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María habló a su hijo, diciendo: “¡Bendito seas tú, que eres sin principio ni fin! Tú tuviste el cuerpo más noble y bello; tú fuiste el más valiente y virtuoso de los hombres. Tú fuiste la más digna de las criaturas”. El Hijo respondió: “Las palabras que salen de tus labios me resultan dulces y deleitan lo más profundo de mi corazón como la más dulce de las bebidas. Tú eres para mí la más dulce de las criaturas. De la manera en que una persona puede ver distintos rostros en un espejo pero ninguno le agrada más que el suyo propio, así, aunque Yo ame a mis santos, a ti te amo con un particular amor, porque Yo nací de tu carne.
Tú eres como un incienso selecto, cuyo olor subió hasta la divinidad y la atrajo a tu cuerpo. Esta misma fragancia elevó tu cuerpo y tu alma hasta Dios, donde tú estás ahora en cuerpo y alma. Bendita seas, porque los ángeles se regocijan en tu hermosura y todos los que te invocan con un corazón sincero quedan liberados gracias a tu poder. Todos los demonios tiemblan ante tu luz y no se atreven a permanecer en tu esplendor porque ellos siempre quieren estar en las tinieblas.
Tú me has alabado por tres cualidades. Has dicho que Yo tenía el cuerpo más noble, después has afirmado que Yo era el más valiente de los hombres y, tercero, has dicho que Yo era la más digna de las criaturas. Estas cualidades son contradichas, ahora, tan sólo por aquellos que poseen un cuerpo y un alma. Dicen que Yo poseo un cuerpo innoble, que soy el hombre más desgraciado y la más indigna de las criaturas. ¿Qué es más innoble que arrastrar a otros al pecado? Esto es lo que dicen de mi cuerpo: que conduce al pecado. Dicen, literalmente, que el pecado no es tan repugnante ni disgusta a Dios tanto como lo que Yo he dicho. ‘Porque –según ellos—nada existe a menos que Dios quiera y nada ha sido creado sin Él. ¿Por qué, entonces, no podríamos usar todo lo creado como nosotros queramos? Nuestra natural fragilidad así lo exige y esta es la forma en que todos hemos vivido antes y aún vivimos’.
Así es como, ahora, las personas se dirigen a Mí. Mi naturaleza humana, con la que aparecí entre los hombres como Dios verdadero, es efectivamente considerada por ellos como innoble, a pesar de lo mucho que Yo aparté a la humanidad del pecado y les mostré lo grave que esto era, como si Yo les hubiera alentado a hacer algo inútil y torpe. Dicen, literalmente, que nada es noble excepto el pecado y todo aquello que satisfaga sus caprichos. También dicen que Yo soy el más desgraciado de los hombres. ¿Quién es más desgraciado que alguien que, cuando dice la verdad, ve su boca magullada por las piedras que le arrojan y es golpeado en la cara y, encima de todo eso, escucha los reproches de la gente diciéndole: ‘si fuera un hombre se vengaría’?. Esto es lo que hacen conmigo.
Hablo con ellos a través de sabios doctores y de la Sagrada Escritura, pero ellos dicen que Yo miento. Hieren mi boca con piedras y con puñetazos cometiendo adulterio, matando y mintiendo. Dicen: ‘Si fuera un hombretón, si fuera el más poderoso de Dios, se vengaría de estas transgresiones’. Sin embargo, Yo sufro en mi paciencia. Cada día, les oigo afirmar que el castigo ni es eterno ni tan severo como se ha dicho, y mis palabras se consideran mentiras.
Por último, me ven como la más indigna de las criaturas. ¿Qué es más despreciable en la casa que un perro o un gato que alguno estaría más que contento en cambiar por un caballo, si pudiera? Pero la gente sostiene que Yo soy peor que un perro. No me tomarían si para ello tuvieran que desprenderse del perro, y antes me rechazarían y me negarían que quedarse sin la caseta del perro. ¿Hay algo tan insignificante para la mente que no sea considerado de más valor o más deseado que yo? Si me tuvieran en mayor estima que a las demás criaturas me amarían más que los demás. Pero no poseen nada tan insignificante que no lo amen más que a mí.
Se apenan de cualquier cosa más que de mí. Se disgustan por sus propias pérdidas y por las de sus amigos. Se apenan por una sola palabra ofensiva. Se entristecen por ofender a personas de mayor rango que ellos, pero no les importa ofenderme a Mí, el Creador de todas las cosas. ¿Quién hay que sea tan despreciado que no sea escuchado cuando pide algo o que no sea compensado cuando ha dado algo? Yo soy rematadamente indigno y despreciable a sus ojos, tanto que no me consideran merecedor de ningún bien, pese a que Yo les he dado todo lo bueno.
Madre mía, tú has saboreado más de mi sabiduría que los demás y nada más que la verdad ha salido de tus labios. Tampoco de mis labios puede salir otra cosa más que la verdad. En presencia de todos los santos Yo me exculparé a mí mismo ante el primer hombre, el que dijo que Yo tenía un cuerpo indigno. Demostraré que, de hecho, poseo el cuerpo más noble, sin deformidad ni pecado, y ese hombre caerá en el eterno reproche para que todos lo vean. Al que dijo que mis palabras eran mentira y que no sabía si Yo era o no era Dios, le demostraré que Yo verdaderamente soy Dios y él se deslizará como el barro hasta el infierno. Y al tercero, al que sostuvo que Yo era indigno, lo condenaré al castigo eterno, de manera que nunca vea mi gloria ni mi gozo”.
Entonces, le dijo a la esposa: “¡Mantente firme a mi servicio! Tú has resultado verte rodeada por un muro, como si dijéramos, del cual no puedes escapar ni excavar sus fundamentos. ¡Asume voluntariamente esta pequeña tribulación, y llegarás a experimentar el eterno descanso en mis brazos! Tú conoces la voluntad del Padre, escuchas las palabras del Hijo y conoces mi Espíritu. Obtienes deleite y consuelo en conversación con mi Madre y mis santos. Por ello ¡mantente firme! De lo contrario, llegarás a conocer esa justicia mía por la cual te verás forzada a hacer lo que, ahora amablemente, Yo te estoy alentando a que hagas.
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