Dios permitió que fuese atribulada la Santa, no encontrando por mucho tiempo dónde habitar en Roma.
Capítulo 38

Después que por espacio de cuatro años había residido en Roma santa Brígida en la casa del Cardenalato, junto a la Iglesia de san Lorenzo in Damaso, le mandó a decir el Cardenal Vicario, que dentro de un mes desalojara aquella casa y buscase otra para ella y su familia. Oyendo esto la Santa se contristó mucho, porque tenía consigo una hija joven, noble y bien parecida, que llamaba la atención de todos; y temía por esto no poder encontrar una casa tan a propósito para guardar su honradez y la de su hija. Pidió entonces auxilio a Dios, el cual queriendo probar a su sierva, le dijo: Ve y prueba por este mes, dando vueltas por la ciudad tú y tu confesor, por si acaso pudiérais encontrar otra casa que os convenga.

Obedeciendo la Santa, durante todo aquel mes estuvo dando vueltas por Roma con dolor y pena, acompañada de su maestro y padre espiritual, y no pudo encontrar una casa conveniente. Su hija doña Catalina, viendo las angustias de la madre, y temerosa por su honor, lloraba mucho. Dos días antes de expirar el plazo del mes, hizo la Santa preparar y atar sus baules para dejar la casa e ir a residir en los hospicios públicos de los peregrinos. Oprimida entonces de dolor, se puso a orar, y con lágrimas pedía al cielo la socorriera. Apareciósele al punto Jesucristo y le dijo: Te afliges, porque no has podido encontrar una casa que te convenga.

Has de saber que he permitido esto para tu provecho y mayor corona, a fin de que probaras por experiencia la pobreza y trabajos que padecen los pobres peregrinos que van peregrinando fuera de su patria, y para que sepas tener compasión de ellos. Has de saber, sin embargo, que no te han de echar de esa casa, sino que te mandarán a decir de parte de su dueño, que permanezcas tranquila en ella en buena paz y quietud como hasta ahora tú y tu familia; y allí estaréis seguros tú y tu familia y todos los tuyos, y nadie en lo sucesivo podrá inquietaros.

Alegróse santa Brígida, y fué a referir esta revelación al P. Pedro, su director espiritual. Al punto llamó a la puerta un mensajero que traía una carta del dueño de la casa, en la cual la consolaba, diciéndole que no saliera de la casa, sino que se quedase de asiento en ella y la viviese con toda tranquilidad y reposo.