El Señor corrige a un obispo que había juzgado poco bien de la Santa.
Capítulo 36

Cierto día que la esposa de Jesucristo estaba convidada a comer con el obispo de Abo, D. Hemmingo, tomaba en honra de Dios de los delicados manjares que había en la mesa, por lo cual el obispo decía en su corazón: ¿Por qué esta señora que tiene don del Espíritu Santo no se abstiene de los manjares delicados? Entonces, sin saber la Santa nada de tales pensamientos, como estuviese en oración cerca de las vísperas, oyó en espíritu una voz que le decía: Yo soy quien llenó a un pastor del espíritu de profecía, ¿acaso por sus ayunos? Yo instituí el matrimonio, mas no por mérito de los casados. Yo mandé al Profeta que recibiese por mujer a una adúltera, ¿por ventura no obedeció? Yo soy el que hablaba con Job, igualmente cuando se hallaba en el seno de sus delicias, como cuando estaba sentado en el muladar. Luego porque soy admirable, hago sin méritos precedentes todo cuanto es de mi beneplácito.

Al punto refirió la Santa esta revelación al mencionado obispo, el cual en ella se reconoció a sí mismo, y confesó que en la mesa había tenido aquellos pensamientos; por lo que humillándose y pidiendo perdón a la Santa, le rogó que orase por él. Al tercer día, estando en oración santa Brígida, se le apareció la santísima Virgen María y le dijo: Dile a ese obispo que, porque todas sus predicaciones acostumbra principiarlas con mi alabanza, y porque aun cuando te censuraba en la mesa, aquel juicio no procedía de envidia sino de amor de Dios, merece que el amor de Dios lo consuele. Dile, pues, que yo quiero servirle de madre y presentar a Dios su alma; y ahora le explicaré que él es el séptimo de aquellos animales que ya te he manifestado, y que él llevará las palabras de Dios delante de los reyes y de los pontífices.