Se acusa santa Brígida delante de la Virgen María de las distracciones de su mente, y cómo la Señora la consuela.
Capítulo 8

Bendita seáis vos, Reina del cielo, le dice la Santa a la Virgen, que no despreciáis a ningún pecador, cuando de todo corazón os invoca. Dignaos oirme, aunque soy indigna de abrir mis labios para suplicaros. Sé, pues, que sin estar robustecida con vuestra ayuda, no puedo gobernarme a mí misma, porque mi cuerpo es como el animal indómito, que si no tiene puesto el freno en la boca, va corriendo a todos los parajes adonde acostumbra tener sus deleites. Mi voluntad es ligera como el ave, y continuamente quiere seguir sus frívolos pensamientos y cruzar por todas partes como las aves que vuelan. Os pido, pues, que se le ponga un freno a mi cuerpo, antes que quiera correa hacia alguna parte adonde desagradare a vuestro Hijo, y llevadlo donde pueda cumplir su voluntad. Ponedle también un cordel a esa ave, que es mi voluntad, para que no vuele más lejos de lo que sea del agrado de vuestro amadísimo Hijo.

Y respondió la Virgen: La oración hecha con devoto corazón para honra de Dios, merece ser oída para concederle la gracia que pide. Y por tanto, a fin de que se ponga un freno a tu cuerpo para que sea regido según la voluntad de Dios, conviene que se te ponga también una carga, que hayas de llevar para honra de quien te gobierna, a fin de que tu voluntad sea tal, que más bien quieras callar que hablar con la gente del mundo, y te sea más grato sufrir en tu casa la pobreza, que disfrutar de todas las riquezas en los palacios de los príncipes, cuya amistad no estimas, con tal que pueda merecer la amistad de Dios. Así, pues te ponga la carga de que digas palabras que agraden a Dios.