Palabras de Cristo a la esposa sobre cómo Cristo es figuradamente comparado con Moisés, dirigiendo al pueblo fuera de Egipto, y sobre cómo los condenables sacerdotes, que Él ha elegido en lugar de los profetas como sus mejores amigos, gritan ahora: “¡Aléjate de nosotros!”
Libro 1 - Capítulo 49

El Hijo habló: “Antes me he comparado figuradamente con Moisés. Cuando él guiaba al pueblo, el agua se sujetó como una pared, a la izquierda y a la derecha. De hecho Yo soy Moisés, figuradamente hablando. Yo guié al pueblo cristiano, es decir, abrí el Cielo para ellos y les mostré el camino. Pero ahora he elegido a otros amigos para mí, más especiales e íntimos que los profetas, en concreto, mis sacerdotes. Éstos no solo oyen y ven mis palabras, cuando me ven a mí, sino que hasta me tocan con sus manos, cosa que ni los profetas ni los ángeles pudieron hacer.

Estos sacerdotes, que Yo escogí como amigos en lugar de los profetas, me aclaman, pero no con deseo y amor como hicieron los profetas, sino que me aclaman con dos voces opuestas. No me aclaman con hicieron los profetas: ‘¡Ven, Señor, porque eres bueno!’ En lugar de esto, los sacerdotes me gritan: ‘¡Apártate de nosotros, pues tus palabras son amargas y tus obras son pesadas y nos resultan escandalosas!’ ¡Fíjate lo que dicen estos condenables sacerdotes!

Estoy ante ellos como la más mansa de las ovejas, ellos obtienen de mí lana para sus vestidos y leche para su refresco, y aún así me aborrecen por amarles tanto. Estoy ante ellos como un visitante que dice: ‘¡Amigo, dame lo necesario, que no lo tengo, y recibirás la máxima recompensa de Dios!’ Pero, a cambio de mi mansa simplicidad, me arrojan afuera, como si fuera un lobo mentiroso en espera de la oveja principal. En lugar de darme su acogida me tratan como a un traidor indigno de hospitalidad y se niegan a alojarme.

¿Qué hará entonces el visitante rechazado? ¿Se armará contra el anfitrión, que lo echa fuera de su casa? De ninguna manera. Eso no sería justo, pues el propietario puede dar o negar su propiedad a quien él quiera. ¿Qué hará, pues, el visitante? Ciertamente, habrá de decirle a quien lo rechaza: ‘Amigo, sí tú no quieres alojarme, me iré a otro que se apiade de mí’. Y, yéndose a otro lugar, podrá oír de un nuevo anfitrión: ‘Bienvenido, señor, todo lo que tengo es tuyo. ¡Sé tú ahora el amo! Yo seré tu siervo y tu invitado’.

Esos son los tipos de casa en los que me gusta estar, donde oigo esas palabras. Yo soy como el visitante rechazado por los hombres. Aunque puedo entrar en cualquier lugar, en virtud de mi poder, aún así, bajo el mandato de la justicia, tan sólo entro allí donde las personas me reciben de buena voluntad como a su verdadero Señor, no como a un huésped, y confían su propia voluntad en mis manos”.