Cinco lazos que tiende el enemigo a las personas espirituales que buscan a Dios.
Capítulo 16

Bendita seáis vos, que sois Virgen y Madre, dice la Santa a la Virgen: María es vuestro nombre. Vos habéis dado a luz a Jesucristo. Y en cierta ocasión entendí espiritualmente que muchos nobles y sabios daban testimonio a otro, de que vuestro Hijo era misericordioso y lleno de piedad, y una turba de pobres clamaba desde lejos diciendo que aquel testimonio era verdadero.

Oh, mí amadísima Señora, así también me parece a mí ser en cuanto a vos, porque todos los santos, los cuales fueron igualmente nobles y sabios, dan testimonio de que en verdad sois piadosísma y misericordiosísima; y yo, que soy de esa turba de pobres y no tengo nada por mí misma, clamo diciendo que es muy cierto su testimonio. Os ruego, pues, piadosísima Señora, que os dignéis tener misericordia de mí. Me parece que estoy en gran peligro, porque se me figura hallarme en los linderos de dos casas, de las cuales una tiene mucha claridad, y la otra es muy tenebrosa, y cuando vuelvo la vista a esta casa tenebrosa, paréceme que todo cuanto vi en la casa clara, es como visto de noche en un sueño.

Y respondió la bienaventurada Virgen: Aunque todo lo sé, dime: ¿qué viste particularmente en la casa tenebrosa? Parecíame, dije, que había como una entrada para la casa tenebrosa y de ella una estrecha salida, y fuera de la salida notábase una resplandeciente claridad en la cual había muchas cosas deleitables. Desde aquella entrada había muchos caminos que se dirigían a la salida, y en cada camino había cinco hombres enemigos de todos los que fueran por los otros caminos. El primer enemigo les hablaba con palabras suaves, pero a los que le daban oídos, les introducía en el cerebro una ardiente llama.

El segundo tenía en la mano flores y otras cosas caducas que produce la tierra; mas al que volvía a ellas la vista con deseo de poseerlas, estas mismas cosas le traspasaban los ojos como afiladísima lanza. El tercer enemigo tenía un vaso llena de veneno, untado exteriormente por arriba con una poca de miel, y lo vertía en la garganta de todos los que probaban de aquel vaso.

El cuarto tenía varias y ricas joyas de oro y plata y piedras preciosas fabricadas por mano de los hombres, a las cuales el que las tocaba con ambición de poseerlas, era herido por una serpiente venenosísima. El quinto ponía un blandísimo almohadón a los pies de los pasajeros, y así que cualquiera se complacía en descansar sobre él, el enemigo quitaba el almohadón; y de esta suerte, el que se creía estar descansado, caía en lo profundo sobre durísmas peñas.