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Como estuviese santa Brígida en Asís en la iglesia de los religiosos, oyó y vió a Jesucristo que le decía: Mi amigo Francisco bajó del monte de las delicias a la cueva, donde su pan era el amor divino, su bebida las continuas lágrimas, y su lecho la meditación de mis obras y mandamientos, y aunque todo lo sé, dime: ¿qué es lo que aflige tu corazón?
Me aflijo, respondió la Santa, porque hay quienes dicen que este Santo supuso las indulgencias de la Porciúncula, y otros afirman que son nulas. Y dijo el Señor: El que finge alguna cosa, es como la caña que se inclina a los aplausos de los aduladores; pero, mi amigo fué como una piedra abrasada por el fuego, porque me tuvo en sí a mí, que soy el fuego divino; y así como el fuego y la paja no concuerdan entre sí, igualmente la falsedad no se propaga, donde habita la verdad y el fuego del amor divino.
Pero mi amigo poseyó y dijo la verdad, y porque vió la frialdad de los hombres para con Dios, y su codicia respecto al mundo, amó mucho; y así me pidió una señal de amor, por la cual se encendiera el hombre en el amor de Dios, y se disminuyera la codicia. Y como me lo pidió por amor de Dios, yo, que soy el mismo amor, le di la señal de que todos los que a su iglesia acudieran vacíos, quedasen llenos de mi bendición y libres de sus pecados.
Y dijo otra vez la Santa: ¿Por ventura, Señor mío, debe recovar vuestro sucesor lo que habéis dado vos, que sois el manantial de todo poder y gracia? Y respondió Jesucristo: Fijo es lo que dije a Pedro y a sus sucesores: Todo lo que atáreis, será atado. No obstante, por la malicia de los hombres se quitan muchos bienes, y por la fe y los méritos se aumenta la gracia concedida.
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