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Como en cierta ocasión santa Brígida padeciera escasez en un viaje, por haber dado por honra de Dios el dinero que consigo tenía, hallándose en oración, se le apareció nuestro Señor Jesucristo, por cuyo amor estaba necesitada por socorrer a los extraños, y le dijo: Aunque el mundo sea mío, y pueda yo dar todas las cosas, sin embargo, me es más grato lo que se da por amor de Dios, y con mayor gusto dispongo de lo que me está consagrado. Ahora, pues, que por honra mía habéis invertido alegremente vuestros bienes, recibiréis por tanto de lo mío en el tiempo de vuestra necesidad.
Manda decir al Arzobispo de esta ciudad lo siguiente. Así como todas las iglesias son mías, del mismo modo son mías todas las limosnas. Da, pues, a mí y a mis amigos lo que es mío, porque aun cuando me es grato levantar los muros de las iglesias, me es igualmente grato ayudar a mis amigos necesitados, que por amor mío invirtieron sus bienes.
Acuérdate, que envié a casa de una pobre viuda a Elías, a quien antes había yo alimentado por medio de unos cuervos; y no porque en aquel tiempo no hubiese varios más ricos que aquella viuda, ni porque sin la viuda no podía yo tener sin sustento al Profeta, que se había pasado cuarenta días sin comer; sino que hice esto, porque quería probar la caridad de la viuda, para que fuese manifiesta a otros, cuya caridad conocía bien yo, Dios, que profundizo los corazones y el interior de las personas. Tú, pues, que eres padre y señor de la viuda, sirve con mis bienes a las viudas, pues aunque sin ti lo puedo todo, y tú sin mí nada, quiero no obstante contemplar por ahora tu caridad para con ellas.
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