Recomienda la Virgen María tres laudables propiedades del alma, y otras tres del cuerpo, y exhorta a un devoto sacerdote para que se emplee en la conversión de las almas.
Capítulo 26

En el ejército del Rey de los ángeles, dice la Virgen a la Santa, hay tres cosas: Primera, lo que abunda y no se disminuye: segunda, lo que es estable y no se destruye: tercera, lo que es resplandeciente y no se obscurece. Igualmente debe haber tres cosas en el cuerpo y otras tres en el alma. Primera, lo que abunda en el alma y no se disminuye, lo cual es el don del Espíritu Santo que se da a dicha alma; pues, aunque en sí y por la virtud abunda, puede disminuirse, no obstante, por el pecado: segunda, que el alma debe ser constante en las buenas obras, para no arruinarse con la mala voluntad: tercera, debe estar resplandeciente con la hermosura y provecho de las buenas obras, para no obscurecerse con el colorido del afecto perverso o de la concupiscencia.

También en el cuerpo debe haber tres cosas. Primera, el sustento; segunda, el trabajo, y tercera, la represión del placer y del consentimiento carnal. Consiste la primera, en tomar con moderación el sueño y el alimento, de modo que no sea ni más ni menos, sino lo necesario para que el cuerpo pueda estar firme en el servicio de Dios. La segunda, es la perseverancia en el trabajo con toda discreción. La tercera, es la voluntad alegre en el servicio de Dios y el reprimir el deleite ilícito, y de este modo el alma queda ilustrada.

Y puesto que mi amigo ata sus manos con voto, a fin de que su cuerpo no vaya contra su alma, yo, que soy la Reina del cielo, y muy amada y próxima a mi Hijo, le dispenso su voto, porque así es del agrado de mi Hijo. Yo soy aquella de la cual da principio a su predicación; yo con mis ruegos lo precedo delante de mi Hijo como la estrella delante del sol, y dirigiéndolo le acompaño. Le permito, pues, que mire por su cuerpo según corresponde y conviene a su naturaleza, comiendo carne en los días de carne, y pescado en los de pescado. Le doy, además, tres cosas, que son: norma en las buenas obras; sabiduría más abundante en su conciencia, y mayor fortaleza de afectos para proferir las palabras divinas. Le convierto, igualmente, en bien ese temor que tiene de excederse en comer, de modo que la comida que haya de tomar, le sirva para fortaleza corporal y espiritual, y redunde en provecho del alma.

Presentándose después el Hijo, dijo de esta manera: Está ese desempeñando el oficio de los apóstoles, y por consiguiente, le permito que tenga la comida de los apóstoles, los cuales comieron lo que les presentaban, e igualmente, en el sustento de su cuerpo se conducirá éste como un apóstol. Lo envío, pues, no a los gentiles, como a otros amigos míos, sino a los malos cristianos. Y como a la esposa que de una manera despreciativa se ha separado del consorcio de su marido, es más difícil seducirla a que viva otra vez con él, que a aquella que aún no ha experimentado las buenas cualidades de su esposo, igualmente es más difícil volver a Dios a los malos cristianos, que a los que no han gustado todavía las palabras de Dios y la dulzura de su bondad.

Por tanto, puesto que es mi amigo y lo quiero mucho, como a amigo le pongo la carga más penosa; mas sin embargo, todo cuanto emprendiere, se le hará fácil por mi gracia. Procure estar preparado en la próxima pascua para ir a trabajar en mi servicio; en una tierra fértil echará la semilla, la cual crecerá mucho y dará bastante fruto. Esta semilla son mis palabras, y la tierra fértil es la Santa Iglesia, la cual, labrada por sabios, dará mucho fruto. Vaya, pues, seguro, que yo estaré con él en su boca y en su corazón.