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Estaba santa Brígida cerca de Ludosia, en el reino de Suecia, cuando vino a verla uno de su familia que estaba pobre, y le rogó que se compadeciera de él, porque trataba de casar a su hija, y no podía a causa de su pobreza. Se informó la Santa acerca del dinero en efectivo que tenía su mayordomo, y le dijo: Dale a ese pobre la tercera parte de todo cuanto tienes, a fin de que consolada su hija, ruegue por nosotros. Cuando entraron en la ciudad, encontraron reunidos los pobres en la puerta del alojamiento de santa Brígida, a los cuales la santa mandó dar limosna.
Pero el mayordomo dijo que en manera alguna bastaba lo que tenía para pagar el alojamiento, a no ser que tomara de alguien dinero a préstamo, y le dijo a la Santa: ¿Cómo es que tan profusamente disipáis el dinero? ¡Gran perfección es dar el dinero a los pobres y tomarlo de otros prestado! Y le contestó santa Brígida: Demos mientras tengamos, porque el benigno Dios es generoso para darnos cuando necesitemos. Yo estoy guardada para estos pobres, porque no tienen otros consuelo, y en mis necesidades me entrego a la voluntad de Dios.
Estando después la Santa oyendo misa en la iglesia, oyó en la oración a Jesucristo que le decía: Nuestra hija es como la que con tanto afán va corriendo a su esposo, que se olvida de su padre, de su madre y de todo cuanto tiene, hasta encontrar lo que busca. ¿Qué ha de hacer el esposo? Le enviará sus criados y hará que venga en pos de ella todo lo que es de la esposa. Así también, oh hija, a causa de tu amor proveemos contigo y con los tuyos; porque así como el amor me introdujo en el seno de la Virgen, igualmente, el amor del hombre introduce a Dios en su alma.
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