Palabras de la Madre de alabanza al Hijo y sobre cómo el Hijo glorioso compara a su dulce Madre con un lirio del campo.
Libro 1 - Capítulo 51

La Madre habló a su Hijo diciéndole: “¡Bendito sea tu nombre, Hijo mío, Jesucristo! ¡Alabada sea tu naturaleza humana que sobrepasa a toda la creación! ¡Gloria a tu naturaleza divina sobre todas las bondades! Tus naturalezas divina y humana son un solo Dios”. El Hijo respondió: “Madre mía, eres como una flor que ha crecido en un valle a cuyo alrededor hay cinco montañas. La flor ha crecido de tres raíces y tiene un tallo muy derecho, sin nudos. Esta flor tiene cinco pétalos suavísimos. El valle y su flor sobrepasaron a las cinco montañas y los pétalos de la flor se extienden sobre cada altura del cielo y sobre todos los coros de ángeles.

Tú, mi querida Madre, eres ese valle en virtud de la gran humildad que posees en comparación con los demás. Éste sobrepasa a las cinco montañas. La primera montaña fue Moisés, debido a su poder. Porque mantuvo el poder sobre mi pueblo por medio de la Ley, como si lo sostuviera firme en su puño. Pero tú mantuviste al Señor de toda Ley en tu vientre y, por ello, eres más alta que esa montaña. La segunda montaña fue Elías, quien fue tan santo que su cuerpo y su alma ascendieron al lugar sagrado. Tú, sin embargo, querida Madre, fuiste asunta en alma al trono de Dios sobre todos los coros de los ángeles y tu más puro cuerpo está allí junto a tu alma. Tú, por tanto, mi querida Madre, eres más alta que Elías.

La tercera montaña fue la gran fuerza que poseía Sansón en comparación con otros hombres. Aún así, el demonio lo venció con argucias. Pero tú venciste al demonio por tu fuerza. Así pues, tú eres más fuerte que Sansón. La cuarta montaña fue David, un hombre acorde con mi corazón y deseos, que sin embargo cayó en el pecado. Pero tú, Madre mía, te sometiste completamente a mi voluntad y nunca pecaste. La quinta montaña era Salomón, quien estaba lleno de sabiduría, pero pese a ello se hizo fatuo. Tú, en cambio, Madre, estabas llena de toda la sabiduría y nunca fuiste ignorante ni engañada. Eres, pues, más alta que Salomón.

La flor brotó de tres raíces en el sentido de que tú poseíste tres cualidades: obediencia, caridad y entendimiento divino. De estas tres raíces creció el más derecho de los tallos, sin un solo nudo, es decir, tu voluntad no se inclinó a nada más que a mi deseo. La flor también tenía cinco pétalos más altos que todos los coros de los ángeles. Tú, Madre mía, eres en efecto la flor de esos cinco pétalos. El primer pétalo es tu nobleza, que es tan grande que mis ángeles, que son nobles en mi presencia, al observar tu nobleza la vieron por encima de ellos y más exaltada que su propia santidad y nobleza.

Tu eres, por tanto, más alta que los ángeles. El segundo pétalo es tu misericordia, que fue tan grande que, cuando viste la miseria de las almas, te compadeciste de ellas y sufriste enormemente el dolor de mi muerte. Los ángeles están llenos de misericordia, aún así, nunca sufren dolor. Tú, sin embargo, amada Madre, tuviste piedad de los miserables a la vez que experimentaste todo el dolor de mi muerte y, por esta merced, preferiste sufrir el dolor que librarte de él. Es por esto que tu misericordia sobrepasó a la de todos los ángeles.

El tercer pétalo es tu dulce amabilidad. Los ángeles son dulces y amables, desean el bien para todos, pero tú, mi queridísima Madre, tuviste tan buena voluntad como un ángel, en tu alma y en tu cuerpo antes de tu muerte, e hiciste el bien a todos. Y ahora no rehúsas atender a nadie que rece razonablemente por su propio bien. Así, tu amabilidad es más excelente que la de los ángeles. El cuarto pétalo es tu pulcritud. Cada uno de los ángeles admira la pureza de los demás y ellos admiran la pulcritud de todas las almas y de todos los cuerpos. Sin embargo, ven que la pureza de tu alma está por encima del resto de la creación y que la nobleza de tu cuerpo excede a la de todos los seres humanos que han sido creados.

Así, tu pulcritud sobrepasa a la de todos los ángeles y toda la creación. El quinto pétalo fue tu gozo divino, pues nada te deleitó más que Dios, lo mismo que nada deleita a los ángeles más que Dios. Cada uno de ellos conoce y conoció su propio gozo dentro de sí. Pero cuando vieron tu gozo en Dios dentro de ti, les pareció a cada uno en su conciencia que su propia alegría resplandecía en ellos como una luz en el amor de Dios. Percibieron tu gozo como una grandísima hoguera, ardiendo con el más encendido de los fuegos, con llamaradas tan altas que se acercaban a mi divinidad. Por ello, dulcísimo Madre, tu divina alegría ardió muy por encima de la de los coros de los ángeles.

Esta flor, con estos cinco pétalos de nobleza, misericordia, amabilidad, pulcritud y sumo gozo, era dulcísima en todas sus facetas. Quien quiera que desee probar su dulzura debe acercarse a ella y recibirla dentro de sí. Esto fue lo que tú hiciste, buena Madre. Porque tú fuiste tan dulce para mi Padre que él recibió todo tu ser en su Espíritu y tu dulzura le deleitó más que ninguna. Por el calor y energía del sol, la flor también engendra una semilla y, de ella, crece un fruto. ¡Bendito sea ese sol, o sea, mi divina naturaleza, que adoptó la naturaleza humana de tu vientre virginal! Igual que una semilla hace brotar las mismas flores donde sea que se siembre, así los miembros de mi cuerpo son como los tuyos en forma y aspecto, pese a que yo fui hombre y tú mujer virgen. Este valle, con su flor, fue elevado sobre todas las montañas cuando tu cuerpo, junto a tu santísima alma, fue elevado sobre todos los coros de los ángeles”.