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Yo soy, dice Jesucristo a santa Brígida, el que fuí enviado a las entrañas de la Virgen por aquel que me enviaba, tomé carne y nací. Y ¿para qué? Ciertamente para manifestar la fe con palabras y hechos; por esto morí, para abrir el cielo, y por esto después de sepultado resucité, y he de venir a juzgar. Ahora que están reunidos los obispos, dile al arzobispo: Te admiras de las palabras que hablo. Alza los ojos y mira. Pon los oídos y oye. Abre tu boca y pregunta cómo es que soy abandonado de todos. Levanta tus ojos y mira cómo he sido expulsado por todos, mira que nadie me desea tener en su amor.
Aplica tus oídos y oye, que desde el nacimiento del sol hasta su ocaso, el corazón de los hombres es ambicioso y cruel para derramar por codicia la sangre de su prójimo. Oye que por soberbia todos adornan sus cuerpos. Oye que el deleite de los hombres es irracional como el de los animales. Abre tu boca, e indaga dónde están los defensores de la fe, dónde se encuentran los que han de acatar a los enemigos de Dios, dónde los que por su Señor arriesguen su vida. Indaga esto con cuidado, y hallarás muy pocos amigos míos. Piensa todo esto, y conocerás que no hablo sin motivo. He ahí lo que me pagan por mi amor.
Yo los crié y los redimí con tanta equidad y justicia como, si hablando por medio de un símil, se hubiera colocado delante de mí una balanza, en la que para buscar que estuviera en fiel, fuera necesario poner un peso y yo no pusiera otra cosa más que mi propio corazón. Yo nací y fuí circuncidado. Tuve muchos trabajos y tribulaciones; oí palabras injuriosas y oprobios; fuí preso y azotado, atado con cuerdas, y como puesto en una prensa; estirábanse mis nervios, rompíanse mis venas y dislocábanse mis coyunturas. Mi cerebro y toda mi cabeza estaba traspasada con agudas espinas.
La sangre corría coagulada y cubría todo mi rostro y barba. Llenas de sangre estaban también la boca y la lengua, y las encías estaban hinchadas con los golpes. Extendido después en la cruz, mi cuello no tuvo otro reclinatorio que mis hombros; mis brazon fueron estirados con cuerdas hasta los agujeros de la cruz; mis pies, doblados hacia abajo y traspasados con dos clavos, no tenían otro apoyo sino los mismos clavos; mis entrañas estaban secas y contraídas; mi corazón lleno de dolor, el cual, por ser de muy buena y robusta naturaleza, podía resistir el que subiese unas veces desde los nervios al corazón, y otras desde el corazón a los nervios, y aumentándose así este dolor, se prolongaba la muerte.
Como me hallase de este modo lleno de dolores, abrí los ojos y vi a mi Madre que estaba llorando, cuyo corazón se hallaba lleno de amargura, con todos sus miembros yertos y pálidos, y sus ayes y gemidos me atormentaban más que mi propio dolor. Vi también a mis amigos estar en suma ansiedad, y algunos casi dudaban, pero otros conservaban, aunque muy trastornados. Hallándome yo en tan cruel agonía y continuando en tan graves amarguras, rompióse al fin mi corazón con la violencia de la pasión, y salió mi alma, al salir la cual alzóse un poco la cabeza, estremeciéronse todos los miembros, abriéronse los ojos como a la mitad, y apoyándose en los pies todo el peso del cuerpo, quedé colgando como un lienzo hecho jirones. Esto padecí yo, tu Creador, y nadie hay que lo considere, y de ello me quejo delante de ti, para que pienses lo que yo hice, y cómo se me paga.
Te ruego, en segundo lugar, que trabajes conmigo. Todo el que deseare hacer alguna obra, debe tener tres cosas: primera, la materia de que se haga la obra; segunda, los instrumentos con que haya de hacerse; y tercera, una esmerada premeditación para que se haga bien. Yo mismo soy la materia y la sabiduría misma, la cual y de la cual dimana toda sabiduría, puesto que he enviado mis palabras al mundo. Los instrumentos son mis amigos.
Recoge, pues, mis palabras, y mira si están frescas y no corrompidas, si indican y tienen el sabor de la fe sana y recta; mira si son dignas y adecuadas para mi tesoro; considera si encaminan del amor del mundo al amor de Dios, de la senda del infierno a la altura del cielo, y si así las hallares, procura mi honra con mis amigos, como con buenos instrumentos; procúrala con prudencia como el hombre sabio; trabaja varonilmente, como el varon fuerte, trabaja con fervor, como amigo del Señor.
Te mando, en tercer lugar, como Señor, para que acabes lo que has comenzado. Tú fuiste por mi camino, echaste tu arado en una pequeña porción de tierra y principiaste a arar. Mas ahora te mando que vuelvas con mayor frecuencia, que estirpes las raíces y espinas, y edifiques allí iglesias con los bienes de tu iglesia, pues entrego en tus manos esa parte de la tierra, y esa reclamo de ti. Por tanto, trabaja con fervor y asuduidad.
Refiriéndome ahora a los posesos, digo que se admiran algunos de que el espíritu no se aparte del poseído, y en esto pueden considerar mi grandísima justicia, pues yo no le hago mayor injuria al demonio que al ángel en el cielo. Y pues es justicia que como una cosa viene, así se retire; y pues el espíritu llega alguna vez desde lejos, así también se retirará lentamente.
Tres clases de demonios hay. Una es como el aire, que con facilidad se escurre, y obscurece la conciencia del hombre para que hable y haga cosas impúdicas: esta clase de espíritus malos viene fácilmente, y sale lo mismo.
La segunda clase es como el fuego, que con la impaciencia aflige todo el cuerpo y la carne, y hace al hombre la vida tan amarga, que desearía morir más que vivir, y por impaciencia es impelido a todo lo que le sugiere aquel espíritu impuro: esta clase tan fácilmente como viene, sale, pero quedando la dolencia en el cuerpo.
La tercera clase de demonios es como el humo, y al modo que el humo dondequiera que entra, lo mancha todo y se mezcla con todas las cosas, así también esta clase de demonios se mezcla totalmente con el alma y cuerpo del hombre. Por tanto, como el humo cuando encuentra un agujero va saliendo poco a poco y desde lejos, de la misma manera este espíritu, que con las oraciones principió a salir, se irá poco a poco, hasta que el poseído se haya purificado por completo.
Y cuando se hubieren derramado tantas lágrimas como son necesarias, y se hubieren hecho todas las abstinencias debidas, entonces saldrá del todo el mal espíritu, y el hombre se verá purificado; porque así como ese espíritu llegó paulatinamente y desde lejos, del mismo modo es justicia que se retire.
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