Jesucristo manda al prior del monasterio de Alvastro que escriba las revelaciones de la Santa, y cómo el Señor castigó su resistencia.
Capítulo 4

Hallábase en oración santa Brígida, cuando se le apareció Jesucristo y le dijo: Di de mi parte al P. Pedro, subprior, que yo soy como el señor cuyos hijos estaban cautivos en estrecho cepa, el cual envió sus mensajeros para libertar a sus hijos, y advertir a los demás a fin de que no cayeran en manos de los enemigos, a quienes juzgaban amigos. Del mismo modo yo, Dios, tengo mucho hijos, esto es, muchos cristianos, los cuales están sujetos con los pesadísimos lazos del demonio. Así, pues, por mi amor les envío las palabras de mis labios, que hablo por medio de una mujer. Oyelas tú, P. Pedro, y escribe en lengua latina lo que esa te dice de mi parte, y por cada letra te daré no oro o plata, sino un tesoro que no se envejece.

Al punto santa Brígida notificó de parte de Jesucristo esta revelación al mismo prior, el cual entonces era subprior. Mas queriendo éste deliberar acerca del asunto, estaba por la tarde en la iglesia luchando consigo con tales pensamientos, y como por último, por humildad determinase no aceptar ese cargo, ni escribir las mencionadas revelaciones divinas juzgándose indigno para ello y dudando si sería o no ilusión del demonio, recibió tal golpe que al punto quedó como muerto, privado de sentidos y de fuerzas corporales, mas conservó todo su entendimiento y quedó sano en su alma.

Encontráronlo allí los monjes tendido por el suelo, lleváronlo a su celda y lo pusieron en la cama, donde siguió medio muerto por un largo espacio de la noche. Finalmente, por providencia divina ocurriósele esta idea: Quizá estoy padeciendo todo esto, porque no quise obedecer la revelación y santo mandamiento que la madre Brígida me comunicó de parte de Jesucristo. Y decía en su corazón: Señor Dios mío, si es por esto, perdonadme, porque estoy dispuesto y quiero obedecer y escribir todas las palabras que de parte vuestra esa mujer me dijere. En aquel mismo instante consintiendo en su corazón, quedó curado repentinamento y corriendo fué a santa Brígida y se ofreció a escribir todas las revelaciones según la Santa se lo había dicho de parte de Jesucristo.

Refirió también el Prior, que después oyó a santa Brígida, que en otra revelación Jesucristo le había dicho a ella lo siguiente: Lo golpeé, porque no quierá obedecer, y después lo curé, porque yo soy médico que sané a Tobías y al rey de Israel. Dile, pues: Anda, hojea y revuelve la obra de los escritos de mis palabras, y escribe, que te daré por ayuda a un maestro en mi ley; y has de saber por muy cierto, que quiero hacer esta obra por medio de mis palabras que tú escribes por boca de esa mujer, con lo que se humillarán los poderosos y enmudecerán los sabios. Y no creas que proceden del espíritu maligno esas palabras que esta mujer te habla, porque lo que te digo lo probaré con obras.

En seguida comenzó el Prior a escribir y traducir todas las revelaciones y visiones divinas comunicadas a santa Brígida, según ésta se las decía, aunque algunas también escribió el P. Pedro su compañero y confesor, juntamente con el mencionado Prior, cuando éste no estaba con la Santa. Y dijo el Prior, que después la acompañaba él por mandato de Jesucristo, y fué su confesor, y estuvo escribiendo estas revelaciones por espacio de treinta años hasta el fallecimiento de santa Brígida. Y antes de morir la Santa, le mandó Jesucristo que las entregase a D. Alfonso, ermitaño español, que había sido obispo Giennense, y de este modo se escribieron estos libros de las celestiales revelaciones.