| La gracia del Espíritu Santo no puede conciliarse con el afecto al pecado. |
| Capítulo 27 |
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Costumbre es entre vosotros, dice la Virgen a la Santa, que cuando alguno viene con un saco abierto o con un vaso limpio, se le dé en él algo; pero si el que lleva el saco, no quiere abrirlo por pereza, y si el vaso estuviere sucio, y se asemejare más a una inmundicia que a un vaso limpio, y el que lo lleva no promete limpiarlo, ¿quién le había de echar allí lo más precioso que tiene, siendo indigno de ello? Igualmente acontece con las cosas espirituales; cuando la voluntad no propone dejar el pecado, entonces no es justo que se le dé la bebida del Espíritu Santo; y cuando en el corazón no hay voluntad de enmendar el pecado, entonces no debe dársele el manjar del Espíritu Santo, ya sea este hombre un rey, ya un emperador, ora sea eclesiástico, ora pobre, ora rico. |