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Oyéndolo santa Brígida, le dice Jesucristo a una señora: Tus ojos eran curiosos para ver cosas voluptuosas; tus oídos para oir tu alabanza y chocarrerías; tu boca estaba preparada para murmuraciones y necedades, y tu vientre lleno siempre de regalos, y nunca le negaste lo que quería. Ataviabas con lujosos vestidos tu cuerpo para alabanza suya, ni mía, mientras que en la puerta de tu casa estaban mis amigos miserables, hambrientos y desnudos, y daban voces, pero no los oías; deseaban entrar, y te indignabas; les echabas en cara sus miserias y te mofabas de ellos, sin tenerles ninguna compasión. Parecíate muy poco todo cuanto hacías para enaltecer tu cuerpo, y juzgabas de suma importancia lo que por mí hacías. Te acostabas y te sentabas cuando querías, sin considerar mi justicia, buscabas todo lo que era hermoso en el mundo, y no cuidaste de mí, Creador del mundo y más hermoso que todas las cosas.
Por tanto, si te aplicara yo ahora tu justa sentencia, por la soberbia de tu boca y de todos tus miembros, merecerías que todos te detestaran y te confundiesen públicamente con oprobio y vergüenza. Por tu lujuria serías digna de que se deshicieran las coyunturas de todos tus miembros, se consumiera de podredumbre tu carne, tu cútis se rompiera lleno de tumores, tus ojos saltaran, la boca quedara torcida, manos y pies se te cortasen y todos tus miembros sin cesar te los estuviesen mutilando. Por despreciar a los pobres y a mis amigos, y por tu avaricia, justo sería que te acometiera una hambre tal, que de buena gana, como si fuera un pedazo de carne, devoraras tus miembros, y comieras tu estiercol y bebieses tu podre, y sin embargo, no pudiera extinguirse tu hambre.
Por tu reposo y pereza serías digna de no tener reposo alguno, sino miseria y tristeza en todas partes. Por el favor de los hombres que buscabas más que a mí, mereces tanto desprecio de todos, que huyan de ti hasta tus hijos y más íntimos amigos, y como carne fétida y estiercol humano hiedas ante sus ojos y narices, y quisieran cien veces oir decir que habías muerto, más bien que verte viva. Porque hiciste daño a tu prójimo, y para extender tu soberbia tomaste y retuviste lo ajeno, justo sería que una espada hiciera pedazos tus miembros y huesos, y una afiladísima sierra destrozara continuamente tus carnes, porque el miserable estaba afligido, y no te compadecías de él. Por la envidia e ira de que estabas llena, justo sería que con su boca te despedazaran los demonios, y con sus dientes te moliesen como harina, de modo que desearas la muerte y no pudieras morir, sino que siempre estuvieras siendo despedazada, y siempre vivieras para padecer el mismo suplicio.
No obstante, porque soy misericordioso y no hago justicia alguna sin misericordia, ni misericordia sin justicia, estoy dispuesto a tener misericordia de todos los que se arrepientan, de modo que no deje yo por eso la justicia, sino que trueque en penas más leves el rigor de la misma justicia; pues no hago injuria a los demonios, como tampoco a los ángeles en el cielo. Así, pues, del mismo modo que con todos tus miembros has pecado, igualmente debes satisfacer con todos ellos, y por corto trabajo recibirás gran dulzura.
Tu boca, pues, debe abstenerse del mucho hablar y de toda palabra ociosa. Tus oídos han de estar cerrados para la murmuración, y tus ojos para ver cosas vanas. Tus manos han de abrirse par dar limosna a los pobres, y tus rodillas deben doblarse para lavarles los pies. Tu cuerpo ha de abstenerse de regalos, aunque se alimente de modo que pueda ser constante en mi servicio y no se ponga vicioso. En tus vestiduras no ha de haber un solo hilo por donde se trasluzca la soberbia, sino solamente para el provecho y necesidad, pero no para lo superfluo.
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