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En cierta ocasión en que santa Brígida se hallaba en el monasterio de Alvastro, fué tentada por el espíritu de gula de tal suerte, que de hambre apenas podía pensar en otra cosa; y como se pusiese a orar, se le aparecieron en espíritu dos personas, que eran un etíope con un pedazo de pan en la mano, y un hermosísimo joven, que llevaba un vaso dorado. Y entonces dijo el joven al etíope: ¿Por qué andas buscando a la que está encargada a mi custodia? Y respondió el etíope: Porque se vanagloria de la abstinencia que no ha tenido; porque no cesa de llenar su vientre, hasta que se llene con el estiercol de manjares delicados; y por eso le doy mi pedazo de pan, para que se le endulcen las cosas más toscas. Dijo el joven: Bien sabes que no tiene naturaleza inmaterial como nosotros, sino un saco de tierra, y siendo tierra frágil e inquieta, necesita continuo restablecimiento.
Y respondió el etíope: Vuestro Jesucristo ayunó cierto tiempo sin comer y bebiendo poca agua, por lo que mereció sublimes dones. ¿Qué alcanzará ésta que siempre se halla harta? Y le dijo el ángel: Por ventura, ¿no es tuyo Jesucristo igualmente que nuestro? De ninguna manera, contestó el etíope, porque nunca quiero humillarme a él, sino que haré todo lo contrario, pues no he de volver a su gloria. Y dijo el joven: Jesucristo enseñó a ayunar de suerte que no se debilite el cuerpo más de lo justo, sino que se humille, para que no se subleve contra el alma.
Ni nuestro Jesucristo manda lo que es imposible a la naturaleza, sino la moderación; ni indaga qué y cuánto es lo que cada cual toma, sino con qué intención y amor de Dios. A lo que respondió el etíope: Justo es que esta mujer sienta en su vejez lo que no experimentaba en su juventud. Y dijo el joven: Loable es en los jóvenes abstenerse del pecado, y no aparta del cielo la púrpura y la carne delicada tenida con amor de Dios; porque a veces debe guardarse con acción de gracias la costumbre moderada y prudente, a fin de que la carne no se debilite en demasía.
En aquella misma hora apareció después a santa Brígida la Virgen María, que llevaba puesta una corona, y le dijo al etíope: Enmudece, traficante envidioso, porque esta me ha sido encomendada a mí. Y respondió el etíope: Si otra cosa no pudiere yo hacer, por lo menos le echaré espinas en la orla de sus vestidos. Yo la ayudaré, dijo la Virgen, y siempre que las echares, se te arrojarán a la cara, y se duplicará su corona.
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