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Bendito seas tú, amadísimo Hijo mío, dijo la Virgen, que eres sin principio y sin fin, porque en ti hay tres cosas: poder, sabiduría y virtud. Manifestaste tu poder en la creación del mundo, el cual lo creaste de la nada; mostraste tu sabiduría en la ordenación del mundo, cuando todas las cosas en el cielo, en la tierra y en el mar las dispusiste sabia y equitativamente; y manifestaste en especial tu virtud, cuando fuiste enviado por el que te llevó a mi seno virginal.
A la par de esas tres dotes tienes otras dos: la misericordia y la justicia. Manifestaste también toda sabiduría, cuando lo dispusiste todo con misericordia, cuando luchaste con el fuerte y lo venciste con sabiduría; y manifestaste asimismo tu virtud con toda misericordia y sabiduría, cuando quisiste nacer de mí, y redimir al que por sí podia caer, y sin ti no podía levantarse.
Bendita seas tú, respondió el Hijo, Madre del Rey de la gloria y Señora de los ángeles. Tus palabras son dulces y llenas de verdad. Bien has dicho, que todo lo hago con justicia y misericordia. Vióse esto al principio de la creación del mundo en los ángeles, quienes en el instante de ser creados, vieron en su conciencia cómo soy yo, aunque todavía no lo gustaron. Por esta razón varios de ellos, valiéndose bien de la libertad de su voluntad, determinaron en su conciencia permanecer por amor firmemente adheridos a mi voluntad; pero ensoberbecidos otros, volvieron su voluntad contra mí y contra la razón; y por tanto fué justicia, que cayeran los soberbios, y que los justos gustaran mi dulzura y se afirmaran con más solidez.
Para manifestar después mi misericordia y para que no quedase vacío el puesto de los caídos, hice por mi amor en la tierra al hombre, el que abusando igualmente de su propia libertad, perdió el primer bien, y fué espelido de la dulzura, aunque por misericordia no quedó del todo abandonado, y su pena fué, que así como por el libre albedrío se había apartado de la primera ley, del mismo modo debía volver por la libre voluntad, y por medio de quien no tuviese pecado alguno sino suma pureza. Mas no se encontraba nadie que bastase para pagar su propia pena, y mucho menos la de los demás, y a causa de la primera desobediencia nadie podía nacer limpio de pecado.
No obstante, por su misericordia envió Dios al linaje humano un alma creada por la divinidad, que fué la tuya, Madre mía, a fin de que esperase y permaneciese firme, hasta que llegara el excelente y purísimo, quien con su libertad sería suficiente para levantar al caído, a fin de que el demonio no se alegrara por siempre de su caída. Por lo que al llegar el tiempo aceptable y eternamente previsto, fué beneplácito de Dios Padre enviarme a mí, su Hijo, a tu bendito vientre, y que tomara yo carne y sangre de ti por dos motivos.
Primero, para que el hombre no sirviera a nadie sino a su Dios, Creador y Redentor suyo; y segundo, para manifestar yo el amor que he tenido al hombre, y al mismo tiempo mi justicia, de modo que cuando moría por amor, yo, que en nada he pecado, justo fué que salvara al que justamente estaba cautivo.
Así, pues, bien dijiste, amadísima Madre, que todo lo hice con justicia y misericordia. Bendita seas, porque fuiste tan dulce, que fué del agrado de la divinidad venir a ti y nunca separarte de ti. También fuiste pura al modo de una casa muy limpia, perfumada con los olores de las virtudes, y ataviada con toda hermsoura. Tú fuiste tan brillante como la estrella es refulgente y clara, la cual, sin embargo de ser ardiente, no se consume: igualmente, tú ardiste más que los demás en tu amor a mí, el cual nunca se consumía. Con razón dicen que estás llena de amor y de misericordia, porque por medio de ti floreció el amor de todos, y por mí hallan todos misericordia, porque en ti encerraste la fuente de la misericordia, de cuya abundancia aun el peor enemigo tuyo, el cual es el demonio, darías misericordia, si con humildad la pidiera. Por tanto, se te concederá todo lo que pidas.
Y respondió la Madre: Hijo mío, desde la eternidad conoces mi petición; y así, para que esta esposa tuya entienda las cosas espirituales, te ruego, que las palabras que te has dignado manifestar, se arraiguen en los corazones de tus amigos y se cumplan en un todo. Y dijo el Hijo: Bendita seas por todo el ejército celestial. Tú eres como la aurora, que se levanta con amor de toda virtud. Eres como el astro que va delante del sol, porque con tu piedad precedes mi justicia. Tú eres la sabia mediadora que hace las paces entre los disidentes, esto es, entre Dios y el hombre. Por tanto, será oída tu petición, y mis palabras se cumplirán según quieres.
Y puesto que todo lo ves y sabes en mí, manifiesta a tu hija mi esposa, cómo estas palabras habrán de cundir por el mundo, y cómo hayan de publicarse con justicia y misericordia. Yo soy como aquella ave que nada desea comer sino el corazón fresco de las aves, y nada quiere beber sino la sangre pura del corazón de las aves: la cual ave tiene una vista tan perspicaz, que en el vuelo de las aves conoce si tienen el corazón fresco o corrompido, y así no admite aves sino de corazón fresco. Yo soy esa ave, yo no deseo sino el corazón fresco, esto es, el alma del hombre fresca y pura con buenas obras y afectos divinos, y deseo beber la sangre de este amor. Esta es mi comida, el ardiente amor a Dios, y el alma purificada de los vicios.
Y puesto que soy justo y caritativo, y no quiero a ninguno sino a los que sean ardientes en amor, mis palabras deben entrar en el mundo con justicia y con misericordia. Con justicia, para que no me sirva el hombre por temor de mis palabras, ni por cierta dulzura carnal sea movido a servirme, sino por amor de Dios, el cual proviene de la íntima consideración de mis obras, y de la memoria de los pecados; y quien frecuentemente piensa estas dos cosas, encuentra amor, y me encontrará a mí, que soy digno de todo bien. Mis palabras deben también entrar con misericordia, para que considere el hombre que estoy dispuesto a tener de él misericordia, y para que el hombre entienda a su Dios a quien había abandonado, y el cual hace mejores a los pecadores arrepentidos.
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