|
Oraba la esposa de Jesucristo a la santísima Virgen y le decia: Oh mi queridísima Señora, por el amor de vuestro querido Hijo, os ruego que me deis auxilio para amarlo de toda corazón; porque me siento débil para amarlo con tan ardiente amor como debería. Os ruego, pues, Madre de la misericordia, que os dignéis atar su amor a mi corazón, y atraed a vuestro Hijo a este corazón mío, apartándolo con el mayor esfuerzo de todo deleite carnal, y atraedlo con tanta más fuerza, cuanto más pesado fuere.
Y respondió la bienaventurada Virgen: Bendito sea el que tales oraciones inspira; pero aunque a ti te parezca dulce mi conversación, ve, sin embargo, y cose la túnica de tu hija, quien más goza con una túnica remendada y vieja, que con una nueva, que más quiere un vestido de lana tosco, que de seda o de otro exquisito género. Dichosa ella, que con voluntad tan grande ha dejado el mundo. Igualmente, por el mutuo consentimiento ha dejado el marido, cuyo cuerpo amó como a sí misma, y su alma más que los cuerpos de ambos: también ha dejado corporalmente a sus hermanos y hermanas, parientes y amigos, para poderlos ayudar espiritualmente, y no ha hecho caso de las riquezas del mundo. Así, pues, por haber dejado a sus parientes, se le han perdonado todos tus pecados. Permanezca constante, que por las riquezas terrenas se le dará el reino del cielo, y el mismo Jesucristo por esposo, y todos los que la aman, adelantarán para con Dios por causa de ella.
|