Fortaleza y conformidad de santa Brígida en la muerte de una hija suya.
Capítulo 33

Sabedora la esposa de Jesucristo de que había muerto su hija Ingeburgen, religiosa del monasterio de Risabergh, alegrándose, dijo: ¡Oh, mi Señor Jesucristo! ¡Oh Amador mío! Bendito seáis, porque la llamasteis antes que el mundo la cogiera en sus lazos. Enseguida entró en su oratorio, donde derramó tantas lágrimas y dió tantas sollozos, que pudieran oirle los que estaban cerca, y decían: Llora por su hija. Apareciósele entonces Jesucristo y le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? Aunque todo lo sé, quiero informarme de ello porque tú me lo digas. Y respondió la Santa: Señor, no lloro porque mi hija haya muerto, sino que me alegro, porque si hubiese vivido más, habría tenido que daros mayor cuenta; lloro, porque no la instruí según vuestros mandamientos, y porque le di ejemplos de soberbia y la corregí con excesiva lenidad.

Y le dijo Jesucristo: Toda madre que llora porque su hija ofende a Dios, y la instruye todo lo mejor que puede, es verdadera madre de verdadero amor de Dios, y madre de lágrimas, y su hija es hija de Dios por causa de su madre; pero la madre que se alegra porque su hija sepa conducirse según el mundo, sin cuidarse de sus costumbres, con tal que pueda ser ensalzada y favorecida por el mundo, no es madre sino madrastra. Así, pues, por tu amor y buena voluntad, tu hija llegará por el camino más corto a la corona de la gloria.