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Hallábase la Santa en el monasterio de Alvastro, cuando le dijo Jesucristo: Ve a Roma y permanece allí hasta que veas al Pontífice y al emperador, y les hables de parte mía las palabras que te he de decir. A los cuarenta y dos años de edad fué a Roma la esposa de Jesucristo, y por mandato de Dios permaneció allí quince años antes que viniera el Papa, el cual fué Urbano V, y el emperador Carlos Boamo, a quienes presentó las revelaciones para la forma de costumbres y la regla de la Orden que iba a fundar.
En aquellos quince años que la Santa permaneció en Roma, antes de la llegada del Pontífice y del emperador, tuvo muchas revelaciones, en las cuales nuestro Señor Jesucristo denunciaba los excesos y pecados de los moradores de Roma, amenazándolos con graves castigos. Y como llegasen a noticia de los que habitaban en esta ciudad las referidas revelaciones y amenazas, dieron pábulo a un terrible odio contra santa Brígida. Amenazábanla unos con quemarla viva, y otros la injuriaban apellidándola impostora y pitonisa.
Sufría con resignación la Santa las amenazas y oprobios de ellos, pero temía que escandalizados con tales tribulaciones y oprobios decayesen de ánimo los de su casa y otros parientes y amigos suyos que estaban con ella en Roma; y resolvió marcharse de allí por algún tiempo para mitigar el furor de los mal intencionados, mas no se atrevía a ir a parte ninguna sin especial mandato de Jesucristo, porque durante los veintiocho años transcurridos desde que salió de su patria, jamás fué sin orden de Jesucristo a ciudad alguna o provincias u otros lugares donde yacieran los santos.
Por lo cual como la Santa pidiese en sus oraciones una respuesta sobre este punto, le dijo Jesucristo: Tú deseas saber mi voluntad sobre si debas permanecer en Roma, donde muchos envidiosos atentan contra tu vida, o si debes ceder y dar tregua a la malicia de ellos. A lo cual te respondo, que cuando me tienes a Mí, a nadie debes temer: yo contendré su malicia con el brazo de mi poder, para que no puedan dañarte; y aunque por permisión mía mis enemigos me crucificaron, a ti de ninguna manera conseguirán darte muerte o hacerte daño.
Apareciósele también entonces a la Santa la gloriosa Virgen María, y le dijo: Mi Hijo, que es poderoso sobre todos los hombres, sobre los demonios y sobre todas las criaturas, reprime invisiblemente cualquier conato de la malicia de tus enemigos; y yo seré el escudo de tu protección y de los tuyos contra todas las acometidas de tus adversarios espirituales y corporales. Quiero, pues, que todas las vísperas os reunáis tú y tu familia para cantar el himno Ave Maris Stella, y yo os auxiliaré en todas vuestras necesidades.
Por esta razón D. Pedro Olavo, confesor que fué de santa Brígida por espacio de veintinueve años, y la hija de la misma, doña Catalina, de santa memoria, dispusieron que en la orden se cantara diariamente ese himno, y afirmaron que santa Brígida había ordenado que así se hiciera por mandato de la misma gloriosa Virgen, porque esta Señora había prometido que quería proteger con especial gracia y favorecer con las bendiciones de dulzura del Espíritu esa orden que su hijo le había dedicado.
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