, otra el Hijo y otra el Espíritu Santo, aunque una sola naturaleza; y por esto se te muestran tres colores separados y unidos: separados, por la diferencia de las personas, y unidos, por la unidad de naturaleza. Y como en cada color has visto los demás colores, y no has podido ver un color sin otro, ni en los mismos colores nada que sea antes o después, mayor o menor; igualmente en la Trinidad nada hay antes o después, mayor o menor, dividido o confundido, sino una sola voluntad, una sola eternidad, un solo poder y una sola gloria. Y aunque el Hijo proceda del Padre, y el Espíritu Santo de ambos, con todo, jamás existió el Padre sin el Hijo y sin el Espíritu Santo, ni el Hijo ni el Espíritu Santo sin el Padre.
Me hablaba más el Verbo y me decía: El libro que se veía en el púlpito, significa que la divinidad tiene una justicia y sabiduría eterna, a la cual no puede añadirse ni disminuirse nada. Este es el libro de la vida, el cual no está escrito como escritura que es y no fué, sino que la escritura de este libro siempre es. Porque en la divinidad existe lo que es sempiterno, y la inteligencia de todas las cosas presentes, pasadas y futuras, sin ninguna mudanza ni alteración, y nada le es invisible, porque todo lo ve. Que la palabra, según se dice, hablaba por sí misma, significa que Dios es el Verbo eterno, del cual dimanan todas las palabras, y en el cual se vivifican y subsisten todas las cosas. Y el mismo Verbo hablaba visiblemente y trataba con los hombres, cuando el Verbo se hizo carne.
La Madre de Dios ha conseguido que tengas esta visión divina. Y ciertamente es una misericordia prometida al reino de Suecia, que sus moradores oigan palabras salidas de los labios de Dios. Mas no es culpa de Dios que pocos admitan ni crean las palabras celestiales que el Señor te dice, sino culpa de los hombres, que no quieren dejar la frialdad de su alma; pues ni aun las palabras del Evangelio se llevaron a cabo con los primeros reyes de aquel tiempo, pero todavía llegará la época en que se cumplirán.
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