Cómo los cánticos y la regla de santa Brígida para sus religiosas, fueron inspiradas por el Espíritu Santo.
Capítulo 41

Envíale a ese amigo mío mis horas, dice la Virgen a la Santa, y dile, que las dictó el mismo que dictó la Regla, y el mismo espíritu que te dió lecciones de escribir, le enseñó a dictar el canto con cosas admirables. Pues le llegaba a sus oídos tan divino espíritu, que su cabeza y pecho se llenaban, y excitábase su corazón en el amor de Dios; y según que le enseñaba aquel soplo del Espíritu Santo, su lengua profería el canto y las palabras: por consiguiente, no conviene abreviar éstas.

Pero dile que las presente a mi querido amigo el obispo Henmingo, y si éste quiere, puede añadir o explicar algo. Todo cuanto allí está escrito acerca de mi infancia es verdadero, y en nada se contradice con la Iglesia. Y aunque allí no haya un profesor de latinidad, no obstante, las palabras salidas de los labios de ese querido amigo mío me agradan más que las de cualquiera otro maestro mundano. Las horas juntamente con la Regla, deben guardarse después en el monasterio de Alvastro, hasta que se acabe de construir mi monasterio.